Actualizado 27 / 03 / 2017

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Pepa

Me lo dijo sin solemnidad, como deben darse las noticias solemnes. Desde este septiembre, cuando comenzara el hormigueo del curso en la escuelita primaria Mariana Grajales, del kilómetro 13, en la carretera a La Coloma, ya ella no estaría al mando.

Aunque recuerdo su nombre, María Josefa Godoy, bordado en el bolsillo de la impecable bata blanca, todos –padres y alumnos– la conocíamos por Pepa. Rostro largo, nariz pronunciada, ojos radiantes, pelo negro y no muy copioso. Pepa, cuya sola mención se traducía en respeto durante los casi 30 años que dirigió el pequeño laboratorio de futuro.

Comenzaba la tortuosa década del '90 del pasado siglo, y en la escuelita, como en toda Cuba, se hacían malabares para sobrevivir. Los materiales de enseñanza aparecían casi de rareza, como los "alumbrones" de luz eléctrica. Ni soñar con pelotas nuevas para Educación Física, ni plastilina y crayolas para el prescolar.

Pepa racionaba con austeridad lo poco que llegaba de la provincia. Instaba a maestros y pupilos a cuidar al máximo y velaba por la disciplina y el compañerismo, para que el hueco de las carencias no terminara tragándose los sentimientos.

La "Mariana Grajales" tenía solo seis locales: tres aulas para alternar los grados, en sesiones matutinas y

vespertinas, el aulita del prescolar, un pequeño almacén y la oficina de la directora, un cuarto de madera pintado de verde, cercano a la edificación principal.

Mientras a los que solo alzaban cinco años del suelo, Dora los encantaba descubriendo los colores, los números iniciales y muchos juegos. a solo una pared de por medio, Cary y Nancy enderezaban las caligrafías y agilizaban las tablas de multiplicar y dividir.

En el segundo grado, Elena, quien llegaba puntual en su bicicleta, imponía el rigor del año lectivo, "porque ya ustedes no son niñitos de primero". Un poco más allá, Sonia, con aquella voz ronca y generosa, hacía disfrutables las tareas y lecturas del curso intermedio.

Casi recién salida del Pedagógico, Margarita, quien usaba una regla plástica contra las nalgas de algunos rebeldes, pero terminaba sumándose, con entusiasmo y bondad, a cada ejercicio que se proponía aquel año decisivo, el cuarto, en el que cambiábamos la pañoleta azul por la roja y comenzábamos a ser pioneros moncadistas, a la par que se avanzaba al segundo ciclo de la educación primaria.

En el quinto aguardaba Honoria, adusta, delgada, con espejuelos gruesos y timbre agudo, quien nos hacía sentir ya mayorcitos, "que para juegos están los años anteriores". Ella y el bromista Andrés, profesor de sexto, que también llegaba desde muy lejos cada mañana sobre un par de ruedas chinas, custodiaban el método y los resultados, casi a las puertas de la secundaria básica.

Marlén, que no recuerdo tuviera local fijo, ejercía como bibliotecaria. Su tono grave era una fiesta cuando nos desgranaba mágicas historias, como aquellas rusas del libro Basilisa la hermosa.

Pepa ponía el ojo en todo. Dirimía cualquier duda o discusión y siempre hacía fluir su autoridad sin estridencias. El terror para nosotros eran las alertas al estilo: "Ahí viene la directora" o "esto lo resolveremos en la oficina de Pepa". La vergüenza entonces sacaba el rojo al semblante y, muchas veces, las lágrimas.

Para ella estaban reservados los turnos de Historia de Cuba, en el último curso, como si se supiera que lo más sagrado, el tesoro a llevar en cada mochila cuando saliéramos hacia la próxima enseñanza, debía revelarlo la jefa.

Ah, maestros primarios, cuánto entregan y qué poco reciben de nuestra gratitud de adultos, por estar allá lejos, en la bruma de la infancia.

Quizá por eso, la nostalgia me asaltó de golpe cuando supe, en voz de ella misma, que Pepa ya no dirigiría más mi escuelita. Pero rápido, como ante la duda de cualquier alumno, sonrió y me dijo: –De todas formas, allí hace falta ahora una bibliotecaria. Así que seguro me contrato de nuevo.

Sobre el Autor

Jesús Arencibia Lorenzo

Jesús Arencibia Lorenzo

Licenciado en Periodismo en la Universidad de La Habana, Cuba

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