Actualizado 23 / 07 / 2017

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Un lugar que robó corazones

Mentiría si dijera que fue una visita común, como a cualquier otro centro significativo de algún sitio de Cuba en el que la historia es la protagonista y revela los sucesos del pasado envueltos en leyendas, libros y conocimientos.

Nunca imaginé caminar por los alrededores del Presidio Modelo en la Isla de la Juventud, ni entrar a las antiguas celdas de la Circular 4 y reparar con la mirada cómo eran años atrás.

Integré un grupo de más de 20 colegas, guerrilleros, blogueros, periodistas y amigos de todo el archipiélago. Con solo mirarnos percibí las emociones que cada uno experimentó durante el recorrido por el inmueble, a la par de la explicación que nos brindó la historiadora del hoy museo.

Según lo proyectado públicamente, el Presidio Modelo tendría desde su fundación la misión de reeducar a los hombres que allí fueran confinados, para reincorporarlos a la sociedad. La realidad fue otra: un centro de exterminio.

Primero entré a la sala de ingreso del hospital, donde cumplieron sanción los asaltantes al cuartel Moncada desde el 13 de octubre de 1953 hasta el 15 de mayo de 1955, Fidel Castro Ruz entre ellos.

El blanco predomina en ese lugar, mucha claridad y sensación de paz, pero el silencio rompe con ello. ¿Qué es el silencio?, ¿con qué puedo compararlo? En ese local está carente la definición, cuando de tanta mudez solo un zumbido se torna persistente.

Al final del pabellón y en una pequeña plataforma de mármol, Juan Almeida Bosque divisó una vez a Fulgencio Batista, quien visitó el recinto el 12 de febrero de 1954. Junto a sus camaradas entonó el Himno del 26 de Julio, hecho que provocó posteriormente el aislamiento de algunos moncadistas hacia celdas de castigos, la tortura a otros y la ubicación de Fidel en otra parte del hospital.

Las miradas entristecidas de los colegas se intensificaron en los rostros. La risa que existió durante las excursiones por otros sitios de la Isla de la Juventud desapareció, y caminé, quién sabe, por donde caminaron los presos políticos y los moncadistas del pasado siglo.

Traté de llevarme un recuerdo, capturar la imagen perfecta, la que pudiera abarcar toda el área, mas era imposible; en una foto no cabía el cúmulo de anécdotas y hechos de ese, siempre, escalofriante lugar.

Llegué a la Circular 4. Desde las afueras es como un gran tanque de agua, pero con pequeñas ventanas por su alrededor, que parecen estar dibujadas. Un estruendo. Miré adentro, no había nadie, pero era como si los más de 500 espíritus de los presos dieran con fuerzas en las rejas que los reducían a sus estrechas celdas, para desahogarse con cualquiera de nosotros.

Allí estuvieron confinados, entre tantos, Jesús Montané Oropesa, José Ramón (El Gallego) Fernández y, en los convulsos años '30, Raúl Roa y Pablo de la Torriente Brau, quien escribió La isla de los 500 asesinatos, serie de 13 artículos que publicó en el periódico Ahora y que le sirvió de base para su monumental libro Presidio Modelo.

Curiosa entré a una de las celdas, apenas escuché el murmullo de mis compañeros. De nuevo el silencio se apoderó y me sentí con falta de aire y el cuerpo apretado. Rápido imaginé a quienes pudieron ocupar la número ocho del primer piso, llorando, hambrientos, maltratados, resignados y sin una pincelada de alegría en sus rostros.

El reloj marcó las 5:25 de la tarde cuando me dirigí al lugar que llamaron el comedor de los 3 000 silencios. Años atrás el horario destinado para la comida general habría culminado hacía media hora.

Los reos estarían pendientes a la llamada para la retreta a las 5:30 p.m., más adelante, a la de la Academia, en su tercer turno a partir de las 7:00 p.m. (Existían otros horarios para dicha actividad y era distinta a la fundada por Fidel). Hasta las nueve de la noche, en que las almas quedarían calladas o dormidas.

Una brisa de libertad chocó con mi cuerpo al final del recorrido. Ocurrió al llegar a la escalinata por donde bajaron Fidel y sus compañeros tras la excarcelación.

Sin embargo, los escalones de la Circular desgastados por las pisadas, la torre del vigía apenas en pie, el techo destruido por el paso de los ciclones y los diversos mensajes en las paredes siguen aferrados en mi mente, y duelen, siempre duelen, como la injusticia.

“Los hombres devinieron monstruos, y algunos pocos, héroes, y centenares fueron redimidos por el martirio...”.

Sobre el Autor

Magda Iris Chirolde López

Magda Iris Chirolde López

Licenciada en Periodismo en la Universidad Hermanos Saíz de Pinar del Río, Cuba.

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