Actualizado 24 / 05 / 2017

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Qué dos historiadores nos perdimos

Así dirán los lectores de hoy, cuando conozcan el suceso que voy a relatar. Fue allá, en Matahambre, cuando corría apresurada la década del '60 –del siglo XX– y a alguien se le ocurrió en un noticiero ICAIC nombrar Ciudad dormida a nuestro pueblo.

Pero no era tan así, había deseos de sobresalir, de investigar y de sacar al terruño de sus limitadas historias sobre Barbera; Lito, el vendedor de varas de horqueta; las peleas de gallos; los aparecidos fantasmas –que no sé por qué ya no vuelven–, aunque dicen los malintencionados que en eso tuvo que ver la sensible disminución de las estadísticas de adulterio.

En ese tránsito del letargo a la modernidad, germinó la idea de la Comisión de Historia Local de nombrar a dos muchachones para debutar como infatigables historiadores. En verdad, lo fatigoso era trasladarse hacia el campo –como quien iba para Río del Medio– en aquella rara guagua que le decían “de Manolo”, con mito de chofer, y que pasado poco tiempo fueron sustituidas por otras no menos raras, guarandingas... que se cogían, mejor dicho, se montaban, por detrás.

El objetivo era preciso: entrevistar a un veterano de los que supuestamente había combatido en las campañas maceístas vueltabajeras y no había por qué dudar. El hogar era humilde, los taburetes escaseaban, el café ni se mencionó a pesar de que era brindis infaltable en la época, y el piso de la casa estaba alfombrado con el mismo material de los caminos, una arcilla roja, que de mojarse se convertía en pista de patinaje.

La plática era agradable, de un lado los entrevistadores con sus modestas libreticas y sus afilados lápices amarillos Mirado 2HB. Del otro el entrevistado, que en juventud debe de haber sido largo y fuerte como un máuser, pero de viejo ya solo quedaba la alargada figura, una piel oscura como sombra, carente de cabello y con el rostro adornado solo por un ojo.

¿Y usted conoció al General Maceo? Era la pregunta obligada... pero con la rapidez del rayo el combatiente fustigó: “¡Mentiras, todos los veteranos dicen que pelearon con el General, pero seguro que ni se le acercaron... aquella escolta no creía en nadie. Yo una vez lo vi bien lejos, era un mulato fuerte, bajito y una cabeza asííí...”, y con su brazos traza imaginario una gran pelota.

Todo el interés de los historiadores debutantes era saber sobre la pérdida del ojo: imaginaban encarnizadas cargas al machete, aguerridos infantes arremetiendo contra el cuadro de fusilería español, como sucede en esas cosas heroicas, pero nada; cada vez que relataba una batalla, se reiteraba la pregunta ¿Y fue ahí donde lo hirieron? Pero todo se saldaba con un ¡No!

Los combates en Pinar del Río fueron muchos y en la medida que se acababan los relatos aumentaba la decepción, al parecer no tenían al héroe buscado, y eso se afianzó cuando cansado de tanta indagación aseguró: “A mí nunca me hirieron en la guerra”.

Realmente estaban en un error, aun así la entrevista no perdía su encanto, el héroe estaba allí, enfrente, recordando cómo, cuando joven, con su piel negra, sin instrucción, se decidió a combatir al dominio español, a aquellos blanquitos que venían de tan lejos y le hablaban con la zeta, sin esperar ninguna recompensa que no fuera la libertad de su Patria.

No todo estaba perdido. El viejo, después de aderezar las curiosidades de su vida con datos generales, esbozó una sonrisa pícara, clavó su mirada de Polifemo en las libreticas a punto de hacer mutis y sentenció:
“¡Ah!... Ustedes querían saber cómo perdí el ojo... No, no fue en la guerra, ese me lo sacó una... allá en La Habana, muchos años después de la victoria!”.

Así marcharon los frustrados historiadores, probablemente fue una pérdida para las letras. A uno –Juany– posteriormente también se le tronchó el camino al ser quizás un buen optometrista, pero decidió ser profesor; y el otro no quiso seguir vendiendo ron en cabarés, aunque no pudieran dedicarse a la historia general.

Por eso Juan Antonio Martínez de Osaba tuvo que conformarse –hasta el día de hoy– con escribir magníficos libros sobre destacados deportistas y otras cosas grandes de la vida; y el otro, Ramón Brizuela Roque, devino periodista, que no es un arte menor. Algo sí queda claro: nunca fueron capaces de publicar aquel testimonio del tuerto mambí.

Sobre el Autor

Ramón Brizuela Roque

Ramón Brizuela Roque

Licenciado en Periodismo Universidad de La Habana 1977. Premio Provincial por la Obra de la vida, 2013.Fue redactor reportero en Juventud Rebelde y Trabajadores; colaborador asiduo en Radio Guamá y TelePinar.

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  • Invitado - Vladia Rubio

    Brizue: Delicioso tu texto. Qué bien está esta sección¡ Va y un día me embullo y les mando una crónica de mis recuerdos pinareños. Abrazotes guerrilleros a todos mis amigos de siempre.

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