Actualizado 21 / 07 / 2018

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Jesús Guerra: El Capablanca del box

Con el escritor Fernando Rodríguez y el autor

No lo olviden nunca, ¡este fue un gladiador!”, fueron las palabras de despedida de Jesús Guerra hijo, en el cementerio de Guane. Y no pudo ser más acertada la afirmación, porque su padre solo dejó de luchar cuando cerró los ojos definitivamente.

Juan Ealo le llamó El Capablanca del box, cuando estuvo a sus órdenes en la preparación del equipo de las cuatro letras. Señal de un pensador para imponerse en el filosófico juego de béisbol, lleno de entramados y vericuetos que debe desbrozar un pícher. No le faltó razón a aquel viejo zorro de la pelota cubana, que llevaba ese deporte en el alma. No todo fue color de rosas entre ellos. Un día me confesó: “En 1977 me llamaron para el entrenamiento del ´Cuba´, no se me olvida aquel juego de preparación contra un equipo tremendo, toda la artillería concentrada. Sin querer, oí a Juan Ealo cuando dijo: ´Vamos a ver si Capablanca se escapa hoy´. Él me decía así, porque yo pensaba mucho cada lanzamiento, no me gustaba improvisar. Contra mí abrió Changa Mederos y lo relevó Lázaro Santana. Yo tiré siete innings y me hicieron una sola carrera, sin permitir extrabases. Entonces le pasé por el lado y dije, para que me oyera: ´Capablanca no cree en el viejo este ni nada de eso, conmigo se jodieron de verdad´. Al otro día hicieron un corte y me sacaron de la preselección...”. Los números son importantes, pero no llevan alma ni corazón, se tornan fríos. Fue el caso de Jesús Guerra Hernández, quien vino a este mundo el 25 de julio de 1948, en Punta de la Sierra, municipio Guane. Y falleció en La Habana, a la 1:05 de la madrugada del 17 de diciembre de 2017, en el hospital Carlos J. Finlay, donde era atendido. A él lo descubrió José Joaquín Pando, en un juego de poca monta en El Cayuco. Aquellos avezados ojos de pedagogía empírica, no podían desechar a uno de los grandes. Vio un exclusivo windup, más una dura y pesada recta, de esas que hacen cimbrar el madero, aunque le pegues fuerte a la esférica. Conversación simple, corta, desenfadada: “¿Quieres irte conmigo para Pinar del Río?”. El muchacho no sabía quién era aquel hombre maduro, de voz precisa y gorra verde, pero confió en él. Después supo del Viejito y sus enseñanzas. A veces fue incomprendido. En su primer año en la VIII Serie Nacional, cuando picheaba frente al zurdo José Pérez, torpedero de los Azucareros, le lanzó una curva y sintió que el codo estallaba; dolor terrible. “Llamé a Arturo Díaz, mi receptor, y le expliqué lo sucedido. A su voz llegó el director, la respuesta fue dura para mí: ´Que pichée y se deje de pendejadas´. El catcher regresó a su posición. Yo a la mía, hice el windup y el lanzamiento picó a 35 pies de mí, me agarré el brazo y fui de rodillas al terreno, con lágrimas en los ojos; llegó Arturo corriendo, dándome aliento, a continuación la dirección de Azucareros, recuerdo a Natilla Jiménez, a mi entrenador y a los compañeros de equipo. Fui llevado al Hospital Provincial de Santa Clara, donde me enyesaron por luxación en el codo. Al retorno resulté baja por toda la serie. Pensaron que había terminado como pícher...”. Pero no fue así. A quien cariñosamente llamamos Requemo, jamás creyó en las adversidades, su tesón por alcanzar los propósitos no tuvieron meta. Él era capaz de doblegar a un cíclope si se lo proponía. Y se lo propuso cuando regresó la lesión y con ella la incertidumbre. Se había resentido el codo cuando lanzó una curva a Rigoberto Rosique en el inning 11 del último juego de una serie, frente al estelar Alfredito García. El desafío duró 14 entradas, no se quejó y se impuso 3 x 2. “Entonces me convocaron al ‘Latino’ y llamé a mi mamá: ´Calienta agua para quitarme el yeso, que voy para La Habana a ganarme un puesto en el equipo Cuba´. Ella me contestó: ´Hijo, tú estás loco, será imposible´. Le apreté las manos con lágrimas en los ojos y le juré: ´Sabes cuánto he luchado, de este brazo depende que ustedes tengan una casa decorosa, esta es mi oportunidad, hago el equipo o vengo lisiado´. “A las 11 de la noche llegó Ricardo Serrano, el comisionado. Me encontró empapado de sudor, tirando contra la pared del cuarto. Le pedí que no dijera una palabra a La