Actualizado 24 / 06 / 2017

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Mangos

Mi madre, una de esas sobreprotectoras madrazas cubanas, que todavía me encarga acordonarme bien los zapatos y mirar a los lados al cruzar la calle, no dudó mucho aquel día —supongo que de 1993—, para mandarme, con mis escasos 11 años, a una misión de «alto riesgo». Debía recorrer en mi pequeña bicicleta 20, con medio saco de mangos amarrados en la parrilla, 13 kilómetros de carretera hasta el Puerto de La Coloma; una vez allí, buscar a una amiga de ella, cuyo padre «conseguía» aceite en un centro gastronómico estatal y proponerle un trueque por los mangos.

Con inocente entusiasmo infantil amarré bien el saco y emprendí viaje. Mi amigo Albertico, que estaba jugando en la casa, agarró también su bicicleta y me acompañó en la aventura. En efecto, hallé a la amiga, estaba el gastronómico, tenía el aceite y se efectuó el canje, al más puro estilo comunidad primitiva. Llegué a la casa orondo, triunfador. Y ese día no comimos el arroz seco.

Solo al pasar de los años he reparado en dos penas no advertidas por mí en aquella historia. Una, la angustia inenarrable que ha de haber padecido mi mamá durante todo el tiempo que duró «la misión»; y dos, que Albertico me acompañó alegremente durante los 13 kilómetros de ida y los 13 de vuelta, y después se fue a su casa, con las manos vacías. Tal vez su mamá no tenía ni mangos ni aceite que darle esa noche.

Escenas como esta guardo muchas, como sé las guardan millones de cubanos, porque el «dolor infinito», que podría ser único nombre de aquella etapa, parafraseando al Maestro, aún no se ha borrado, y no debe, no puede ser subsumido con simpleza bajo el eufemístico nombre de Periodo Especial.

Por cierto, nuestra política ha tenido una capacidad retórica envidiable para el eufemismo: A la dolarización que en un momento sufrió la economía, se le endilgó el título de «doble circulación monetaria»; el desempleado es tan solo «disponible»; los productos que se venden sin cuotas fijas, pero con precios a veces prohibitivos se nombran «liberados» (parece que los otros son prisioneros); los cuarticos de tabla y cualquier plancha de cartón o zinc en el techo, construidos para las familias víctimas de derrumbes tras el paso de un ciclón se denominan «facilidades temporales», cuando en realidad nada hay de fácil ni de temporal en ellos...

Así, el periodo especialmente crítico de la década los 90, de cuyo fin nadie ha dado cuenta, al menos en nota oficial, es una herida tan grande en los cuerpos y las memorias, que todo lo que se narre sobre él ha de parecer insuficiente.

Por eso me complació tanto tutorar en el curso recién concluido una tesis brillante que rescata, a través de relatos, crónicas y entrevistas, el rostro de espanto de aquella década horrorosa. «Naufragios de fin de siglo», la tituló con acierto, mi ex alumno y amigo René Camilo García Rivera.

De la casita de tabla y cartón en que creció mi familia en la carretera a La Coloma, casi no queda nada. Las dos matas de manga blanca que eran el orgullo de nuestro patio, ya son apenas troncos medio secos con algunos gajos porfiando hacia la luz.

Pero las cicatrices están ahí. De vez en cuando brotan en la memoria y las lágrimas de mi madre. Tal vez tratando de olvidar aquellos días en que se acostó sin comer, llorando no por su propia hambre, sino por no saber qué encontraría para que mi hermano y yo almorzáramos al día siguiente.

Sobre el Autor

Jesús Arencibia Lorenzo

Jesús Arencibia Lorenzo

Licenciado en Periodismo en la Universidad de La Habana, Cuba

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