Actualizado 16 / 08 / 2017

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Puntadas de la memoria

Justa tiene 84 años, y aunque le falla la vista y le tiemblan a veces las manos está haciendo una muñeca de trapo para su nieta. De cada retazo salen recuerdos, esos que por la noche todavía la desvelan.

Sus canas son más locuaces que las palabras, por eso no habla mucho, pero tras cada puntada renacen los juegos de cuando era una niña, y rememora aquella etapa donde tener un juguete era solo un sueño. Entonces la mirada de la abuela atraviesa horizontes y la voz parece un susurro.

Según cuenta, cuando tenía ocho años, no era muy alta pero sí robusta, y con unos ojitos centelleantes ante lo desconocido.

El camino hasta la escuela era muy largo y a cada rato se detenía para desprender las piedras que se clavaban en sus pies, pero si veía venir a las hijas del dueño de la finca en el carro de caballos, se erguía como una palma.

Por nada del mundo aceptaba humillaciones, por eso, una mañana, la risita de Luisa terminó en una mueca, cuando tras recibir un puñetazo cayó en un charco del camino. La causa: el blúmer de tela que le había hecho su mamá se le zafó, y al caer, solo se detuvo en sus rodillas, ante la mirada burlesca de las demás niñas.

Los momentos más tristes eran cuando no podía reprimir los deseos de cargar la muñeca de Julia –que era grande y con pelos de verdad– y un día, decidida puso su mejor sonrisa y le dijo: “Mira, si me dejas dormirla, te regalo un cartucho lleno de marañones grandotes”, y con el corazón palpitante escuchó la tajante respuesta: “A mí no me gusta eso, además me la vas a ensuciar”.

Año tras año soportó los desaires de aquellas bitongas, y aunque aprendió a mirarlas con indiferencia, nunca olvidó aquel incidente o la ironía cuando, en la merienda, sacaba dos boniatos asados en el horno del vecino y ellas comenzaban a reírse.

Más de una vez acompañó a su padrastro para ayudarle a ordeñar las vacas, pero como sus manos aún eran pequeñas para esa tarea, decidió fregar las cantinas de aluminio en las que se transportaba la leche.

Había que dar mucho brillo para juntar un peso, pero cuando lo lograba, corría hasta donde estaba la maestra, que venía todos los días de Pinar del Río, y al entregarle su “tesoro” le decía: “Por favor, cómpreme en el pueblo una telita bonita, o lo que usted pueda”.

Fue memorable cuando reunió dos pesos, la maestra le trajo un par de zapatos, y ella los encontró tan lindos, que cuando daba un paseíto les limpiaba la suela y los volvía a guardar en la caja.

Por todas estas razones, cuando Justa tuvo una hija, siempre le compraba una muñeca el Día de los Reyes, aunque a su retoño no le interesara, y las guardaba en un nailon. No importaba, ellas estaban ahí, con sus pelos rojos, rubios o cenizos, como memorias de un tiempo que ya pasó.

Años después, aunque su nieta tenía muchos juguetes decidió enseñarla a hacer muñecas de trapo. De esa forma, historias como la suya no quedaban en el olvido.

Sobre el Autor

María Isabel Perdigón Gutiérrez

María Isabel Perdigón Gutiérrez

Licenciada en Español y Literatura.

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