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“Cuenta siempre conmigo mientras respire”

General Máximo Gómez.

General Máximo Gómez.

Son las seis de la tarde y vamos a perder a Cuba de vista, quizás para siempre”, apuntó el general Gómez en su diario el seis de marzo de 1878. Iba a bordo del vapor que lo llevaría a su exilio en Jamaica. Los ojos cansados descollaban en su rostro, hinchados y rojos, como el sol que en esos instantes se ponía sobre el horizonte.

“¿Cuál será mi destino después que he sufrido tanto y tanto en pos de la realización de un ideal que ha costado tanta sangre y tantas lágrimas? ¡Adiós Cuba, cuenta siempre conmigo mientras respire, tu guardas las cenizas de mi madre y de mis hijos y siempre te amaré y te serviré!”, prosiguió.

Mientras el barco desafiaba a las olas y se perdía mar adentro, aquel ser meditabundo, repasaba en la memoria su primer contacto con la Isla 13 años atrás. Era por entonces un joven trigueño, de barba larga, afinada en la punta. Gustaba de andar por los guateques enamorando a las mozas bonitas y vivía de vender maderas y labrar la tierra en el ingenio Guanarrubí, situado en la jurisdicción de Bayamo.

Era de origen dominicano. Había luchado en su tierra natal, siendo apenas un adolescente, contra las invasiones haitianas encabezadas por Faustine Soulouque y en la Guerra de Restauración Dominicana que pretendió, sin lograrlo, devolver a España el control sobre esa nación.

Tras el fracaso, vino la huida. Máximo, su madre anciana, dos hermanas y varios de sus compañeros de armas, se enrolarían en el vapor Pizzarro rumbo al oriente cubano.

Aquí conoció del sufrimiento esclavo, inexistente en su Patria. Le indignó la agonía de los negros y se prometió a sí mismo ayudar en su liberación; entonces se sumó a la conspiración por la independencia de Cuba y se alzó en El Dátil junto a otros patriotas.

El cuatro de noviembre de 1868, en Pinos de Baire, encabezó un hecho sin precedentes en la historia de la Isla: la primera carga al machete del Ejército Libertador. El binomio machete-caballería devendría la forma fundamental de aniquilar al español en los combates.

Los cubanos llamaban al extranjero “Chino viejo”, a pesar de su evidente juventud; y es que en aquella tropa de gente improvisada nadie sobrepasaba los 35 años de edad.

Cuentan que a la hora de la cena, comía lo mismo que el último soldado. Sus únicos tesoros eran un costurero con aguja e hilos, un álbum familiar y un jarrito para el café.

En la manigua redentora encontró el amor de una cubana valiente, Bernarda Toro, a quien él decía cariñosamente Manana. No hubo cura ni juez colonial en su sencilla boda. Los casó un prefecto cubano en un rancho de yaguas cobijado de guano.

Manana acompañó a Gómez en los momentos más cruentos de la lucha. Vistió harapos sin quejarse, vivió en bohíos abandonados, compartió con su esposo el hambre, el peligro y la tristeza por la muerte de sus primeros retoños, Margarita y Andrés.

“Tú madre jamás quiso abandonarme y me seguía a todas partes. ¡Cuánto no pasaría!...”, escribió en cierta ocasión el general a su hija María Clemencia, nacida en los campos insurrectos poco antes que sus hermanos Francisco (Panchito*) y Máximo (Maxito).

Después del fracaso de la gesta de los diez años, la familia partió al exilio en Montego Bay, Jamaica. Era apenas el principio de la tormenta.

“POR PRIMERA VEZ LLORÉ”

En agosto de 1878, Gómez arrendó un tramo de monte en Corbet. Era difícil salir adelante porque no contaba con ningún amigo.

“…Por primera vez lloré (…) mi hijita Clemencia lloraba por un pedazo de pan, que yo no podía darle, pues llegué sin un centavo (…) Los recursos se me han agotado y no sé cómo darle de comer a mis hijos, he salido a vender una levita vieja –no la pude vender”, reconoce en su diario.

Más tarde la familia se instaló en una inhóspita región de Honduras conocida como San Juan de Ulúa. Allí fomentaron, con total inexperiencia, la siembra de añil. Vivieron seguidamente en New Orleans (Estados Unidos), Kingston (Jamaica) y por último se trasladaron a República Dominicana, donde una casa comercial apoyó a Gómez a emprender el cultivo de tabaco para la exportación.

En septiembre de 1892, el dominicano recibió en su casa a un viajero menudo que respondía al nombre de José Martí. Le bastó oírle hablar con aquella pasión de la libertad para quererlo como a un amigo de toda la vida.

El peregrino venía a informarle que los líderes veteranos, nucleados en los clubes revolucionarios cubanos de Tampa y Cayo Hueso, habían pensado en él para dirigir la Guerra Necesaria que se estaba gestando desde la emigración.

Gómez aceptó la idea sin titubear. El 11 de abril de 1895 ambos jefes revolucionarios desembarcaron por Playitas de Cajobabo en la actual provincia de Guantánamo.

“Vamos cosidos uno y otro, el padre y yo con un solo corazón y la mayor amistad y dulzura (…) el padre va robusto, y con la fe justa que nos anima a todos. De cuando en cuando, sin que nadie más que yo lo note, vuelve los ojos a las costas donde ustedes viven: y yo lo noto, porque los vuelvo yo también. Ustedes son míos”. Escribió Martí a Manana el propio día del arribo, para tranquilizarla.

En otra misiva dirigida a Gonzalo de Quesada y a Benjamín Guerra, describe la protección que Gómez desplegaba sobre él, el cuidado que ponía hasta en los detalles más simples”.

