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Bistec de contrabando

Colocados, como al descuido, sobre la fuente de esmalte blanco y bordes azules con algunas abolladuras en sus extremos, los "bisteces" lucían tentadores. Mi madre me había acostumbrado a probarlos mientras los adobaba con limón, sal, comino y ajo, luego de machacarlos en aquel trozo de madera ruda.

Tanto me habitué a la rutina, que probar carne cruda formaba ya parte del preámbulo a la comida o el almuerzo. No cualquier carne, claro, sino la carne que sazonaban las manos mágicas de Mami, la misma que venía a la casilla dos veces por semana: una, de primera; otra, de segunda. Su arte y mi paladar medio salvaje hacían un dúo perfecto en la cocina vieja, sin agua corriente ni vitrina vistosa; la misma donde mi padre, en el costado opuesto, tenía las jaulas con aquellos gallos que indefectiblemente alimentaba con cereales, rociaba con agua salida de su boca y corría por el vallín del patio vecino. Nosotros no teníamos patio, ni baño interior, ni cuartos o camas suficientes, pero éramos felices.

Los conté con estupor. Aquel día, por alguna razón, no había asistido al momento del ritual. Pero lo más extraño no era mi ausencia, sino el bistec de más. Calculé, como siempre que se trataba de alimentos contables: Papi, Mami, Niurka, Martín, Nancy y yo. De seis no pasábamos. ¿Se planificaría la visita de alguien? No me lo parecía, porque Bienvenido Peña, vecino del barrio y amigo que ocupaba el taburete frente a Papi, junto a la puerta que daba al rancho de Efraín Sol, venía casi diariamente y jamás se quedaba a almorzar.

Sin pensarlo dos veces, tomé el bistec y me fui al cuarto chiquito, pegado a la cocina. Sentada sobre la cama de dos capacidades donde dormíamos tres, me comí la pieza enterita, con una satisfacción nunca sentida. No se darían cuenta; total, nadie se quedaría sin comer.

¿Alguien sabe qué se hizo el bistec que falta en la fuente?, se escuchó, en tono serio, la voz de Mami. Silencio. Pero, claro está, la interrogante tenía una sola destinataria. Interpelada más por la mirada que por el verbo, respondí: Debió ser el gato de Efraín, que siempre anda por ahí velando la carne. Mi madre no mostró asombro. Tampoco dijo nada al instante. Pero, conocedora de mi naturaleza, encontró la estrategia en cuestión de segundos. No le importaba el bistec en sí, porque había preparado uno de más, dijo, para un alivio que duró menos de un minuto. Y de súbito lanzó el cubo de agua fría que me helaría el estómago y hasta el alma: el problema es que esa carne tiene un ingrediente especial; quien se la coma cruda va a tener fiebre y eso sí me preocupa. La alarma en su voz y aquella seriedad desconcertante me aterraron.

Mis pasos breves empezaron a recorrer la casa. Saleta, sala, portal, cocina, saleta, cuarto, sala, portal. Si algo tenía claro era lo molesto que resultaban las "pelas" de mi madre, propinadas a mano limpia. Con las mismas manos con que encantaba en la mesa podía castigar en cualquier parte de la casa, la vieja casa de un adobe antiquísimo que permitía calar en la paja, la arena y los cujes.

De vuelta a la cocina, Mami tuvo lo que aguardaba. No debería asustarse si me daba fiebre, le comenté con un rostro seguramente transformado. A los siete años no se sabe mentir. Pero nada de carne con producto extraño alguno, Mami, que mi malestar es ajeno a eso: es que me está cayendo catarro.

Recuerdo el tino con que mi madre escuchó la confesión y su ulterior sonrisa bonachona. Resuena aún en mis oídos la carcajada estridente de Papi, la risa persistente de Bienvenido, que a partir de entonces siempre que me veía en Guisa me repetía el estribillo que inventé aquel día para justificar mi pecado. No lo sabía entonces, pero lo entendería después: lectora voraz, como era, Doña Ena Gloria había apelado a la moraleja del cuento de Antón Chéjov en el que la carne era un cerezo y el producto químico, un hueso que jamás existió.

La anécdota se me cuela cada vez que preparo "bisteces" a mis hijas, ya, por supuesto, sin la frecuencia semanal de mis años de infante. Aunque nos sigue faltando la vitrina, ahora tenemos agua corriente, baño interior y patio. La salida de la cocina no da al rancho de Efraín Sol ni está el taburete de mi padre, ni los gallos entrenan en un vallín allá atrás, ni están siquiera sus jaulas para dejar entrever los muslos colorados, las espuelas afiladas o la cresta húmeda. Tampoco hay huecos en las paredes frágiles ni está el grueso trozo de madera sobre el que machacábamos, con una piedra, lascas de carne que llegué a adorar más crudas que fritas con cebolla. Pero están los recuerdos. Y cuando me dispongo a dejar reposar la masa aderezada veo el rostro pícaro de Mami como diciendo: te estoy velando, aunque si pruebas no me disgusto.

Jamás supe si planeó mi banquete o simplemente se descuidó aquel día, pero sí estoy segura de que le satisfizo la mentira. Ella, yo y todos estábamos conscientes: su sabiduría me había salvado de una paliza.

Sobre el Autor

Delia Rosa Proenza

Delia Rosa Proenza

Periodista del semanario Escambray de la provincia de Sancti Spiritus

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