Habana, que iba a luchar con la vida para hacer el ´Cuba´. Él cumplió y después del día y la media noche, logré encontrar un nuevo recorrido del brazo para poder tirar. Al regreso de una gira por Holanda y Japón, en mi pueblo me facilitaron recursos y les hicimos una casita nueva a mis padres. Cuando llegué a La Habana, al otro día me pusieron a tirar en una práctica, se me salían las lágrimas, pero lo hice bien y me gané el ansiado puesto. Yo no sé qué pasó con mi brazo, pero con el trabajo se fue ‘enderezando’, a base de agua fría y caliente. Aquella vez fuimos a Perú, Holanda, Panamá y Japón, en la primera visita que hubo a ese país de un team cubano...”. Trece series nacionales multiplicadas en cientos de amistades, con muchas horas acumuladas en el duro bregar, acicate ante los entuertos y categoría de artista. Símbolo de la simbiosis arte-deporte. En él todo fue elegancia, distinción, entrega, pasión, amor y tormento. Y digo tormento, porque tuvo que erguirse ante las adversidades y las incomprensiones. Puede usted buscar con lupa de orfebre otro que haya sufrido una seria luxación en el codo de lanzar, y que tal dolencia le sirviera para redoblar los esfuerzos, basado en un hedonismo deportivo que supo absorber. Y elevar a la cumbre. Después, el adiós al box, ese que se torna complejo, lo elevó a maestro-cazatalentos, cual el propio Pando, aquel que con la madre tendida en la funeraria, no faltó al encuentro decisivo. Requemo descubrió y trabajó con lanzadores ilustres como José Ariel Contreras, Pedro Luis Lazo y Norge Luis Vera, entre otros. Elevó al plano de ciencia el arte de lanzar, quien lo dude, ahí está su libro El pitcheo por dentro, ahora enriquecido con vivencias, de las que tomo pasajes enriquecedores para estas letras. Me exigió el Prólogo. De tal suerte, Jesús Guerra Hernández, quien por esas cosas de la vida anduvo hace años por el otro extremo del país y regresó al terruño, recorrió el camino más amplio en el diapasón beisbolero: lanzador imprescindible vueltabajero y de Cuba, entrenador, mánager, pedagogo, escritor... Quien pida más, no sabe apreciar la grandeza en un guajiro de nacimiento, estelar por su temple y caballero del mundo. Los pinareños estamos orgullosos de contar con quien encarnó y encarna tantas virtudes, aunque en la cima de todas, llevara la amistad. He ahí su excelencia moral. Serían incontables las conversaciones que tuvimos y, cosas de la vida, o de la muerte, la última fue en el velorio de Fernando Hernández. Allí recordamos tiempos pasados y hablamos del presente. Ya para entonces lo noté serio, delgado, sin aquella voz que retumbaba en el espacio. Enfermo de muerte, vino a rendir tributo al amigo y compañero en el terreno. Encabezó la primera guardia de honor junto a Urquiola, Juanito Castro y Félix Pino. Jesús Guerra no era el mismo. Quise invitarlo a una peña: “Qué va Juany, ya no salgo de Guane”. Cuando los jóvenes lanzadores quieran mirarse en un espejo, tendrán que ir a su huella. Es que Requemo supo imponer una efigie de titán, así, ni más ni menos. Dueño absoluto de la escena, no solo en el terreno, su presencia imponía un respeto que supo labrarse con letras mayúsculas, sin ser una alejada deidad. Jesús Guerra Hernández tuvo un carácter a veces hosco, otras sencillo, siempre atento. Criticaba con fuerza lo mal hecho, sin medir las consecuencias. Le sucedió cuando se sentía merecedor de un puesto en la rotación regular y, sobre todo, por ser excluido injustamente. Algunas veces cruzó pescozones con quienes serían sus allegados. Hasta increpó a quien estas palabras redacta cuando, casualmente, le conectó un doblete. No le hice caso; era, es y será mi amigo. La mayoría se retiraba en silencio a sus provincias sin ser elegidos, él podía criticar lo mal hecho. Sucedió en 1975. La selección sería de 25 atletas, después se decidieron por 20 y Jesús Guerra no estaba entre ellos. Cuando Servio Borges preguntó si alguien quería decir algo, se paró y pidió una explicación, las razones de su separación. “Su respuesta fue que el team debía ser una maquinaria de 20 hombres, en el que cada cual tenía que mover bien las piezas. Yo le rebatí que no entendía esa decisión, si estaba en mi mejor forma, en mi mejor año. Salí de la reunión para regresar a Pinar del Río, entonces él me llamó a su oficina: ´Guerra, ¿por qué me hiciste eso?