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Toda mi vida a la Patria

Toda mi vida a la Patria

Cuenta la historia, que sin importar una larga tradición familiar de lealtad a España, se unió a la guerra del ´68 un año más tarde al alzarse en Holguín. Dicen que sus comienzos fueron férreos en cuanto a la disciplina propia y de sus tropas; y que mantuvo en jaque constante en zonas cercanas a las ciudades de Holguín, Banes, Gibara, Mayarí a las tropas españolas.

La ruda vida en campaña no hizo mella en el carácter modesto, sencillo y jovial de este cubano. La valentía que lo caracterizó, unida a su inteligencia y otras cualidades personales puestas al servicio de la independencia, lo hicieron merecedor de los grados de Mayor General del Ejército Libertador y más tarde el de Lugarteniente General.

El desempeño de tan alta responsabilidad sirvió para probar su capacidad de estratega. Libró múltiples combates y sobresalió por una sólida formación militar, adquirida de forma autodidacta.

Su amplio dominio de la balística de la época le permitió convertirse en el primer jefe mambí en utilizar la artillería, contribuyendo así al desarrollo del arte militar cubano.

Quizás, una de sus principales labores fue la de proteger los desembarcos de las expediciones cargadas de armas y patriotas, las cuales por desgracia no se hicieron ni en la cantidad necesaria ni con la coordinación adecuada.

Pero la acción definitiva que marcó para siempre su carácter ocurrió el cinco de septiembre de 1874, cuando ya siendo Mayor General, Calixto García fue sorprendido con muy pocos hombres por una columna enemiga en el lugar conocido por San Antonio de Baja.

En tan desigual encuentro y ante la posibilidad de caer prisionero, en un acto de impresionante heroísmo, prefirió el suicidio, y luego de gastar todos sus cartuchos se aplicó el llamado "tiro de la vianda".

– Con un disparo será suficiente – seguramente pensó, y sin pensarlo apuntó y disparó su revolver directo a su paladar sin poder lograr su objetivo. Por fortuna, la bala no siguió el curso esperado, y a pesar de caer gravemente herido y ser apresado por las tropas de Francisco Ariza Gómez, el jefe mambí sobrevivió. Solo le quedó en la frente la indeleble marca de su firme decisión de vencer o morir.

De ese valor patriótico la historiografía atesora la exclamación de su madre, Lucía Íñiguez, cuando conoció de la acción: "¡Ese es mi hijo Calixto, muerto antes que rendido!".

Pero la vida personal de Calixto García Íñiguez estuvo marcada por muchos sucesos inéditos, pues el insigne patriota también guardaba recelos, arrancaba en cóleras y esbozaba sanas maldades.

Era un hombre amante de su familia y con gran sentido del humor, como lo definen historiadores y colegas del gremio periodístico. En su libro “Así fue Calixto, el Mayor General”, Nicolás de la Peña narra sobre la picardía de un padre celoso que cauteloso adelantaba una hora al reloj de la sala para acelerar la visita del novio de su hija Leonor.

Asimismo comenta sobre el romanticismo desmedido con el que era capaz de describir a su amada esposa Isabel Vélez sobre las duras noches de añoranzas en la manigua.

Por supuesto, como intenso jefe militar en tiempo de guerra, el patriota también tenía demonios que contrarrestaban todo temperamento dócil y tierno. Calixto era vehemente en todos sus círculos sociales y por ende, ante discusiones sufría fuertes arranques de cólera. No obstante, aun cuando no pedía excusas una vez pasada la ira, reconocía que su defecto iba en ascenso.

Cuenta otra anécdota que debido a tal pasión furibunda, en cierta ocasión le pidió a su secretario Manuel Rodríguez Fuentes, a quien estimaba mucho, que cuando volviera a recriminar injustamente a un oficial, se acercara de forma discreta y en voz baja exclamara: “¡Ave María Purísima, General!”.

Calixto, como a buen cubano de pura cepa, el humorismo, la ironía y las ocurrencias le galopaban en la sangre. Cuentan que en una ocasión el prefecto de la ciudad llegó alarmado a informarle que las ratas se estaban comiendo su artillería, a lo que García respondió, “¡pues vuelva enseguida al almacén y establezca una guardia de gatos!”.

