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En el vórtice del Béisbol Cubano

La reciente actuación de Cuba en el IV Clásico Mundial ha hecho reflexionar a todo el país. Algunos pedían más, otros se conformaban con menos, ninguno deseaba perder, al menos quienes llevan la sangre criolla en las venas. Y duele, duele mucho ver caer a nuestros muchachos por marcadores abultados sin la sombra de lo que alguna vez fueron. Pero en verdad, ¿lo fueron?, ¿cómo probarlo de manera objetiva?

No soy dado a meter la “cuchareta” donde tantos expertos se hacen y deshacen tratando de profundizar en un fenómeno que, al parecer, está a la luz, pero solo a una luz aparente, que no es lo mismo ni se escribe igual. La vida es un torbellino y la pelota no le es ajena.

Mi generación creció en la admiración por la pelota profesional. También estábamos al tanto de las promocionadas Grandes Ligas. Se oían y veían las mismas discusiones. Ayer, que si Héctor Rodríguez era el mejor antesalista o Willie Miranda el mejor torpedero. Hoy, que si Casanova fue mejor que Víctor Mesa o el mismísimo Linares, o si Pedro Luis Lazo tiraba más duro que Vinent. La gente cree saber tanto como los managers.

Asistí con mi familia y solo catorce años de edad, al último juego de la Liga Profesional Cubana en el Gran Stadium de La Habana, hoy Latinoamericano. Simpatizábamos con los Leones del Habana, pero aquella noche le íbamos a los Elefantes del Cienfuegos, que discutían el banderín contra los Alacranes del Almendares. Ni por la mente nos pasaba que Pedrito Ramos, quien lució inmenso aquella noche invernal, donde conectó hasta un largo triple, no volvería a jugar en Cuba. Ni los demás.

La totalidad de los nativos que pertenecían al Béisbol Organizado de los Estados Unidos desde 1947 mediante un polémico Pacto, tenían su fuente principal de ingresos allí. Desde entonces la pelota profesional nuestra era una sucursal de aquella. Los jugadores estaban atados de pies y manos a sus dueños. Ellos querían que los torneos siguieran como siempre, pero no pudieron mantenerse por los condicionamientos económicos y políticos entre los Estados Unidos y Cuba.

Cuando llegó el momento, los nacidos en la Isla tuvieron que decidirse: seguían jugando por dinero fuera de Cuba, o no competían ni dentro ni fuera, y sin tantos billetes. La mayoría, sobre todo los que competían en Grandes Ligas, se decidieron por lo primero, desdeñaron las nuevas alamedas de un país en revolución.

Nos quedamos sin aquellos ídolos. La importancia del asunto amerita profundizar más, ya que en las últimas seis décadas se han producido todo tipo de enfrentamientos. Se cuentan por centenares las víctimas fatales del lado de acá. De tal suerte, el deporte nacional de ambas naciones no pudo ser una excepción. Filosofías diametralmente opuestas.

Los norteamericanos inventaron el béisbol utilizando raíces que les fueron afines y nosotros las tomamos de ellos, pero con el tiempo nos la apropiamos. Antes de 1959 existía un maridaje perfecto entre ambas naciones, por todo el país se competía en varias ligas amateurs, con la profesional en la cumbre.

En “Siempre hemos bateado bolas pegadas”, Elio Menéndez expone cómo en el temprano julio de 1960, Frank Shauganessy, presidente de la Liga Internacional, clasificación Triple A, anunció el traslado de los Cuban Sugar Kings, hacia la ciudad de New Jersey, para convertirse en el New Jersey Jerseys; así despojó a Cuba de su sede natural desde 1954. Los Cubans allí nos representaban con el propósito expreso de ser el primer equipo latino en Grandes Ligas, con el slogan “Un paso más y llegamos”. El paso estaba dado.

En 1959, con la presencia de las máximas autoridades de la Revolución, los Cubans habían ganado la Pequeña Serie Mundial en el Coloso del Cerro, como popularmente se conocía la instalación, y se pusieron a la cabeza de las Ligas Menores. Para algunos fue una coincidencia que se anunciara el traslado del equipo hacia New Jersey, solo cuarenta y ocho horas después que el presidente Eisenhower decretara la suspensión de la cuota azucarera cubana, que alcanzaba las 700 000 toneladas. Varias medidas tomó la Revolución como respuesta. Era evidente que Shauganessy firmó una orden tomada en otras esferas. Sanciones duras contra los cubanos, que vivían del azúcar y para la pelota.

