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En el vórtice del Béisbol Cubano (III)

No quiero abrumar a los lectores con estas disquisiciones, pero me parece importante (antes del trabajo final) destacar algunos aspectos imprescindibles vinculados a las mentes de jugadores, entrenadores, periodistas, funcionarios y todo el que disfrute o sufra con la pelota cubana. Porque el mundo es una filosofía, dice un proverbio del lejano Oriente y no le falta ni pizca de razón. Nuestro béisbol no es una excepción.

Orestes Miñoso, cuestionado sobre la pelota de su época y la actual, sentenció: “Se poncha uno con tres strikes y se recibe la base con cuatro bolas malas. El béisbol es el béisbol y el que era bueno antes lo sería ahora y viceversa...” Simple y simpática respuesta, que encerraba una filosofía imposible de desdeñar. Y de eso se trata, de la filosofía de la pelota, un juego creado por gentes de pensamiento profundo. Y en ella, como en los demás deportes, concurren dos formas de competencias entre adultos: amateurs y profesionales.

No todos los deportes arrostran consigo una filosofía. Veamos la siguiente sentencia:

¿Cuál es la filosofía del béisbol? ¿Todos los deportes la tienen? Pienso que es posible asegurar que otras prácticas físicas y competitivas puedan ser capaces de generar un pensamiento organizado, pero no un pensamiento filosófico que, en el más estricto y semántico sentido del término (el fijado por la Real Academia de la Lengua) es, ni más ni menos, un ‘conjunto de saberes que busca establecer, de manera racional, los principios más generales que organizan y orientan el conocimiento de la realidad, así como el sentido del obrar humano’. Imposible sería, digamos, para el fútbol o el baloncesto, los dos deportes colectivos más practicados en el mundo, pretender la posesión de un pensamiento filosófico.

El autor también define a los demás juegos colectivos y las diferencias con la pelota:
Como deportes de campo en los que se pasa de manera constante de la ofensiva a la defensiva, su estructura y su pensamiento táctico y estratégico son de origen militar, por lo tanto, limitados filosóficamente a las artes de ataque, contrataque y defensa (...) El béisbol, en cambio, tiene una concepción totalmente diferente y novedosa, que responde de manera estricta y vertical al pensamiento racionalista decimonónico y por ello está organizado en una manera muy propia, donde se incluyen las numerosas reglamentaciones rectoras de su práctica, todo un cuerpo de leyes que al ser recopiladas requieren de un volumen impreso para acogerlas, algo impensable en cualquier otro deporte.

Si tomo prestadas las palabras del destacado intelectual cubano, es para demostrar que una filosofía encierra el sentido de pensar y obrar. Si un atleta compite con el propósito de lucir bien, entrenar el cuerpo y la mente, descargar las energías acumuladas y, en el mejor de los casos entretenerse defendiendo una causa del barrio, la ciudad, o el país, y lo hace sin el requerimiento monetario, estará definitivamente en el amateurismo, que implica libertad social.

Por el contrario, si el practicante es un trabajador que ganará más o menos dinero derivado de sus facultades atléticas y, además, compite con fuerza por el banderín que defiende, que bien puede ser en su patrio o el ajeno, podría catalogarse de profesional, con un objetivo esencial: jugar en el profesionalismo. De hecho, quedará a merced de quienes lo contratan.

Veamos un par de ejemplos: Braudilio Vinent pudo dejar de jugar en su momento de más esplendor (siempre lo tuvo) y nadie lo podía obligar, era un amateur. Nolan Ryan estuvo sujeto a un contrato legal, con las implicaciones jurídicas de rigor. Vinent, con menos dinero, era un hombre libre, el millonario Ryan ¡No!, pues corría el riesgo de ser penado por la ley al romper unilateralmente el contrato. Mas el dinero mueve montañas.

No es secreto que el béisbol surgió en los Estados Unidos, creado por sabios (me permito llamarlos así). Claro, los que lo practicamos desde que venimos al mundo, traemos ciertos genes beisboleros de la familia, la vecindad y la nacionalidad, como sucede en nuestra región con los puertorriqueños, venezolanos, nicaragüenses, panameños y dominicanos, así como en algunos lares asiáticos, bajo la influencia directa del poderoso vecino del norte, y su cultura abrasadora.

Es interesante observar el recorrido histórico del deporte nacional cubano con carácter oficial. El primer juego del primer torneo, con el nombre de Liga Cubana de Base-Ball, se efectuó el 29 de diciembre de 1878, concomitante con el Pacto del Zanjón y tuvo un carácter amateur, pues se competía entre aficionados cubanos y blancos. Nada que ver con el dinero, ya que lo poseían quienes introdujeron la pelota en el país. Pocos años después, aparecieron algunas fórmulas del capital que bien pudiéramos definir como semiprofesionales, hasta que alrededor de 1892 se competía con un franco corte profesional.

