Actualizado 20 / 09 / 2017

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El “sobremuriente”

¿Qué ves viejo? –dijo el niño–. Y la pregunta cayó en los oídos del abuelo como un porrazo.
Pero el viejo no respondió. Estaba en la acera, bajo uno de los balcones grisáceos del inmueble. Y miraba la hilera de columnas carcomidas del zaguán y las losas vencidas por las grietas y las hierbas invasoras de los muros. El lugar, en la calle principal de la ciudad, le parecía solitario.

Era jueves. El anciano no visitaba Pinar del Río por primera vez, había nacido a unas cuadras de allí en una casona colonial con techo de tejas.

Llevaba un pantalón oscuro, una camisa con un bolsillo atiborrado de papeles, un reloj de pulsera fabricado en la otrora Unión Soviética, un bigote de jubilado y canas ondulantes en el cabello.

Esa mañana se detuvo en el sitio más significativo del territorio después del Palacio de Guash o Museo de Ciencias Naturales, por el que había pasado miles de veces en las últimas siete décadas.

La edificación mantenía sus rasgos esenciales desde noviembre de 1904 como propiedad de Gustavo García Artidiello. Quizás el negocio que más tiempo dispuso de la planta baja fue la tienda de tejidos y calzado La Glorieta Cubana; pero otros cuatro establecimientos de ese tipo compartirían el espacio; además de seis comercios menores de café, tabacos, billetes, joyería y oficinas de telegrafía, transporte, asuntos jurídicos e imprenta. El piso superior lo compondrían el restaurante y el hotel.

Ya a partir de 1932 el pueblo pinareño lo conoció como el Hotel Comercio y más tarde primero fue El Rápido y por último FrutiCuba... y el local actual del Museo de Arte de Pinar del Río también resultó el sitio de la primera galería o sala expositora de pintura en la ciudad.

Estaba allí el viejo y, por unos instantes creyó, como el sol cuando es secuestrado por las sombras, que presenciaba la demolición del edificio.

Con su nieto todavía colgado del brazo derecho, observaba los huecos sin ventanas y puertas, las escaleras sin pasamanos y los restos del techo, las paredes y el salón principal.

Él no reconoció las imágenes de siempre en la calle principal de su ciudad, porque le parecieron anacrónicas con ruido de los transeúntes y sonido metálico que marcaba el ritmo de los trabajos constructivos en otras áreas cercanas al lugar.

-¿Abuelo? –murmuró el niño.– ¿Qué te pasa? El viejo no podía afirmarlo con certeza.

-Es que no lo creo –comentó el anciano meditabundo.

-¿Y por qué? –volvió a interrogar el niño ya a mediados de cuadra.

-Qué sé yo. El problema es que no puede ser –dijo el abuelo con aflicción antes de continuar el trayecto por la acera izquierda de la avenida José Martí.

Sobre el Autor

Elizabet Colombé Frías

Elizabet Colombé Frías

Licenciada en Periodismo en la Universidad de Pinar del Río, Hermanos Saíz Montes de Oca.

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  • Invitado - Maribel Medina Malagón

    Te vi crecer desde pequeña a nuestro lado en la Universidad al lado de tu mamá Mericela, ahora tú nos haces crecer como personas cuando escribesy leemos esos escritos , felicidades y gracias por tus articulos, ya no vivo en pinar, pero esa es mi tierra, y tus articulos los leo con mucho placer , pinar esta lleno de muchos jóvenes talentosos. Maribel

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