Según diversas fuentes, días antes de la decisión, Ford Fricks, comisionado de las Grandes Ligas, fue llamado a consulta por su gobierno, donde se le ordenó ejecutar la acción, con el pueril pretexto de que los jugadores norteamericanos ponían en peligro sus vidas, por la “inestabilidad política” de Cuba. En realidad, nunca hubieran estado más seguros. Los Cuban Sugar Kings también se vestían con el nombre de Cubanos.

La popularidad de la Liga Profesional Cubana había decaído un tanto a partir del Pacto de 1947. Allí se desempeñaban peloteros de otros países, esencialmente norteamericanos, quienes por el mismo mandato se vieron imposibilitados de viajar a la Isla para el torneo 1960-1961, en violación de los acuerdos establecidos. Los aficionados tendrían que abstenerse de ver a Rocky Nelson, inicialista zurdo del Almendares, el camarero Forrest Jacobs y a tantos otros. Nelson, el lanzador Tom Lasorda y otros extranjeros, compartieron con las tropas rebeldes en los primeros días de 1959.

Por aquellos años Cuba tenía veintisiete jugadores en las MLB (Major Leagues Baseball) y centenares en las Menores, cantidad solo superada por los norteamericanos. Aquel engendro pretendió ir más lejos al intentar prohibir a los cubanos que compitieran en su patria, hasta fueron amenazados con ser suspendidos en aquel circuito mayor.

Como respuesta hubo una actitud firme de todos los jugadores en activo, quienes sin excepción, regresaron al país para desempeñarse en el Campeonato Profesional 1960-1961. Fue así como, por la dialéctica de la vida, Habana, Almendares, Cienfuegos y Marianao volvieron a vestir sus franelas con jugadores autóctonos, lo que no sucedía desde 1907, pues a partir de allí siempre hubo, al menos, un extranjero en cada equipo. De esa forma, entre el 15 de noviembre de 1960 y el 15 de febrero de 1961, se desarrolló el último campeonato profesional, ganado por los Elefantes del Cienfuegos, en aquel choque final contra el Almendares, donde Pedrito Ramos se impuso a Orlando Peña, 8 por 2.

Quizás no se haya valorado en su justa medida la actitud de quienes desafiaron al Béisbol Organizado, para volar hacia su país de origen y jugar, a pesar de la inconformidad de quienes los sostenían económicamente, hasta con amenazas de despidos. Fue más fuerte la sangre del caimán que la furia del águila.

Otra cosa fue la Serie del Caribe, suspendida por la ausencia de Cuba, a quien correspondía organizarla, ya que Fricks decidió cambiar la sede hacia Venezuela, sin la presencia de los cubanos. Al Cienfuegos campeón, que había ganado la Serie de 1960, se le prohibía representar a la Isla. La solidaridad de los venezolanos, al rechazar la sede ante un posible débil torneo sin la Mayor de las Antillas, dio al traste con el evento y Cuba salió con la frente en alto de aquellas competencias, hasta con el Villa clara como invitado en el 2014.

Refresquemos la memoria. El 29 de enero de 1959, cuando presidía la Dirección General de Deportes el capitán del Ejército Rebelde, Felipe Guerra Matos, se desarrolló una entrevista donde participaron los principales atletas profesionales, junto a representantes de casi todos los organismos, el Comité Olímpico Cubano, la Unión Atlética de Amateurs de Cuba, y otros. Allí el Primer Ministro, Fidel Castro Ruz, delineó algunos postulados del futuro deporte. Pero era muy temprano para tomar una medida radical, primero había que quebrantar las estructuras que sostenían el deporte rentado, esencialmente en el boxeo y el béisbol.

Se aceleraba el camino hacia el deporte amateur-olímpico, a la vez que se buscaba el concurso de los atletas profesionales, quienes con sus experiencias podrían aportar un apoyo esencial. Pero no todos estaban aptos para tomar tan difícil decisión.

Después, como colofón de las contradicciones que se derivaron de las precarias relaciones entre Estados Unidos y Cuba, más la posición de fuerza de las autoridades beisboleras de aquel país, se convocó a una nueva y trascendental reunión en octubre de 1961, ya creado el INDER, con todos los profesionales, donde se les anunció la próxima puesta en práctica de una ley que eliminaría el deporte rentado. José Llanusa Gobel, presidente del INDER, hizo un llamado a los profesionales para que se incorporaran al deporte revolucionario.

