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La eficiencia de Urbano González

Urbano Gonzalez

Su mirada hacía presumir una clara inteligencia para conectar hacia cualquier ángulo del terreno. Se concentraba, después de pasar revista a la ubicación de los jugadores y entonces resolvía conectar entre ellos, a como diera lugar. Ha sido uno de los más inteligentes, a pesar del origen campesino. Le llamaron Guajiro. Y se sentía orgulloso.

Urbano González Basanta, nació el 25 de mayo de 1939, en la finca Aguirre, Catalina de Güines, La Habana. En su mejor momento exhibió 5’ 8 de estatura y alrededor de las 175 libras de peso. Como tantos otros, desde muchacho aprendió a tirar con la derecha y batear a la zurda, lo que le traería excelentes dividendos para su carrera. Su entrenador principal fue Regino González, el padre, quien mucho le ayudó para forjar una vista de águila, y le agradece.

Trabajábamos duro, por la mañana y por la tarde, pero después del almuerzo, en vez de reposar un rato, el viejo para complacerme, porque sabía cómo me gustaba la pelota, me tiraba unas bolas para que yo bateara (...) El viejo me tiraba como ochenta pelotas todos los días, y a todas tenía que darle en el centro. Creo que ahí está el secreto.

Los datos calzan las palabras, pues en trece Serie Nacionales y 2 864 veces al bate, solo se ponchó en 67 ocasiones, con una frecuencia de 0,23. En el exterior no se quedó atrás: en 276 turnos, abanicó la brisa en 10 oportunidades (0,36). Sin lugar a dudas, ha sido un portento del contacto con la esférica.

Urbano es el pelotero cubano que acumula más veces consecutivas al bate sin poncharse (190). También posee la mayor cantidad de comparecencias al cajón de bateo (217) sin abanicar la brisa, y jugó 50 partidos de pegueta sin llegar al tercer strike. Todas estas hazañas las realizó de un golpe. Comenzó esta epopeya el 24 de marzo de 1968, cuando vestía la chamarreta azul de los Industriales y la terminó con el uniforme marrón del Habana, el 8 de febrero de 1969. Inició la cadena contra el lanzador Pedro Pérez, de Pinar del Río y la finalizó contra Manuel Hurtado.

Salvando las distancias, pues no se me ocurriría comparar las huellas de estos jugadores, la hazaña de Urbano quizás solo se acerque a la de Joe DiMaggio en las Mayores, ya que el Yankee Clipper, en 6 821 turnos al home play, se ponchó 369 veces (0,05). Hablamos de un inmarcesible universal.

Hay cosas inexplicables, o al menos el hombre no les ha llegado, pero se imponen. El siguiente ejemplo actúa como sentencia. Ya sabemos que el pelotero de mejor vista en nuestras series es Urbano. Puede usted buscar con lupa otro superior y no lo encontrará, pero tuvo su verdugo. El zurdo vueltabajero Ciprián Padrón, Tati para sus compañeros y amigos, hubo días de propinarle hasta tres ponchetes; lo sacaba de juego.

Como decimos en buen cubano, le cogió la baja. El estelar industrialista, integrante durante casi una década de las selecciones nacionales, sucumbía ante aquellos ortodoxos lanzamientos. El propio Ciprián no se lo explica. Me ha comentado que Urbano llegó a tenerle miedo, que nunca lo quería en contra, ni siquiera en los entrenamientos, porque le perturbaba los entendimientos, la psiquis le trabajaba duro.

Cuando me invitaron, en el mes de abril de 2002, al Juego de las Estrellas, en la bella ciudad de Holguín, para presentar El Niño Linares, fuimos juntos en el ómnibus. Aproveché la ocasión y le espeté a boca de jarro una pregunta, cuya respuesta conocía, pero la quería oír en su propia voz:

--¿A quién le bateabas mejor?

--A Manuel Alarcón.

--¿Y quién te fue más difícil?

--Ciprián Padrón.

Lo mismo sucedía en la pelota profesional. Cuentan que Minnie Miñoso era un verdugo contra Camilo Pascual y caía rendido ante las ofertas de Orlando (El Guajiro) Peña. Al parecer, “cada cuello lleva su corbata...”, decía el abuelo Pancho. He ahí un asunto para la psicología beisbolera.

Urbano se había destacado con su natal Güines, en la Liga Nacional Amateur, adscripta a la Unión Atlética de Amateurs de Cuba (UAAC), donde se instaló como tercer bate, alternando entre segunda y tercera base. En el juego decisivo del torneo de 1959, frente al Artemisa que resultaría campeón, Urbano fue el mejor a la ofensiva por los derrotados, anotándose la única carrera impulsada.
Compitió en la matancera Liga de Pedro Betancourt, en la Liga de Quivicán y La Salud, donde coincidió con Pedro Chávez, uno de sus mejores amigos en la vida y el terreno.

Según propia confesión en el citado libro de Leonardo Padura, p. 78: “Mi vida como pelotero empieza en el año 1956. Antes había jugado dos o tres años con la Conserva La Caridad, de Jaruco, pero ese año fui cargabates del equipo Unión de Catalina...” Allí, con mucho interés, aprendió a jugar la segunda almohadilla, al extremo de adueñarse de la posición, un año después.

