Actualizado 17 / 12 / 2017

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Petición de mano

Durante la Campaña Nacional de Alfabetización, en la que tuve el privilegio de participar, me hermané con los campesinos, supe de sus sufrimientos y anhelos, participé en el laboreo de la tierra y de ellos disfruté de una tradición cultural que se construye diariamente.

Me contaron entonces que allá en Las Palizadas, perteneciente al pinareño municipio San Luis, un campesino nombrado Eduardo, propietario de una pequeña extensión de tierra que hacía producir solo, pues no tenía hijos varones, era padre de dos hermosas jóvenes, que celosamente cuidaba.

Las visitas a su casa eran pocas, y mucho menos si se trataba de hombres. Y cuando esto sucedía, la conversación entre el visitante y Eduardo transcurría en la puerta de la cerca que con cuatro pelos de alambre rodeaba su finca o en el techado de pencas de guano y sin paredes que había construido en la parte posterior de su casa. Por supuesto que en esas ocasiones, la esposa e hijas permanecían ocultas en la casa, tal era la paterna costumbre impuesta.

Todo hacía pensar que en esas circunstancias nadie se atrevería a cortejar a alguna de las hijas de Eduardo, pero la lógica más formal puede ser transgredida por el poder del amor.

Era Israel joven trabajador, honrado, conocido por todos los pobladores del barrio, quien estaba resuelto a convertir en su esposa a una de aquellas bellas muchachas. ¿Cómo se conocieron, en qué momento se enamoraron? Es y seguirá siendo un secreto.

Lo cierto es que decidido Israel a formalizar aquel noviazgo y contando con las credenciales que lo avalaban, se presentó un día ante Eduardo, quien, contrariado por haber tenido que detener sus habituales faenas en el campo, atendió al joven, según el protocolo, primero en la cerca, y, ante la insistencia de que algo muy serio y responsable tenía que decirle, pasaron al fondo de la casa.

Bajo el techo de guano Eduardo le ofreció al visitante un taburete para que se sentara, mientras él permanecía de pie.

A pesar de la fresca brisa mañanera de un día cualquiera de diciembre, Israel sudaba copiosamente, y estrujaba sus manos una contra otra. El impaciente y celoso padre miró hacia la casa para cerciorarse de que las mujeres no se encontraban a la vista del joven, y dispuesto a terminar rápidamente la conversación le dijo:

–¿Qué le trae por aquí, Israel?

–Bueno, Eduardo, yo quiero pedirle algo muy serio y respetuosamente.

Eduardo se quitó el sombrero y pasó la mano muy lentamente por su cabeza, tratando de calmar un poco las ideas que se atropellaban en ella. Finalmente le dijo a Israel:

–Me parece que esta conversación reclama que acabe usted de decirme, sin más rodeos, lo que quiere decir, pues tengo poco tiempo y mucho trabajo.

Era claro el ultimátum, había que ir rápidamente al grano, pero Israel, temeroso no sabía cómo empezar, lo que sí sabía cómo podía terminar...

–Israel, lo conminó nuevamente Eduardo, no tengo todo el día para esto.

–Perdone Eduardo, ya decidido Israel a hablar, el asunto que me trae a su casa es que yo... Yo quiero pedirle la mano...

Ni la embestida de un toro hubiera tensado tanto los músculos del embravecido Eduardo. Frente a la palidez de Israel, resaltaba aún más la enrojecida cara del padre, quien, interrumpiendo bruscamente al joven, indagó:

–¿De qué mano me está hablando usted, Israel?

Para Israel en ese momento el cielo y la tierra se unieron y solo atinó a responder temblorosamente:

–Espérese, por lo que más usted quiera, Eduardo, si yo lo único que quería pedirle era la mano... la mano... de plátanos que tiene usted colgada en el bohío.

–Mire Israel, gruñó Eduardo, yo le voy a dar a usted mano de plátanos... Piérdase de todo esto. ¡Mira que venir a molestarme para eso!

Según contaban, el frustrado novio salió rápidamente de los límites de la finca, apremiado por el ladrido de los feroces perros de Eduardo. Y se dice que no hubo quien le hablara nunca más de plátanos a Israel.
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Sobre el Autor

Leopoldo Montano Cortina

Leopoldo Montano Cortina

Profesor de la escuela militar Camilo Cienfuegos

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  • Invitado - ana

    Qué bueno el trabajo , me gustó mucho, felicitaciones al autor.

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