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Bodegón con Manuela, la cofradía y la muerte, de Rodolfo Duarte

Portada de un libro

Un libro voluminoso siempre sobrecoge al tomarlo en las manos, porque imaginamos que a fuerza de su extensión puede llegar a cansarnos, si se tiene en cuenta que cantidad y calidad no siempre van de la mano.

Este que hoy les presento, bajo el título de Bodegón con Manuela, la cofradía y la muerte, de Rodolfo Duarte, a cargo de Ediciones Loynaz, un esmerado trabajo de edición de Vivian Lechuga y Alfredo Galiano y que resultó Premio Internacional de Novela de Las Américas 2013, se cuenta dentro de las excepciones donde lo bueno y lo extenso se unen, porque además de la fábula que lo nutre, constituye un excelente trabajo con la palabra escrita, pues en él, cada una posee un valor decisivo en la conformación total de la obra y en la estructura de la historia. La palabra es aquí objetivo y generadora de espacios donde todo es posible.

Desde el propio título, que resulta una premonición transversal de la narración y a través de esa relación apasionada del autor con el lenguaje, nos situamos en un texto que tiene todos los ingredientes de la novela de intriga: suspenso, desapariciones, muertes, hermandades secretas que sazonan el contenido y que se extienden en un suceder continuo, a partir de las peripecias y aventuras de los personajes construidos por la voz del narrador.

Ubicada en la Córdoba andaluza de inicios del siglo XVII, lo primero que llama la atención son las espléndidas y casi cinematográficas descripciones que hace el autor y que recuerdan a Balzac y a lo mejor de la novela del siglo XIX, en lo minucioso del detalle; descripciones que, Guadalquivir incluido claro está, sitúan al lector en esa Andalucía donde la impronta árabe es bien reconocible y que además, es portadora de muchos significados que refuerzan el espíritu español que late en cada página. La Córdoba que fue de los Omeyas, de calles empedradas, calmas y solitarias y que no obstante el tiempo y la distancia, Duarte nos la hace próxima.

Con la experiencia de la lectura le pregunté: “¿Cuántas veces has estado en Córdoba?” “Nunca”, me contestó y eso hace que el valor de lo descrito se agigante porque, y me darán la razón cuando la lean, no quedan dudas sobre la autenticidad del paisaje.

Literatura y plástica se complementan en la novela desde el título y después, de la mano de uno de los personajes mejor construidos en la narración, el maestro Argensola y su taller de pintura, delicioso desde su ambigüedad, alrededor del cual se mueven los aprendices, cada uno con sus especificidades que le aportan verosimilitud a la trama, cuyo ritmo narrativo no decae y que se mueve de un lugar a otro, gracias al dinamismo vital de los seres que la habitan: Antonio, el protagonista; Santiago, personaje espectacular que gusta llamar las cosas por su nombre, sin fijarse en apariencias, sin dejarse tentar por los trucos de la sociedad; y el canónigo Hermenegildo, una réplica eclesiástica y libérrima del Sherlock Holmes de Conan Doyle y de otros detectives no menos famosos de la literatura, hombre curioso y observador, armado más de inteligencia que de otra cosa. Ellos se llevan las palmas, incluso muy por encima de Manuela, como de igual forma Cervantes, de ancestros cordobeses, que se cuela en la obra y es para disfrutarlo.

Personajes que, aunque hablan de sí mismos en su actuar y en sus discursos, pronto le ceden la palabra a ese narrador tremendo que los maneja, para que sea él quien dibuje sus perfiles y diseñe sus acciones y el mundo que los rodea.

En las novelas de Duarte y en esta, por supuesto, las aventuras, por cierto, muy bien contadas, son el pretexto para hablarnos del ser humano, del misterio del ser humano, de sus flaquezas y de sus ideales; esa es la génesis de su actualidad, aunque se desarrollen en escenarios de otros siglos. En ellas está el hombre de siempre, en lo que de universal tenemos todos.

Dotado de cualidades innatas como narrador y extraordinario fabulador (pudiera escribir cientos de páginas con mirar solamente una botella vacía), el autor muestra una historia fluida y amena, sin distorsiones técnicas, elementos que caracterizan su estilo, en el que su prodigiosa imaginación se apoya en una abundante y comprobable información histórica y artística, que la ficción puede, sin embargo, mover a su arbitrio.

Al manejar temas fundamentales y eternos de la vida como el amor y la muerte y con final que puede sorprender o no, lo cierto es que Bodegón con Manuela, la cofradía y la muerte, es el resultado de un elevado propósito de contar, casi convertido en orfebrería y laberintos cretenses. Una novela, en fin, absorbente y perturbadora, rica en significados y donde la recreación de cada momento, de cada acto, de cada sonido y de cada gesto, es perpetuación del instante de la creación.

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  • Invitado - Uberto Mario.

    Un abrazo fuerte a mi amigo de muchos años,Rodolfito Duarte
    Talento e inteligencia le sobran.
    Ojalá y me llegue ese libro.
    Un abrazo grande Rodolfo.
    Desde Miami
    Uberto Mario.

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