Quiso abarcar el béisbol todo y un buen día se subió al box, donde en corto tiempo se lastimó el brazo. Prefería la tercera, porque se avenía mejor a su destreza. Es un hombre humilde, sencillo, que no ha olvidado los orígenes. Por eso también es un hombre sincero.
¿Quieres que te diga otro secreto?... Tuve la suerte de jugar siempre con excelentes torpederos, que cubrían su posición y la mitad de la mía. Eso me salvó como segunda base.

En la primera Serie Nacional, inaugurada en enero de 1962, Urbano apareció con el traje de Occidentales, a las órdenes de Fermín Guerra, otrora receptor profesional. Y se coronó campeón. A partir de ahí obtendría muchos títulos con los Azules del Industriales.

Amigo de un imprescindible, Manuel (El Cobrero) Alarcón, se constituyó en su verdugo, al extremo de preferirlo sobre el box, contra el 90% de los demás jugadores. Tan bien se llevaban, que Alarcón trató de jugarle una mala pasada con tragos de más y al otro día le conectó de 4-3.

Algunos exigentes lo quisieron jonronero e impulsor de carreras, por aquello de desempeñarse en la antesala. No era ese su fuerte, solo conectó 18 en el país y 2 en el exterior. Eso sí, de las 377 que impulsó intra y extrafronteras, una buena parte resultaron decisivas, porque tenía el don de traer al hombre en posición anotadora.

Se desenvolvió con la fuerza de un miura en el terreno y todo un caballero fuera del mismo. Conserva recuerdos imborrables, como sus batazos al Cobrero, a Modesto Verdura y aquella ocasión, en los Panamericanos de Brasil, donde respondió con un importante doble a petición de José Llanusa, entonces Presidente del Inder, en un partido decisivo. Sin embargo, tiene fijo en su memoria otra ocasión donde se entregó sin límites:

Estaba lesionado de la pierna derecha y en el banco mismo me quitaron el yeso para que bateara contra Alarcón. Mi función era poner la bola en juego, aunque yo fuera out. Pero resulta que di hit por encima de segunda y se me olvidó la pierna y salí corriendo para primera. Bueno, hubo que enyesarme otra vez y antes que terminara el juego tuve que salir al terreno a saludar al público.

Fue integrante de la Selección Nacional por primera ocasión en 1959, en los III Juegos Panamericanos de Chicago, donde pegó 4 hits en 11 turnos, en medio de un evento adverso para el equipo cubano. Asistió al Mundial de 1961 en Costa Rica, donde fue regular, pero no pudo destacarse, al promediar solo .250 (28-7).

Se coronó en cuatro Campeonatos Mundiales: Costa Rica 1961, Colombia 1970, Cuba 1971 y Nicaragua 1972. También estuvo en los Panamericanos de Sao Paulo 1963, donde nuestro país se tituló, y plata en los de Winnipeg 1967, así como oro de nuevo en Cali, Colombia 1971. Además, nos representó en los Juegos Deportivos Centroamericanos y del Caribe, en San Juan de Puerto Rico 1966, Panamá 1970 y República Dominicana 1974.

Los directores lo querían, por la entrega al terreno, la disciplina y su versatilidad. Comenzó como camarero, pero cuando apareció el legendario Félix Isasi, continuó en la alineación como antesalista. Es que Urbano está entre los mejores comodines después de 1962.
Era eficiente en ambas posiciones, no un extraclase, pero resolvía las situaciones. Además, su papel a la ofensiva fue determinante.

Urbano González Basanta constituye un icono, no solo del béisbol capitalino; de la patria toda. Su número 19 debía retirarse de los Azules.

Veamos algunos de sus números:

datos de urbano

Sobre el Autor

Juan A. Martínez de Osaba y Goenaga

Juan A. Martínez de Osaba y Goenaga

Escritor, promotor cultural, crítico, ensayista. Profesor Titular y Consultante Universitario de la Facultad de Cultura Física y Deportes Nancy Uranga Romagoza de Pinar del Río y una experiencia de 35 años en labores investigativas y pedagógicas en la Universidad del Deporte Cubano.

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  • Invitado - Dr. Reinaldo

    Para mi coterraneo Martínez Osaba.. Joe Sewell implantó uno de los record más dificil de superar en la gran carpa.
    Los 114 ponches tomados en 7132 veces al bate, de Joe Sewell, entre las temporadas de 1920 y 1933, para inigualable promedio de un café cada 62,56 visitas al plato. El torpedero de los Indios de Cleveland y los Yankees de Nueva York, tuvo su más prolífera campaña en este aspecto en 1932, cuando abanicó la brisa 3 veces en 503 oportunidades (en 1925 tuvo 4 en 608) y su mejor cadena fue en 1929, cuando se pasó 115 juegos consecutivos (con 437 veces al bate) sin irse por la vía de los strikes. Al final de su carrera se retiró con 312 de promedio ofensivo y 2226 imparables.
    El Comité de Veteranos hizo justicia al elevar al campocorto y tercera base Joe Sewell al Salón de la Fama, en 1977, el hombre con la tasa más baja de ponches recibidos en la historia de Grandes Ligas, con uno por cada 62.6 turnos al bate. Entre el 17 de mayo y el 19 de septiembre de 1929, estableció la marca de 115 partidos seguidos sin poncharse, con el equipo Indios de Cleveland. Sin duda, un dolor de cabeza para los lazadores.

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