Actualizado 21 / 01 / 2017

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Días de inocencia

silueta mujerMe tocó la infancia en las postrimerías de la época de las vacas gordas y el pedregoso inicio de las flacas, para usar términos ya conocidos en la historia cubana.

Un hada y una maga en el piso de abajo

Susana Rodriguez OrtegaSolía escapar a veces de las tediosas clases de violín y refugiarme en la biblioteca de mi antigua escuela de arte. Amaba aquel lugar con sus ventanas y puertas de cristal por donde se escurría el sol en las mañanas frías. Recuerdo como si fuera ayer los estantes bien dispuestos y a las dos bibliotecarias, una morena y pequeña, Amarilis, alta la otra, Luisa, de ojos tristes y expresión seria en el rostro.

Una pincelada, un sueño

celima bernalPadezco de un pinareñismo incurable. Amo el olor resinoso del aire, el color de la tierra, el calor de la gente. Guardo en mí, las aguas del Cuyaguateje, que corre lento, y ríe y se esconde, y salta repentinamente como un niño travieso. Añoro las lomas azules de lejanía, y las nubes algodonosas que transparentan los rayos de la luz.

Mis tres abuelas

Ana Maria SabatHoy voy a hablarles de mis tres abuelas. Sí, tres. Sé que las personas normalmente tienen dos, pero yo tuve tres, ¡y qué tres! Fueron geniales.

Pepa

Jesus Arencibia LorenzoMe lo dijo sin solemnidad, como deben darse las noticias solemnes. Desde este septiembre, cuando comenzara el hormigueo del curso en la escuelita primaria Mariana Grajales, del kilómetro 13, en la carretera a La Coloma, ya ella no estaría al mando.

Bistec de contrabando

Delia Rosa ProenzaColocados, como al descuido, sobre la fuente de esmalte blanco y bordes azules con algunas abolladuras en sus extremos, los "bisteces" lucían tentadores. Mi madre me había acostumbrado a probarlos mientras los adobaba con limón, sal, comino y ajo, luego de machacarlos en aquel trozo de madera ruda.

Mangos

Jesus Arencibia LorenzoMi madre, una de esas sobreprotectoras madrazas cubanas, que todavía me encarga acordonarme bien los zapatos y mirar a los lados al cruzar la calle, no dudó mucho aquel día —supongo que de 1993—, para mandarme, con mis escasos 11 años, a una misión de «alto riesgo». Debía recorrer en mi pequeña bicicleta 20, con medio saco de mangos amarrados en la parrilla, 13 kilómetros de carretera hasta el Puerto de La Coloma; una vez allí, buscar a una amiga de ella, cuyo padre «conseguía» aceite en un centro gastronómico estatal y proponerle un trueque por los mangos.

Red 2.0

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