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El “más fuerte” vs. El Moro Tuffi

Cuando en 1997 fue necesario cerrar las minas de Matahambre, brotaron lágrimas de aquellos que se ganaban la vida rompiendo la tierra por dentro. Conozco mineros que trabajaron más de 40 años debajo del hueco, a casi un kilómetro de profundidad.

No fue fácil. significaba no oír más el pito que sonaba religiosamente cada ocho horas en el capitalismo y cada seis en la Revolución, para dar a conocer los cambios de turnos. La vida se subordinaba al dichoso mineral. Quien trabaja a la sombra, con luz de linterna en la cabeza, no debe hacerlo al sol.

El descubrimiento de la mina fue casual en 1910. El campesino Victoriano Miranda halló piedras diferentes a las demás, de colores no vistos por él. Después de varias gestiones, gente del negocio logró adueñarse del hallazgo y el guajiro quedó con algunos billetes en los bolsillos. En 1913 comenzaron a explotarla para sacar buenos dividendos. Los estadounidenses la arrendaron.

Curiosidad arquitectónica. Los españoles en cada villa construían la iglesia, después el parque colindante. Iglesia, parque y estadio, están en todos los pueblos cubanos. Los estadounidenses, como no son católicos ni se paseaban por los parques populares, lo primero que construyeron fue el estadio, pues son peloteros.

Un acontecimiento de especial connotación constituyó la inauguración del estadio de Minas de Matahambre, el 11 de noviembre de 1922, con la venia de Dudley Homer, presidente de la American Metal Company en aquel yacimiento, quien lanzó la primera bola. Se enfrentaron Mineros y La Superficie.

Apuestas legales a la orden del día. Tengo ante mí un hombre alto, de bigote, con billetes de 100 pesos apostando a Las Minas. Ron Bacardí, cervezas Cristal, Hatuey, Polar, lechón asado... hacían del estadio de los años '50 –para los que podían pagar la entrada–, una delicia. No pocas trifulcas se derivaron de la mezcla de alcohol con billetes gordos.

Cuando el minero golpeaba con mandarria de 25 libras la piedra grande para hacerla llegar a su destino, hacía una de las preparaciones físicas naturales más fuertes. El bate bailaba en sus rudas manos.

En el estadio de puertas abiertas no solo se jugó pelota. En las noches se hacía el amor, se retaban los guapos y hasta alguno prefirió el suicidio. Cuanto circo se perdía, incluyendo el famoso Montalvo, iba a parar allí. En palcos, la gente de “bien”. Nosotros, que no éramos malos tampoco, preferíamos “la guanajera”, donde gritábamos y hacíamos maldades.

El Moro Tuffi, un increíble forzudo que explotaba las latas de leche condensada entre sus manos y sin ayuda subía los carros llenos de mineral a los raíles, puso en ridículo al autotitulado “hombre más fuerte del mundo", quien fue a bailar a casa del trompo.

Después de alzar una roca gigante, retó al público, que coreó a viva voz: "Tuffi, Tuffi, Tuffi...". Serio, de pocas palabras, bajó al ruedo.
El gigantón sonrió. Entonces, en un santiamén, El Moro levantó la pesada piedra con una sola mano. Ovación que no se hizo esperar, seguida de un abucheo al "hombre más fuerte del mundo". Dicen que lo despidieron.

El dueño del circo quiso contratar a Tuffi, pero ni siquiera nuestro hombre se tomó en serio la oferta, regresó al palco con indiferencia. En la mente, mi ídolo Cantinflas en El Circo.

Sobre el Autor

Juan A. Martínez de Osaba y Goenaga

Juan A. Martínez de Osaba y Goenaga

Escritor, promotor cultural, crítico, ensayista. Profesor Titular y Consultante Universitario de la Facultad de Cultura Física y Deportes Nancy Uranga Romagoza de Pinar del Río y una experiencia de 35 años en labores investigativas y pedagógicas en la Universidad del Deporte Cubano.

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