Actualizado 20 / 09 / 2017

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El Parque

Parque Colon

Corro para dentro de la casa: “Mami, mami, ya va a empezar”. Mi mamá está terminando de “arreglarse”, mi papá ya está y mi hermana, un año menos que mis cinco años, está alborotada.

Es sábado y hay retreta en el Parque Maceo (conocido por Colón). Recorremos los apenas 50 metros. Nos ubicamos entre el gentío, en el primer parque, el estrado está al inicio del segundo y la orquesta comienza a tocar.

Es, tal vez, el recuerdo más antiguo que tengo del Parque. Nací viviendo mi familia en Maceo, a 50 metros de él y hoy, 68 años después, vivo en Colón, a 80 metros del último banco.

Parque de mis amores, aprendí a caminar tropezando con tus bancos, trepé por el respaldar de los más solemnes, bajo el cuidado de mi madre que me decía: “te vas a caer”. Cuando íbamos a las fiestas de disfraces me retrataban en el Parque, mi primer velocípedo salió de la amplia acera de Maceo para correr por él. Mi escuela, la Academia González, estaba en Máximo Gómez, a 20 metros del primer banco, y para ir lo atravesaba cuatro veces diariamente de la mano de mi madre.

Un día, un poco mayor, supe que el primer parque era el “de los blancos” y el segundo, el “de los negros”. Me gustaba más el segundo y entonces, no sé si por sentido de justicia o, quizás, simplemente por rebeldía, me sentaba más en el de los negros.

Ya iba solo a la escuela y vivía en Colón, atravesaba el Parque, peleaba con mis amigos, me sentaba a conversar. Cuatro bares en la esquina de Colón y Máximo Gómez, el “Eddy”, el “Trópico Bar”, el “Bar Colón” y el otro estrecho y largo, al lado de uno de los dos billares, donde está ahora la placita y donde años más tarde compraba cigarros para fumar escondido en mi pre adolescencia. Dos billares y el espacio más amplio para pasear y enamorar los sábados por la noche le daban una vida al Parque Colón que hacían de él el centro social de la ciudad. La heladería de Lara que tenía enfrente un anuncio lumínico de Jupiña sobre un poste elevado, era parada obligada en el regreso a casa por las noches. Después, al lado de la heladería abrieron una guarapera, el rico guarapo sustituía, o complementaba, al helado en las noches cálidas del verano.

A mediados de los 60, inauguraron el Parque de la Independencia y entonces lo nuevo predominó, ahora las “vueltas al Parque” fueron sustituidas “por subir y bajar” la calle Real (Martí), pero la guarapera subsistió y al final del paseo de los sábados por la noche, el guarapo permitía prolongar la conversación con la amiguita o, simplemente, descansar conversando con los amigos.

Ahora el Parque tiene nueva vida, a los jugadores de ajedrez y damas, a los cuentistas y a los alcohólicos, que se disputaban sus asientos, los ha sustituido una gama amplia de usuarios de WiFi.

Sobre el Autor

Antonio Manuel Padovani Cantón

Antonio Manuel Padovani Cantón

Antonio Manuel Padovany Cantón, médico de profesión, mereció premio en el concurso Crónicas de mi Ciudad.

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