Actualizado 20 / 09 / 2017

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Pinar del Río no tiene ningún caballero; pero sí personajes célebres.Foto antigua del Hotel Comercio

Hombres para no olvidar

La Habana tiene a su Caballero de París, a quien hicieron una estatua que los capitalinos casi reverencian. Mi ciudad no tiene ningún caballero; pero sí personajes célebres. Me referiré a unos cuantos que, para suerte de mi generación, fueron contemporáneos.

Parque Colon

El Parque

Corro para dentro de la casa: “Mami, mami, ya va a empezar”. Mi mamá está terminando de “arreglarse”, mi papá ya está y mi hermana, un año menos que mis cinco años, está alborotada.

Infantes jugando

Barro y sensaciones

No se trata de Manhattan, tampoco de Marbella, y mucho menos de los Campos Elíseos. Hago referencia a mi antiguo barrio, un átomo de patria donde comenzaron mis primeros años de vida y cómo recordarlo sin dejar de sonreír. Mientras las hermosas capitales tienen asfalto y grandes avenidas, en mi antiguo barrio cuando llueve y caminas se te entortan los pies. Mis pies llenos de barro se burlan del calzado y sus marcas. Fango en lugar de espuma cubre todo el empeine y a la vez desnuda el alma de artificios. El barro pinta de naranja aquella zona que también suele adornarse de framboyán y tabaco, luciendo cada día la abnegación del campesino, con sus manos incansables.

Heladeros

Los mantecaderos

Cada día, el sonido sordo producido por los suaves golpes sobre el semicírculo metálico, anunciaba –después del almuerzo hasta casi el anochecer– la llegada de estos hombres. Reconocidos desde antes del triunfo revolucionario por el pantalón azul mecánico, la camisa blanca y el sombrero de pajilla, Ignacio y Mariano: los mantecaderos, dos hermanos –para algunos jimaguas– recorrían la ciudad pinareña con su preciada oferta: helados de mantecado, chocolate, piña, mamey, coco, melón... servidos en barquillos (generalmente elaborados por ellos con harina de trigo, azúcar prieta, una pizca de sal y agua); o años después en abanicos comprados en la capital. Lo que más llamaba la atención era el trato amable y la pulcritud de los carritos y las vestimentas, confeccionadas en casa. Destacaba además el parecido de los hermanos, que preparaban la golosina en la mañana para partir en horario vespertino y transitar, sin apuro, por cualquier calle de mi Pinar complaciendo disímiles peticiones a cambio de dos, tres y hasta cinco centavos.

La Jía

La Jía

Ya estoy entrando a Pinar, dejamos atrás la fábrica de cerveza, la autopista hace una curva y, ya está, veo a mi derecha la Universidad y el hotel, a la izquierda los albergues universitarios y al frente el puente continuado por un bello paseo con pinos...

Hotel Comercio

No te sientas olvidado

Tú serás el motivo de mi canto. Así comenzó Whitman los versos de A una locomotora en invierno. Con su visión futurista te miro yo a ti, y te enaltezco, porque olvidado quizás, aún estás ahí, viejo amigo de la ciudad, la misma que hoy se maquilla posponiendo la mejilla en la que te encuentras. Con tu estilo Art Nouveau, como pocos en la Mayor de las Antillas, te elevas hacia el asolado, nublado o estrellado cielo, con el mismo rostro ya pesimista de los años.

Río Hudson

¿Qué será de un río sin pinares?

Hace unos pocos días cumplí mis 30 años de edad. Hermoso fue el empeño de muchos que me quieren al celebrar mi vida en una pequeña fiesta a orillas del río Hudson. Por un momento me acerqué a sus aguas, alejándome de la música, de las sonrisas y de historias que iban hilándose entre nuevos y viejos conocidos.

Vista aerea Los Angeles

Crónica de un emigrante

Como mordaza de crótalo sientes la nostalgia del emigrante frente a los mogotes de cristal y hierro del Down town Manhattan. Un toro amaestrado de tanto bronce, luce sus testículos relucientes de caricias ajenas. Sarcástico memorándum para un alma extranjera –digo yo–.

Red 2.0

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