Cubanos llevaron la pelota a las tierras vecinas de la América Latina. A inicios de 1890, Fernando Urzaíz y familia se trasladaron a Yucatán, México, y ayudado por sus hijos enseñó a jugar este deporte. Alrededor de la última década del siglo XIX cubanos también llevaron el juego a Puerto Rico. Se asegura que en 1891 los hermanos Ubaldo y Carlos Alomá lo introdujeron en la República Dominicana. Sucedería en Venezuela y otros países.

Aquí proliferaron ligas de béisbol en el siglo XX, entre amateurs, semiprofesionales y la profesional. Cuba siempre estuvo a la cabeza del béisbol mundial, solo superada por sus fundadores. Veamos un ejemplo: ya para 1952, un total de 55 nativos habían pasado por las Grandes Ligas estadounidenses y el resto del mundo no llegaba a 15, una abrumadora ventaja en el béisbol rentado que hacía las delicias de los fanáticos, desde las épocas de José de la Caridad Méndez, Adolfo Luque, Martín Dihigo y compañía, quienes tuvieron sus seguidores en Camilo Pascual, Pedro Ramos, Mike Fornieles, Conrado Marrero, Roberto Ortiz, Miñoso, Pedro Formental, Fermín Guerra y tantos otros.

Y así, en etapas de mayor o menor realce, fue conformándose una liga que atrajo a varios de los mejores jugadores foráneos, blancos y negros, desde 1907, verdaderas leyendas como Sam Lloyd, Satchel Paige, Rube Foster, Joshua Gibson, Monte Irvin, Roy Campanella, Talúa Dandridge, Rocky Nelson, Forrest Jacobs, Brooks Robinson y tantos otros, muchos hoy en el Salón de la Fama de Cooperstown.

Asimismo, se competía en ligas amateurs y semiprofesionales, pudiéramos decir autóctonas, que nutrían las filas de los rentados bajo las pupilas avizoras de los scouts. Por entonces jugaron su papel los clubes sociales y deportivos, cuyas organizaciones se vincularían al béisbol, destacándose desde 1914 el Vedado Tennis Club. Si la pelota oficial cubana surgió con la no admisión de negros y extranjeros, ya en 1900 serían admitidos los primeros y en 1907 los vecinos del norte. O sea, la Liga Profesional Cubana se democratizó primero que el Béisbol Organizado de los Estados Unidos, donde los negros fueron excluidos hasta 1947 con Jackie Robinson, y los latinos de ese color en 1949 con Minnie Miñoso.

La tarea de la pelota de los cubanos no ha sido fácil, llena de obstáculos, momentos de esplendor, desasosiegos, angustias, honor y felicidad. En la patria aprendimos a respirar puros aires beisboleros, donde fuimos potencia profesional y amateur. Debemos sentirnos orgullosos de la historia escrita, pero la vida ha revertido lo que parecía un mundo olímpico y sano, ajeno al mercantilismo.

Ahora las competiciones entre los cinco aros son profesionales, el dinero pulula cual mangos en las campiñas y nos vemos en la necesidad de reajustarnos o abrazar el desdén. Cuando en la arena internacional se menciona la palabra Cuba, quienes sienten por el deporte nos aplauden, pero poco a poco hemos perdido el rumbo, ese rumbo del Dios dinero que parece vencer. Más bien la filosofía del profesionalismo olvidada hace decenios.

Si las competencias del amateurismo han dejado de existir, o lo hacen quienes no desean vivir de los recursos que ofrecen en plazas más o menos vacías, pues tendremos que ajustarnos el cinturón. Nadie podrá quitarnos la gloria que se ha vivido en las Series Nacionales, con figuras de relieve universal y nadie tendrá el derecho a echarnos a un lado.

Si fuimos fuente y consecuencia en un mundo a veces hostil, ahora tendremos que alzarnos con la misma dignidad. Para ello, al parecer, se toman medidas necesarias, que no dejan de levantar ciertos resquemores en los aficionados.

He ahí el nuevo reto: ¿Domeñar al profesionalismo? ¿Podremos hacerlo en las actuales circunstancias? La vida es cíclica y progresiva, con pasos adelante y hacia atrás. De ahí la necesidad de un cambio filosófico que marque el nuevo camino.

¿Estaremos en condiciones de dar el salto? Volveremos a la carga.

Sobre el Autor

Juan A. Martínez de Osaba y Goenaga

Juan A. Martínez de Osaba y Goenaga

Escritor, promotor cultural, crítico, ensayista. Profesor Titular y Consultante Universitario de la Facultad de Cultura Física y Deportes Nancy Uranga Romagoza de Pinar del Río y una experiencia de 35 años en labores investigativas y pedagógicas en la Universidad del Deporte Cubano.

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