El lanzador Lázaro Rivero (Lacho), quien jugaba por ese entonces en México, ya fallecido, recordaba aquellos momentos:
Fidel planteó que se iba a abolir el profesionalismo en Cuba, que todos los profesionales tendríamos trabajo asegurado. Muchos dijimos que teníamos que salir a cumplir contratos en el exterior, como yo que estaba jugando en México, pero regresaríamos para ayudar al desarrollo del deporte. Esa fue mi última temporada como jugador. Otros estuvieron yendo y regresaban, hasta entrados los años sesenta, recuerdo a Orlando Leroux, Amado Ibáñez, Andrés Ayón y a Juan Delís. Yo tenía mi trabajo asegurado en el central ‘Mercedita’, de Cabañas, hoy ‘Sandino’, que ya no está activo. Comencé a trabajar ayudando a mi hermano, que atendía los deportes en la zona. Recuerdo bien que en aquella reunión estaban Camilo Pascual, Pedrito Ramos, Miñoso, Miguel Fornieles, Amorós, Tony Taylor, Borrego Álvarez y otros de Grandes Ligas, que después no regresaron, porque tenían grandes contratos en los Estados Unidos”.

Ante algunas imprecisiones, debido a la edad avanzada de los entrevistados, y después de hurgar con profundidad, acepté también las referencias de Pedro Almenares (poco después fallecido), ex jugador profesional del equipo Habana, quien decidió colgar los spikes en plena y ascendente carrera, para echar su suerte con la nueva pelota amateur.

En enero de 1959 participamos en una reunión con Fidel en la Ciudad Deportiva, donde habló un buen rato sobre el nuevo deporte que se llevaría a cabo. Después, en octubre de 1961, se nos convocó a una reunión, por parte de José Llanusa, director del INDER y otros dirigentes, a la que se incorporó el compañero Fidel. Nos pidieron que nos quedáramos en Cuba para ayudar a desarrollar la pelota, en una serie que se haría por provincias. Nos dieron tareas. A mí me correspondió pertenecer al grupo donde estaban Edmundo Amorós y otros. Nos fuimos a Oriente a captar talentos, por allá nos encontramos con Miguel Cuevas, Manuel Alarcón, Ángel Galiano y una buena parte de los que después serían estelares en las Series Nacionales...”

Posteriormente, con la Resolución 83-A/62, firmada por Llanusa el 19 de marzo de 1962, que proscribía el profesionalismo, se abolió la pelota rentada, que sedujo a los cubanos desde el lejano 1878. Vendrían melancolías, nostalgias y radicalizaciones, pero aquella realidad se transformó en otra.

Era una situación compleja, atletas en plenitud de forma dejarían de competir. De la noche a la mañana se convertirían en entrenadores; tampoco obtendrían grandes sumas de dinero. La patria los reclamaba, pero allá tenían una vida cómoda. También las falsas noticias daban pocos meses de vida a la Revolución, algunos se dejaron envolver por la prensa. Vieron con escepticismo un triunfo político ante la potencia más grande del mundo, con mucha influencia en la cultura cubana, incluyendo el deporte de las bolas y los strikes.

El béisbol profesional, antes que eliminado, se había diluido al amparo del mismísimo Pacto de 1947, que se extinguió sin firmar papel alguno, tal y como se fueron a bolina las relaciones entre los dos países, que ahorita alcanzan las seis décadas. Así de cruda ha sido la intransigente realidad.

Con los años he aprendido a ver la vida desde sus diferentes aristas. El hombre piensa como vive, no puede vivir como piensa, al decir de Carlos Marx. En su inmensa mayoría, aquellos jugadores eran de extracción humilde, pero sentían y abrazaban concepciones burguesas derivadas del dinero acumulado. La vida los puso en la encrucijada y optaron por continuar jugando allá. Entonces llegaron los nuevos tiempos para quienes quedaron en la patria.

Rocky Nelson y Tom Lasorda, en el estadio del Cerrocon los rebeldesRocky Nelson y Tom Lasorda, en el estadio del Cerrocon los rebeldes

Camilo firma una pelota en presencia de Amado Maestri (24 de Julio de 1959)Camilo firma una pelota en presencia de Amado Maestri (24 de Julio de 1959)

Fidel con Jackie Robinson (octubre-1959)Fidel con Jackie Robinson (octubre-1959)

Fidel y Daniel Morejon, quien decidió la Pequeña Serie Mundial (Oct. 6, 1959)Fidel y Daniel Morejon, quien decidió la Pequeña Serie Mundial (Oct. 6, 1959)

Willie Miranda con dos barbudosWillie Miranda con dos barbudos

Sobre el Autor

Juan A. Martínez de Osaba y Goenaga

Juan A. Martínez de Osaba y Goenaga

Escritor, promotor cultural, crítico, ensayista. Profesor Titular y Consultante Universitario de la Facultad de Cultura Física y Deportes Nancy Uranga Romagoza de Pinar del Río y una experiencia de 35 años en labores investigativas y pedagógicas en la Universidad del Deporte Cubano.

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