´. Yo mantuve mi criterio. Después, parece que por represalia, no me mandaron a buscar en 1976...”. Y cuando volvieron a llamarlo en 1977, declinó la invitación. Tuvo que llegar en persona el propio Servio, acompañado por autoridades de la provincia. Un hombre de pelo en pecho. Abridor por excelencia, en 13 series nacionales ganó 114 desafíos, perdió 84 y salvó un par de ellos. Otros han superado esas cifras, a fin de cuenta este es un país de peloteros, él lo sabía bien, pero ninguno con su efigie de granito, donde se daban la mano la ambición para imponerse y el desdén por los simples de alma. Cuando le pregunté por récords vuelta-bajeros, respondió: “Sí, para mi orgullo, fui el primero en llegar a las 100 victorias, el primero con 1 500 innings lanzados, con 30 lechadas propinadas, el primero que le ganó a Estados Unidos en eventos internacionales, el único que se ha recuperado de una luxación en el codo...”. Otros muchos acumuló dentro y fuera del país, pero no es hora de números. Simplemente, como se dice en buen cubano, no comió en casa de nadie, jamás mintió ni desanimó al caído o al menos ducho. Dijo cuanto pensó, y sufrió disgustos. Callar las verdades es de cobardes; él aupaba al valor. Un día le inquirí: ¿Llegaste a considerarte El Capablanca del box? “A pesar de nuestras diferencias, el profesor Juan Ealo me puso así, decía que yo pensaba mucho, que meditaba entre lanzamiento y lanzamiento y siempre sabía qué bola le haría daño a los rivales. Él me ponía de ejemplo, como también hicieron Pando y Marrero, porque siempre consideré un mérito el pensar bien cada situación de juego, conocer a los rivales, ser impredecible. Son secretos imprescindibles que debe dominar todo pícher. “Sufro mucho cuando veo lanzadores con muchas más condiciones que yo, que son bateados libremente porque repiten los lanzamientos, no estudian a los batea-dores ni se preocupan por imponerse en cada momento del juego. Si haber hecho las cosas así me merecieron el calificativo de Capablanca, para mí es un gran honor. Claro, salvando las distancias...”. Hace algunos años, ellos retirados, se les convocó para estudiar en la Facultad Nancy Uranga. Recuerdo a Urquiola, a Fernando, a Casanova, a Juanito Castro y a otros, entre ellos Guerra, quien junto a Fernando fueron los únicos que concluyeron la carrera.
Y la vida nos volvió a poner en contra, pero esa vez no pude conectarle, solo aplaudir y abrazarlo. Me correspondió presidir el tribunal para que obtuvieran el título de ambos. Fernando fue preciso, con calificación de cinco puntos. Lo de Guerra fue otra cosa. No recuerdo, entre tantísimas defensas, alguna como esa. Se sentó y, sin mirar siquiera para el trabajo, lo recitó con énfasis. Se lo había aprendido de memoria. Él tenía que lucir elegantemente bien y demostrar la sapiencia que había alcanzado. Lo que se dice un guerrero que hace honor al apellido. Allí brindamos. No puedo menos que acordarme de aquella tertulia vespertina de aliento etílico entre cuatro camaradas, convocados por Mario Negrete; Requema´o (siempre le llamé así), Rodovaldo Esquivel y quien estas letras suscribe, en la casa de su hijo, cercana al “Capitán San Luis”, a quien vio lanzar en el oriente y el occidente del país. Allí descargamos de lo lindo. Negrete, ya enfermo, vino de San Diego de Núñez y él desde Guane. Ellos ahora, volverán a andar juntos. Rememoramos muchas cosas: amores furtivos, tragos de más, viajes cansones, las familias creadas, grandes batazos recibidos y ponches espectaculares. El honor de ser pelotero y la vergüenza al perder... En fin, de tantas cosas pasadas y, quizás por venir. Poco después supimos la pérdida del intelectual Negrete, y ahora, cuando el diciembre de 2017 avanzaba indetenible, la cruel realidad del amigo Jesús Guerra, el Gladiador. ¡Qué corta es la vida y tan larga la parca!

Sobre el Autor

Juan A. Martínez de Osaba y Goenaga

Juan A. Martínez de Osaba y Goenaga

Escritor, promotor cultural, crítico, ensayista. Profesor Titular y Consultante Universitario de la Facultad de Cultura Física y Deportes Nancy Uranga Romagoza de Pinar del Río y una experiencia de 35 años en labores investigativas y pedagógicas en la Universidad del Deporte Cubano.

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