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La Jía

La Jía

Ya estoy entrando a Pinar, dejamos atrás la fábrica de cerveza, la autopista hace una curva y, ya está, veo a mi derecha la Universidad y el hotel, a la izquierda los albergues universitarios y al frente el puente continuado por un bello paseo con pinos...

De repente la memoria me hace una mala jugada, todo se borra de mi vista y retrocedo 60 años atrás, tengo ocho años de edad y frente a mí está el río con sus márgenes un poco hundidas; atravieso matas de güin y a mi izquierda veo, aún igual, el puente del ferrocarril, de 150 polines (nunca los conté) que pasé alguna que otra vez con un miedo terrible para buscar los güines y hacer papalotes. Aún está la alcantarilla donde pescábamos peces ornamentales que, no sé por qué milagro, aparecieron en ese charco. A la izquierda la plantación de naranjas que el dueño nos vendía por unos centavos...

Miro a la derecha y desaparecen la Universidad y el hotel, solo veo aquella laguna superficial, un charco grande, poco profundo, que se nutría de las aguas del río cuando se desbordaba y donde pescábamos camarones pequeños para asar en un alambre y comerlos por diversión. Y después de la laguna unas estructuras de madera de desecho, cartones, anuncios de refrescos oxidados, que se comprimían entre la calle 27 de Noviembre y el charco con ínfulas de laguna a cuyo lado se detenía el Malecón...

La Jía, casi me había olvidado de ti. Era el conjunto de viviendas más pobres de Pinar, construido por sus habitantes con los materiales que pudieron conseguir, con callejones de apenas un metro de ancho, adonde iba a parar el contenido de orinales que se llenaban de noche y por la mañana se vaciaban donde se pudiera, con perros famélicos, más que sus habitantes, muchos de los cuales recorrían las casas cercanas del aristocrático Malecón sin agua o las calles aledañas, con una lata en la mano, pidiendo cualquier sobra de las comidas diarias para poder alimentarse ellos y a sus hijos; haciendo cualquier trabajo poco calificado para sobrevivir.

La Jía, cuántas veces caminé por tus alrededores o, acompañando a unos amiguitos, me aventuré por tus estrechos callejones, sin conocimiento de mis padres, porque la sociedad marginaba a sus habitantes no solo en lo económico. No sé cuántas personas vivían en aquellos pequeños habitáculos, pero me parecían demasiados para estar olvidados por la sociedad.

La Jía desapareció de aquel lugar tan céntrico en los primeros meses de 1959, pero aún quedan algunas áreas que no están a la vista y donde perviven personas con bajas condiciones económicas. ¿Las conoces?

la jia

Sobre el Autor

Antonio Manuel Padovani Cantón

Antonio Manuel Padovani Cantón

Antonio Manuel Padovany Cantón, médico de profesión, mereció premio en el concurso Crónicas de mi Ciudad.

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  • Invitado - Yaumara

    Buenas tardes, un placer inmenso saludarlo doctor, es un gran orgullo poder apreciar que su sensibilidad no se queda solo en la atención a sus pacientes. Felicidades por el premio recibido, continue esta nueva ruta para que además de cuerpos, sane almas y mentes. Soy contemporanea con uno de sus hijos, fuimos compañeros de estudio, es un placer saludarlo, a nosotros los jóvenes de hoy nos hace mucha falta que nos enseñen a reflexionar sobre esas cosas que suceden a nuestro alrededor y no nos detenemos a observar. Un abrazo grande y espero leer algo suyo muy pronto.

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