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Allende

Salvador Allende

A las dos de la tarde, el presidente está solo con lo que queda de su guardia personal en el Salón Independencia.
Es martes y hace unas horas tropas militares bombardean La Moneda. El edifico que parece más viejo y corrosivo, todavía sirve de resguardo a sus fuerzas.

A esta hora el incendio ya es incontenible. Mientras, los aviones Hawker Hunter de la Fuerza Aérea realizan amenazadores vuelos rasantes sobre el palacio. Los tanques disiparon sobre la enorme puerta colonial de la edificación y se sucedían las ráfagas de fusiles automáticos.

En esos momentos, los golpistas controlaban todas las ciudades del país y solo se registraban combates ocasionales en Santiago y otros puntos dispersos de Chile. La izquierda no cuenta con ninguna fuerza armada suficientemente fuerte para enfrentar a un ejército profesional.

El presidente y su escolta responden con disparos de las bocas de sus metralletas y dos ametralladoras punto cincuenta que de forma esporádica dejan ver por algunas de las rendijas donde ante estaban las suntuosas ventanas de la casa de gobierno.

Hace unas horas, también habló por Radio Magallanes: “Seguramente esta será la última oportunidad que pueda dirigirme a ustedes (...) Mis palabras no tienen amargura, sino decepción”, dijo.

En julio había cumplido 65 años. “El Chicho”, como lo llamaban sus seguidores, preservaba una galantería un poco a la antigua: espejuelos, traje y rígidas pautas de dignidad y honor. Y mantenía la tenacidad en la conservación de la democracia y la legalidad inquebrantable con medidas gubernamentales y no desde el poder.

Allende, con un casco, la camisa remangada y embarrada de sangre, sin corbata y con un fusil Kalachnikov que le había regalado Fidel Castro en 1971 durante su visita a Chile, recorre la sede presidencial en busca de armas y municiones y organiza una defensa desesperada. El combate continúa.

Después de seis horas, a las dos y cuarto de la tarde el cuerpo exangüe de Salvador Allende permanece en uno de los sofás del despacho envuelto en la bandera chilena.

Santiago por aquellos momentos era una ciudad grisácea y en apariencia, casi vacía, La Moneda se tambaleaba entre las ruinas de la democracia y ruidos zarandeantes.

Adentro, en una de las salas del palacio, permanecía el presidente, cerca, en una de sus manos, como casi sin querer, pero como una muestra irrevocable de autoridad, el fusil con la que al parecer se había disparado, la primera arma de fuego que había disparado jamás.

“Superarán otros hombres este momento gris y amargo en el que la traición pretende imponerse (...) que mucho más temprano que tarde, se abrirán las grandes alamedas por donde pasa el hombre libre para construir una sociedad mejor. Estas son mis últimas palabras y tengo la certeza de que mi sacrificio no será en vano.”

Sobre el Autor

Elizabet Colombé Frías

Elizabet Colombé Frías

Licenciada en Periodismo en la Universidad de Pinar del Río, Hermanos Saíz Montes de Oca.

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