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Te quiero… pero con el corazón

Te quiero… pero con el corazón

Entre los enamorados hay una fecha que no suele pasar desapercibida y esa es la del 14 de febrero, un día para demostrar y llenar de detalles a la pareja, por lo que desde mucho antes se puede ver la “locura” de los embelesados por comprar un sencillo regalo a la persona amada.

Sin embargo, en los últimos tiempos existe una tendencia desmedida hacia el consumo, como si el detalle al sentimiento radicara en cuánto nos cuesta el obsequio.
 Muchos son los que comparten con la familia y amigos –con cierto tono de orgullo en la voz– las extravagancias de los regalos que, como mínimo, a veces cuestan 20 pesos en moneda libremente convertible, casi el monto total del salario medio de un cubano.
 Es así que a veces resulta una suerte casi “mágica” encontrar un presente que no ronde o sobrepase esos desorbitantes precios; de ahí que muchos se la pasan reuniendo kilo a kilo, cada mes, para la mencionada fecha, pues generalmente ésta incluye, además, una cena en pareja. Varios entrevistados confesaron que ese día tan especial no quieren sentirse menos que otras personas y, aunque se tengan que romper alcancías o pedir dinero a las 100 mil vírgenes, se hace, con tal de sorprender a su pareja con un buen presente. Por tanto, resulta lógico que el 14 de febrero se convierta en el día más caro para los enamorados y en el que la muestra de amor profundo sea, precisamente, recibir un regalito; y sépase que para los implicados éste no es solamente una simple flor o una tarjeta de felicitación. El regalito ya forma parte de la cultura nacional, y tampoco resulta menos cierto que aquellos que no tienen la posibilidad de mayores ingresos económicos se sientan un poco cabizbajos al escuchar el precio de los obsequios que, otros, han ofrecido en tan importante celebración. Parece indicar que para que algo sea especial debe venir acompañado del poderoso caballero don Dinero, como bien lo nombró el poeta español Francisco de Quevedo; y ya esa actitud resulta un comportamiento normal pues lo mismo suelen hacerlo aquellos que llevan saliendo tres jornadas, como los que se encuentran comprometidos por más tiempo. Y sí, en esta etapa globalizada, donde persisten tantos bombardeos de propaganda capitalista, constituye un suceso normal concebir el regalo como un mediador, una prueba de amor; en tanto, la espontaneidad, el compromiso, la honestidad y la lealtad parecen esconderse debajo de una piedra. Ojo, no es que ahora se le haga la inquisición a un hecho que ha devenido tradición cada 14 de febrero, pero... ¿es este, necesariamente, sinónimo de amor, de entrega y de gratitud?
 Hoy día hay quien da lo que no tiene para cumplir con los estándares del precio y la calidad, para estar a la altura de lo que la sociedad a veces exige e impone como algo obvio, elemental y fuera totalmente de discusión. Esta filosofía de unos cuantos que no conciben llegar a la fecha con las manos vacías es lo que hace repensar, a veces, qué posturas tomamos para quedar bien, porque el cuánto se gasta viene, tristemente, equiparado al tamaño del amor. Tanto es así, que en esta rueda del consumo son pocos los que se liberan y salen ilesos, y el 15 de febrero, si tienes una relación, vendrán las preguntas de qué regalaste, qué te obsequió, adónde fueron... Aunque esta (in)cultura del regalo se vive por doquier y gana fuerzas, más que las Gracias, los besos, la confianza y la incondicionalidad... me gusta pensar que la batalla aún no está perdida y que los sentimientos también pueden obsequiarse sin cláusulas. Este 14 de febrero me aferraré a la idea de que la mejor manera de demostrarle a alguien que la quiero será el día a día, de que mientras muchos se encuentran atormentados por precios y obsequios, la clave para una buena relación aún pervive en la imaginación, las caricias, las sonrisas, la constancia y la entrega total. Sin dudas, mis mejores pensamientos serán para un amigo, a quien le pregunté recientemente si ya tenía o había pensado el regalo por el Día de los Enamorados, y quien con su sencillez característica me miró sonriendo –quizás para darme una lección de vida–, y me respondió: “Se quiere con el corazón.”

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