Su vida familiar, en cambio, estuvo rodeada de tragedias poco conocidas. La muerte siempre acechaba a su familia. El primer golpe fue el de su hijo mayor Calixto que se encontraba en Cuba. El día 14 de diciembre de 1887 en la casa número 76 de la calle Oficio, en La Habana, mató a su esposa y luego se suicidó.

A ello le siguió la enfermedad de su hija Mercedes de la Concepción. La pequeña padecía de tuberculosis una enfermedad bastante frecuente en la época y casi incurable en la mayoría de los casos; esta última, una de las que quizás fue el pasaje más triste en la vida de Calixto García, días en que debió y decidió anteponer el deber con la patria frente a su familia.

El día 25 de octubre de 1898, Isabel Vélez Cabrera, esposa del Mayor General escribió a su esposo: “(...) hace falta que veas a tu pobre hija antes de ir a ningún lugar. Ella anhela verte y se pone triste cuando oye decir que no podías venir y hasta dice "Papá no hace caso, ya de mi, ni quiere verme (...)”.

Aún así, ahogado en sufrimiento, el patriota no va al encuentro de su hija moribunda, pues Cuba lo necesitaba más. Es entonces que otra carta llega de Isabel al campamento de Calixto, esta vez dirigida a su hijo Justo: "(...) Mercedes siempre enfermita y extremadamente delicada, es un cadáver. Solo tiene ojos muy grandes y amor intensísimo por sus hermanos y su padre a quienes, desea ver a su lado (...)".

Atolondrado por la angustia y la desesperanza el Mayor General escribe: “(...) Mi alma está destruida. Mi pobre Mercedes, la única esperanza de mi hogar, se me muere. En medio de tanto (...) solo tengo ganas de llorar y huir de la multitud con mi hijita para ver si la salvo, pues sin ella la vida me vale muy poco. ¡Para qué he trabajado y he sufrido tanto! Si mi única hija ni siquiera podrá llegar a la tierra por la que he luchado tanto para que descanse allí para siempre (...)”.

De acuerdo con los historiadores, solo se trasladó a Estados Unidos cuando recibió una misión de la asamblea de representantes constituida al terminar la guerra para intentar lograr que los Estados Unidos la reconocieran.

Allí en Nueva York apenas pudo estar cinco días al lado de la enferma, pues el deber lo obligó a marchar de inmediato hacia Washington llamado por Tomás Estrada Palma para acudir como delegado del Ejército Libertador.

Muchos coinciden en que esta fue la última prueba de fidelidad a la patria del viejo veterano.

En el 68, el 80 y el 95 abandonó a su familia para marchar al campo de la revolución, arrastrando además en la última contienda, a todos sus hijos en edad de combatir.

A Calixto, ese hombre marcado por la historia, así como nosotros lo recuerdan también los cubanos de New York en los días últimos de su estadía: “(...) bajaba de mañana a la tienda de Leandro Rodríguez tesorero de la Junta Revolucionaria, y allí en un rincón estrecho, recibía sus visitas, con benevolencia hidalga, castigaba con arranques elocuentes la desidia o abyección de sus paisanos, recordaba con chispas en los ojos la bravura de la guerra, comentaba, con lucidez singular, la historia de los pueblos y la literatura militar (...)”.

Calixto García Íñiguez mere el 11 de diciembre, con su deceso, sucumbía el último de los grandes generales de aquellos tiempos. El león holguinero – como también lo apodaban – es considerado uno de los principales estrategas de las guerras de independencia.

Prestó especial atención a la preparación de las tropas y al trabajo cohesionado del Estado Mayor, así como a la planificación detallada de las campañas y acciones combativas con el empleo de mapas y croquis.

Pero sobretodo, un hombre que no dudó ni un instante que la libertad y la independencia de la Patria era lo más importante.

calixto garcia iniguez

Sobre el Autor

Ariel Torres Amador

Ariel Torres Amador

Licenciado en Periodismo en la Universidad de La Habana, Cuba

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