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Primero de Mayo, para reafirmar la unidad nacional

Primero de Mayo, para reafirmar la unidad nacional

A finales del siglo XIX Estados Unidos vivía un crecimiento industrial acelerado. La clase obrera anhelaba disfrutar de “Ocho horas para trabajar, ocho horas para dormir y ocho horas para la casa”.

Como los empleadores se negaron a acatar la Ley Ingersoll, promulgada por el presidente estadounidense, Andrew Johnson, la cual validaba esta demanda, los trabajadores de la ciudad de Chicago, -segunda urbe más importante del país- iniciaron una huelga el primero de mayo de 1886.

La misma encontró respaldo en otros lugares y duró hasta el día 4, pues con anterioridad, en 1884, durante su congreso, la Federación de Trabajadores de Estados Unidos y Canadá acordó que, de no hacerse efectiva la reducción de la jornada laboral, ese día, las distintas organizaciones sindicales efectuarían una movilización general.

Y así sucedió. En Chicago, durante el primer día de huelga, Albert Parsons, líder de la organización laboral “Caballeros del Trabajo de Chicago”, dirigió una manifestación de 80 mil trabajadores.

En las jornadas siguientes se unieron 350 mil empleados de toda la Unión Americana, lo que afectó a más de mil fábricas. Pero algunas empresas, como la de materiales McCormick contrataron a personas para que garantizaran su funcionamiento; eran los llamados rompehuelgas.

Los actos de protesta de la clase obrera continuaron, a pesar de los fuertes enfrentamientos policiales en los que perdieron la vida muchos trabajadores; miles fueron despedidos, detenidos, procesados, heridos de bala o torturados.

Con el propósito de protestar por la brutal acción policíaca del 3 de mayo, los anarquistas convocaron a una reunión masiva en la noche del día 4 en el mercado de la ciudad (Haymarket). Spies, Parsons y Samuel Fielden fueron los oradores ante una multitud de 2 mil 500 trabajadores.

Cuando la manifestación estaba terminando, llegaron al lugar cerca de 200 policías. Mientras esta dispersaba la reunión, alguien lanzó una bomba que estalló y mató a un guardia. Y aunque nunca descubrieron el responsable, el incidente se tomó como pretexto para perseguir organizaciones sindicalistas a lo largo del país, al tiempo que ocho líderes laborales fueron acusados de conspiración para asesinato. El juzgado condenó a muerte a cinco de ellos y a prisión a los demás.

Albert Parsons, August Spies, Samuel Fielden, Michael Schwab, Adolf Fischer, Louis Lingg, George Engel y Oscar Neebe pasaron a la historia como los Mártires de Chicago.

Las condenas fueron ejecutadas el 11 de noviembre de 1887. José Martí, en ese tiempo corresponsal del periódico argentino La Nación lo narró así:

“Salen de sus celdas al pasadizo angosto (...) El médico les había dado estimulantes: a Spies y a Fischer les trajeron vestidos nuevos; Engel no quiere quitarse sus pantuflas de estambre. Les leen la sentencia a cada uno en su celda; les sujetan las manos por la espalda con esposas plateadas: les ciñen los brazos al cuerpo con una faja de cuero: les echan por sobre la cabeza, como la túnica de los catecúmenos cristianos, una mortaja blanca: ¡abajo la concurrencia sentada en hileras de sillas delante del cadalso como en un teatro! (...) Spies va a paso grave, desgarradores los ojos azules (...) Fischer le sigue, robusto y poderoso, enseñándose por el cuello la sangre pujante, realzados por el sudario los fornidos miembros. Engel anda detrás a la manera de quien va a una casa amiga, sacudiéndose el sayón incómodo con los talones. Parsons, como si tuviese miedo a no morir, fiero, determinado, cierra la procesión a paso vivo. Acaba el corredor, y ponen el pie en la trampa: las cuerdas colgantes, las cabezas erizadas, las cuatro mortajas.

“(...) Una seña, un ruido, la trampa cede, los cuatro cuerpos caen a la vez en el aire, dando vueltas y chocando”.

Tras los sucesos en Estados Unidos, durante su Primer Congreso, en 1889, la Segunda Internacional impulsó los intentos por convertir el Primero de Mayo en una jornada festiva, en la que los trabajadores exigieran sus derechos.

Desde entonces, la mayoría de los países del mundo, especialmente aquellos de tendencia socialista celebran ese día.

Paradójicamente, no es así en Estados Unidos ni en Canadá, los que celebran su Día del Trabajo, el primer lunes de septiembre.

En Cuba, los trabajadores conmemoran esta fecha desde 1890. Inicialmente aprovechaban la ocasión para exponer sus demandas sociales, políticas y económicas. Y de forma ascendente, el Primero de Mayo, reflejaba el fortalecimiento y la organización de la clase obrera.

Con la llegada del poder revolucionario, en enero de 1959, el Primero de Mayo se convirtió en fiesta del pueblo trabajador, lo cual continúa como una tradición.

Ese día, millones de cubanos, sin importar raza, edad, sexo, creencias religiosas o estatus social, desfilan por las diferentes plazas; no para exigir trabajo, asistencia médica, igualdad de deberes y derechos u otras tantas conquistas tan anheladas en diversos rincones del mundo, sino para reafirmar la unidad nacional y su apoyo el gobierno revolucionario.

Sobre el Autor

Yurina Piñeiro Jiménez

Yurina Piñeiro Jiménez

Licenciada en Periodismo en la Universidad Hermanos Saíz de Pinar del Río, Cuba

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