“¿Cuándo olvidaré el rostro de Gómez, sudoroso y valiente, y enternecido, cuando subía las lomas resbaladizas, las pendientes de breñas, los ríos a la cintura, con el rifle y revólver y machete y las doscientas cápsulas, y el jolongo al hombro? Y cuando a sus espaldas doy su jolongo al práctico, él me quita mi rifle, y sigue cuesta arriba con el mío y el suyo. Nos vamos halando, hasta lo alto de los repechos. Nos caemos riendo”.

Grover Flint fue un reportero estadounidense que compartió charlas con los mambises y convivió con ellos durante varias jornadas. Conoció de cerca al general Gómez en el campamento de Antón, ubicado en la sabana de Camagüey, y dibujó varias estampas del mismo, con un pañuelo atado al cuello, quizá para esconder la cicatriz de una herida. A finales del siglo XIX, The New York Journal, el diario que pagaba los honorarios del periodista, publicó una interesante serie de reportajes sobre la vida en los campamentos. En uno de ellos, Flint se detiene en la figura del estratega militar:

“Es un hombrecillo gris. La ropa no le ajusta bien, y tal vez, si uno lo ve en una fotografía, su figura podría parecer vieja y ordinaria. Pero tan pronto como pone sus agudos ojos en uno, golpean como un puñetazo. Uno percibe la resolución, la intrepidez y el conocimiento de los hombres que hay en esos ojos, y su poseedor se convierte ante usted en un gigante”.

En otra oportunidad el corresponsal describió la batalla de Saratoga, una de las más importantes de la contienda:

“(…) 4:30 p.m. Gómez dirige el ataque. Nos aproximamos a las líneas enemigas desde el sur, por el camino real (….) Es una inspiración ver a Gómez bajo el fuego de artillería. Sus ojos chispean con interés y parece veinte años más joven. Lleva el sombrero ladeado y su pequeño machete remolinea en su muñeca. Un arte muy suyo”.

“NADA SE ME DEBE”

Cuando se produjo la intervención estadounidense en la guerra, el Generalísimo se hallaba en el centro del país, diezmando a las decrépitas fuerzas españolas. Sus planes inmediatos comprendían una segunda penetración en La Habana para tomar la ciudad definitivamente; pero ya no tenía sentido.

Refieren los historiadores que al establecerse la Asamblea del Cerro como gobierno provisional, accedió a ser parte de ella; sin embargo, se negó a dirigirla, alegando su formación meramente militar y su condición de extranjero.

Tuvo sus desencuentros con los asambleístas. La contradicción fundamental giraba en torno a si tomar el donativo de tres millones ofrecidos por el gobierno de Estados Unidos o si pedir un empréstito mayor que garantizara un descanso digno a los soldados del Ejército Libertador.

Gómez apostaba por aceptar la suma propuesta, para evitar así que la república naciera endeudada, idea que desaprobó el resto. Acordaron a su vez la destitución del General en Jefe del Ejército Libertador, y la eliminación definitiva de ese cargo.

“...Extranjero como soy, no he venido a servir a este pueblo, ayudándole a defender su causa de justicia, como un soldado mercenario; y por eso desde que el poder opresor abandonó esta tierra y dejó libre al cubano, volví la espada a la vaina, creyendo desde entonces terminada la misión que voluntariamente me impuse. Nada se me debe y me retiro contento y satisfecho de haber hecho cuanto he podido en beneficio de mis hermanos. Prometo a los cubanos que, donde quiera que plante mi tienda, siempre podrían contar con un amigo”, expresó en su manifiesto al pueblo.

Nunca aceptó la paga que le hubiese correspondido como Mayor General. De a poco se fue replegando de la vida política y pública. El 17 de junio de 1905, murió en su villa habanera sin otra fortuna que el amor de su familia y la gratitud de los cubanos.

Par de semanas antes había propuesto a Manana un viaje familiar hasta Santiago de Cuba. “Quiere el viejo guerrero abrazar a su hijo Maxito, a Candita, la esposa de este, y a los pequeños nietos; y, de paso, que sus hijas conozcan la bella capital oriental. Ese es el motivo visible... Abriga además una segunda intención: impugnar los planes reeleccionistas del presidente Tomás Estrada Palma y promover la candidatura presidencial del general Emilio Núñez”, relata el cronista e investigador Ciro Bianchi en su artículo Así murió el Generalísimo.

Un mar de pueblo lo vitoreó en las calles santiagueras, le cerró el paso ansioso de una palabra, de un saludo suyo. Dicen que apretó cientos de manos, hasta que la suya propia empezó a doler, justo donde se había provocado, tiempo atrás, una heridita insignificante. El malestar se tornó grave, sobrevino la fiebre, la infección, la agonía… Así de fácil se marchaba el guerrero. No pudo con él la muerte en el campo de batalla, y optó por llevárselo así, tan cobardemente.

*Panchito Gómez Toro, capitán del Ejército Libertador, murió el siete de diciembre de 1896 en el combate de San Pedro, después de intentar infructuosamente auxiliar a su jefe y padrino, el Lugarteniente General Antonio Maceo y Grajales.

Artículos consultados:

Con Gómez manigua adentro (La Jiribilla).

Máximo Gómez Báez: cubano de corazón (periódico Granma).

Así murió el Generalísimo (Cubadebate).

Manana: Patriota, esposa y madre ejemplar (periódico Trabajadores).

Sobre el Autor

Susana Rodríguez Ortega

Susana Rodríguez Ortega

Licenciada en Periodismo en la Universidad de Pinar del Río Hermanos Saíz Montes de Oca.

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