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Mariana Grajales Cuello: Fabulaciones de la infancia

Mariana Grajales dibujada por el Héroe de la República Antonio Guerrero.Mariana Grajales dibujada por el Héroe de la República Antonio Guerrero.¿Una mujer marcada por el destino de parir héroes o capaz de moldearlos con su ejemplo y amor?, poco importa, porque la madre trascendió al vientre y acunó la Patria, rompió una doble barrera de discriminación: a la mujer y la racial; quedó en la historia por más que dar vida a los Maceo. En el bicentenario de su nacimiento reconforta saberla vigente y más aún poder evocarla desde la fidelidad del anecdotario histórico o la fabulación, a fin de cuentas ella se ha reinventado cada día por más de un siglo en millones de cubanas herederas de su legado

¿A qué hora habrá sido? Probablemente al alba, un 12 de julio radiante, porque ella debió llegar a la vida en un haz de luz, nació mulata, pero libre, esa ya era una gran fortuna en la Cuba de 1815.
Oriunda de Santiago de Cuba, era hija de dominicanos, Teresa Cuello Zayas y José Grajales Matos vinieron al Oriente cubano buscando un poco de tranquilidad, luego de las turbulentas luchas en su tierra, la niña tenía pocas posibilidades por el color de su piel.

Sin embargo, es presumible que Mariana Grajales Cuello tuviera acceso a educación, una instrucción básica que llamaban por aquel entonces "las primeras letras", la condición de mestiza la privaba de otras opciones, y la inteligencia natural acrecentó el limitado conocimiento al ungirlo de lucidez, rebeldía y más...

Entre las primeras historias aprendidas del hogar figuraron indudablemente las anécdotas de los progenitores, aunque libres conocieron sobre el horror que vivieron los esclavos en su patria, eso y crecer en medio de un sistema colonialista, siendo una mulata liberta, tuvieron que ser detonantes para la formación de su espíritu libertario.

Cuesta imaginarla acatando las restricciones propias para su sexo, la energía que la caracterizó de adulta hubo de gestarse en los primeros años de existencia, talvez disputaba a varones de su edad el protagonismo en travesuras.

¿Cuáles eran sus juguetes? ¿Muñecas de trapo cosidas con sus propias manos para adquirir una destreza imprescindible a las féminas del siglo XIX a través del esparcimiento? ¿Fueron esas puntadas la génesis de la encomiable enfermera?

¿Juntaría retazos de tela u hojas de maíz para formar diminutos cuerpos con los cuales establecer esa complicidad insuperable de una niña y sus muñecas? ¿Nació en medio de tales retozos la progenitora que ganó el derecho a considerarse madre de la Patria?

Los desvelos por la prole imaginaria acunaron seguramente en la niña a la mujer que la fecundidad le multiplicaría el corazón y cuando el vientre se le resistió con los años, entonces una isla comenzó a parirle hijos rebeldes para dárselos en adopción y fue tanta la blandura de esa mujer recia que aún le quedó ternura para sanar enemigos.

Quién duda que nuestra Marianita doblegara la rigidez de la yagua rodando pendiente abajo para caer de súbito en alguna fuente cristalina, probablemente fuera en esas aguas donde descubriera la fuerza interna que le permitiría ir a contracorriente.

O quizás el apego a la pulcritud y el orden fue por un temprano inicio en labores hogareñas, de las que buscaba refugio en medio de la naturaleza, en la finca paterna, comiendo las deliciosas frutas de exquisito sabor y mejor aroma a la sombra de los propios árboles, mientras soñaba con príncipes azules que trastocaran su destino.

Se me antoja tendida bocarriba, dejándose acariciar por la tibieza desmedida del sol, en la contemplación del cielo azul, interrumpido por el verde jironado de las pencas de la palma real, acomodando las nubes a sus caprichos, moldeando formas con algodones lejanos.

¿Fue una niña de llantos y perretas o de labios apretados y ceño fruncido ante el regaño? Talvez la rectitud de la conducta la caracterizó tempranamente y así no fue asombroso ver florecer a la joven decidida, justa, laboriosa y emprendedora.

¿Cómo asumiría Mariana, la adolescente, los cambios del cuerpo, la llegada de la feminidad, los entuertos del amor en tiempos en que la pasión de la mujer poco importaba? ¿Le robarían el primer beso o con la osadía que la hizo más tarde trascender ofreció los suyos?

Una mujer de tal entereza, aun en la primera mitad del siglo XIX, cuesta imaginarla sujeta a mojigaterías, entregada a un matrimonio concertado sin dar brava pelea.

Así que es razonable suponer que Fructuoso Regüeiferos, de alguna manera la sedujo y con solo 16 años la hizo su esposa, nueve abriles más tarde con cuatro hijos enviuda y regresa en medio de la pobreza al hogar paterno.

Tres años después contrae nupcias con Marcos Maceo, por más de dos décadas viven en función de la numerosa familia y el fomento de la finca, educando con rigor a su prole.

El resto es historia conocida, la temeraria mujer que en 1868 con un crucifijo en las manos hizo poner de rodillas a los Maceo y jurar luchar por la independencia de la Patria inspirados en el ejemplo de Jesús, el primer liberal de la historia.

Los hospitales de campaña, su arrojo, las ternezas de la esposa, madre y abuela que no se endureció ante el dolor de la muerte de los seres queridos, pero tampoco sucumbió ante la pena.

Esa mambisa de legendaria trayectoria alguna vez fue una niña con problemas para trenzar su cabello, con dudas sobre la vida, el mundo, sueños de felicidad y futuros luminosos.

Alguna vez sintió en sus carnes el temblor del deseo, la pasión, la ira y la frustración, y es que Mariana Grajales Cuello, merece ser recordada como una gran heroína, pero también como una mujer común con miedos, ansias e ilusiones; en esa condición humana radica justamente la grandeza.

El apóstol escribe sobre Mariana

José Martí, tras la muerte de Mariana Grajales escribió con profundo dolor en el periódico Patria: "Con su pañuelo de anciana a la cabeza, con los ojos de madre amorosa para el cubano desconocido, con fuego inextinguible, en la mirada y en el rostro todo, cuando se hablaba de las glorias de ayer, y de las esperanzas de hoy, vio Patria, hace poco tiempo, a la mujer... que su pueblo entero, de ricos y pobres, de arrogantes y de humildes, de hijos de amo y de hijos de siervo, ha seguido a la tumba, a la tumba en tierra extraña...".

También su hijo, el Lugarteniente General Antonio, reconoció la grandeza patriótica de su madre en una carta que le envió a José Martí, donde expresa: "Ella, la madre que acabo de perder, me honra con su memoria de virtuosa matrona, y confirma y aumenta mi deber de combatir por el ideal que era el altar de su consagración divina en este mundo (...) A ella, pues, debo la consagración de este momento".

Sobre el Autor

Yolanda Molina Pérez

Yolanda Molina Pérez

Licenciada en Periodismo de la Universidad de Oriente.

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  • Invitado - Nino

    Elocuente descripción, hace falta más de aquellas y aquellos que forjaron la nacionalidad cubana para que las nuevas generaciones se introduscan más le rica histora patria.

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