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Chichí, Malú y el destierro de la homofobia

Seguramente a él le habría gustado llevar otro nombre y no Mariano, como solía llamarlo su madre. Popular en el barrio de mi abuela por llevar chores cortos y estrechos, pulóveres anchos, chancletas metededos, cejas pintadas y un pelo desteñido a base de agua oxigenada, Chichí, como le conocíamos, fue el primer transexual con el que tuve contacto en mi vida.

Casi niñas todavía mis hermanas y yo, muy joven él, solíamos sentarnos en el portal de Aya a cantar las canciones de los Fórmula V y él en el quicio de su casa en la acera de enfrente.

Con las piernas cruzadas, el rostro apoyado sobre una mano y la mirada azul perdida en la distancia, lucía meditabundo. “Balbina, yo quisiera ir a Dinamarca para que me operaran y me volvieran mujer”, le dijo un día a mi abuela, quien ni corta ni perezosa le ofreció solución: “Para eso no tienes que ir tan lejos, Chichí. Tráeme cuchillo y tijeras, que yo misma te corto el racimo y te hago la rajeta”.

De risa fácil y trato cordial, pero de un humor negro que le venía de familia, Aya llegó a decirle cierta vez, ante la confesión de Chichí de que a veces tenía ganas de morirse, que eso resultaba muy fácil. “Déjame buscar una soga buena y te la doy pa’ que te ahorques”, le espetó y soltó la carcajada. “Ay, Balbina, usted tiene cada cosas”, sonrió con timidez él, que la veía como una válvula de escape.

Pena la de Aya, llanto callado el suyo y cese de sus bromas cuando se supo que Chichí no aguantó las incomprensiones hogareñas y tras una paliza de su hermano por andar presumiendo de lo que no era se prendió candela. Chichí murió y en el barrio quedó la anécdota de Idelisa, su madre, reprochándole siempre que salía de la cocina con la boca embarrada de borra de café: “Pero, Mariano, ¿volviste a chupar el colador, Mariano?”.

Era como si todos quisieran olvidar la ignominia verdadera a la que fue sometido el primer homosexual que en Guisa había sido objeto no solo de discriminación, sino incluso de detención, un cautiverio que para él había devenido gloria. Según le había contado a mi abuela, allí logró consumar los deseos contenidos de relacionarse con gente como él.

Chichí me viene a la mente siempre que veo a Malú en las cercanías del parque Serafín Sánchez. Vestida de largo o con traje corto y medias negras, con uñas de acrílico, extensiones en el pelo y unos tacones casi siempre altos, Malú es la imagen de lo que le habría gustado ser al vecino de mi abuela.

Aquel, de seguro, llevaría un nombre femenino y con mucho estilo. De imaginarlo así, andando sin que nadie se metiera con él, con las ropas que le viniesen en ganas y sin disimular el amaneramiento me siento un poco más feliz. Pero no sobrevivió para ver las transformaciones que en aquellos tiempos nadie podía imaginar. Lo mató su familia, la homofobia, el esquematismo, la doble moral y el desamor. Lo mató la Cuba intolerante que fue mi país alguna vez y que ojalá no vuelva a ser.

No sin cierta sorpresa he visto en estos días imágenes extrañas, por nuevas para muchos de nosotros. Nadie debería juzgar, ni mucho menos odiar a un gay o a un transexual por el mero hecho de serlo. El alma está primero y la de Chichí era noble y clara. Si me faltasen argumentos para defender a gente así, él sería la excusa. Que hubiese podido operarse y casarse quizás, o andar por ahí, exhibiendo sus ropas y su cuerpo sin que lo persiguieran o le echaran en cara la aberración que jamás tuvo. Eso habríamos querido los chicos del barrio de mi abuela y un poco más allá en el pueblo.

Siempre que veo a Malú —antes no comprendía porqué— procuro que se sienta a gusto si le tengo cerca y puedo entablar diálogo con ella mientras tomamos un café a un costado del bulevar. El rumbo de lo que llaman lucha contra la homofobia en Cuba está por verse. Yo preferiría hablar de destierro, de uno que no tenga destino, más bien de exterminio.

Quisiera no saber, por ejemplo, que la mujer “comecandela” de la esquina, ahora mantenida por el hijo residente “afuera”, no alcanzó a rociarlo con alcohol en su infancia y prenderle fuego porque la abuela se lo quitó de alante. Debido a la orientación sexual “equivocada” lo echó de la casa y ahora recibe de él, aunque procura que no los vean juntos en el barrio.

Chichí y Malú son dos modelos discordantes en el mundo heterosexual donde he vivido. Hay muchos más, pero me son menos cercanos. Ojalá a todos y a los por venir les toque en suerte un destino mejor que el de la burla, el suicidio y, en el peor de los casos —como sucede ya en tantas partes del convulso planeta que habitamos— el homicidio por bárbaros que se las dan de “súper elegidos”.

Sobre el Autor

Delia Rosa Proenza

Delia Rosa Proenza

Periodista del semanario Escambray de la provincia de Sancti Spiritus

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