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Riesgos de comer escondidos

Niña comiendo escondida

Maritza le dice a su hijo que coma el dulce lo más rápido posible, antes de la llegada de sus amiguitos; lo mira de forma persistente con la expresión en sus ojos de “¡acábalo ya!”, y él la obedece sentado en una silla pequeña en la cocina.
 Leodanis y Angie María, padres de dos mellizos, les dan merienda cuando están ellos solos, porque “la cosa está demasiado mala como para compartir los alimentos que tanto gustan a los pequeños”.


Según me dijo una madre hace poco, su infante es medio “bobo”, porque deja que los demás consuman la mayor parte de sus dulces, por eso ella solo se los da cuando no hay amiguitos cerca.
 Y, ¿qué les enseñamos cuando deben ingerir algo a escondidas o saben que el refresco es para cuando estén solos?

¿Qué pasa entonces con la necesidad de formar en ellos sentimientos y actitudes de solidaridad, cooperación y colectivismo?
 Recuerdo mi etapa en el preuniversitario, un grupo de amigos compartíamos los alimentos, como hermanos. Destinamos una taquilla para poner los de todos y cada uno comía cuando deseaba, sin pedir permiso, aunque teníamos la suficiente mesura para no exagerar.


Yaumel Talabera, un muchacho gordito y amante especialmente de las salsas, siempre llevaba unos dulces que le hacía su papá, para dárnoslos a nosotros, pues él, aburrido de probarlos desde chiquito, ya ni los quería. Karel compartía su bistec de cerdo y prefería el pollo de Yulio. Así, estábamos muy satisfechos, siempre con chistes y muchos sueños.


Los domingos, luego de terminar las visitas de nuestros padres, comíamos en conjunto y eso aseguraba más diversidad en el paladar. En ocasiones, los familiares de quienes vivíamos más lejos no podían visitarnos, pero nuestros hermanos de otros municipios cercanos compartían lo de ellos.
 Otros muchachos del dormitorio se alejaban para comer solos, a veces lo hacían en la oscuridad, después de apagar las lámparas, y sus panes, dulces... solían estar protegidos por potentes candados.


Las acciones de los mayores tienen una dimensión tremenda en la formación de los infantes. Por suerte, muchas madres, tíos, abuelos y otras personas influyen de manera positiva en ellos.
 Según especialistas, la solidaridad debe ser enseñada y trasmitida sobre todo mediante el ejemplo de los adultos.
Refieren que a partir de los dos años de edad, los niños empiezan a tener más conciencia del otro, de conductas como el compartir y colaborar, por lo cual es importante favorecer actitudes como esas.


Resaltan la importancia de las labores en las escuelas y los hogares, donde se pueden realizar juegos a fin de incentivar eso y aplaudir a los protagonistas para que se sientan bien al brindar algo o ayudar a otra persona, seguros de hacer lo correcto.
 La solidaridad forma parte de la identidad de los cubanos, uno de los encantos de quienes habitamos este archipiélago, capaces de ir muy lejos para llevar salud y esperanza, amor y conocimientos.


Aquí es tradición compartir con los vecinos hasta un poquito de sal o azúcar, un plato de ajiaco o una cabecita de ajo, y todo eso deberá ser siempre parte de la vida de un pueblo inmenso, por su capacidad para avanzar como un equipo enorme, sin importar los obstáculos.

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