Actualizado 23 / 10 / 2018

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Locuras

Decía Suzanne que Erik era hermoso. Quiero decir, hermoso, interesante. Con todo y sus manías, sus premuras. Hermoso y gris. Erik Satie, francés, pianista, inmenso, guardaba en su pequeño cuarto de Arcueil cientos de paraguas. Coleccionaba pañuelos, desdichas. Y, con todo y que contaba Suzanne Valadon que no era buen pianista, con todo y que en el siglo XIX, mientras vivió, fue poco aquilatado, hoy le consideran genio, precursor de la música moderna, creador de la pieza más extensa jamás escrita. Y cuenta Erik de Suzanne que llevaba consigo un mazo grande de zanahorias, que caminaba bajo las farolas de Montmartre harta de ajenjo, hasta semidesnuda; amando a cuanto varón solicitara sus servicios sexuales. Suzanne, loca. Madre de Maurice Utrillo (otro talento), alguna vez le señaló hacia un hombre que pasaba a lo lejos y se lo presentó como su padre. Luego, Maurice jamás lo volvió a ver. Suzanne Valadon, pintora hoy acérrima, con una corta e invaluable obra, es considerada una de las más grandes figuras del arte. De ellos dos me sirvo, y pudiera servirme de otros tantos, para justificar a quienes hablan consigo mismos; o a mi amigo Raúl que muerde los libros que no le enganchan y los lanza a la pared; o a otro que sostiene que el uno, indefectiblemente, es un número de color azul. De ellos me sirvo para alertar también de locos falsos, de aquellos que se fuerzan “diferentes” como símbolo absurdo de una protesta; y hablan en voz baja, con superioridad, con ojos tristes, de cosas inservibles, filosóficas. De Erik y de Suzanne me sirvo para exaltar a los locos cuyas locuras, al final, son útiles. A Newton, Einstein, Jelinek, Roberto Arlt. A Sócrates, Róterdam, Nietzsche, Schopenhauer. A Virgilio Piñera, o a Lezama. O a todo el que ha pensado, en medio del caos, que debe hacer algo en pos de la armonía. O, en todo caso, en pos de sí mismo. Y luego lo ha hecho. De ahí Sandino, Allende. De ahí todos. Todos llamados locos, inso-ciables, para luego ser ellos los insomnes cuyos nombres figuran en la historia. Y hay otros locos. Los contemporáneos. Los nuestros. Cuánta gente no recuerda al Caballero de París, aquel hombre desgarbado.
Cuántos, mientras trajinaba, hambriento, por la ciudad, o dormía en portales, no lo hicieron objeto de vejámenes. Y cuántos de ellos no se han fotografiado, hoy, halándole las barbas a su figura en bronce... Un buen amigo me enseñó con el tiempo que a esos locos hay que hacerles un espacio, por lo menos, para escucharles. Detrás de ellos, de casi todos, hay historias hermosas. Historias bélicas, trágicas y simples. Manolito, ese ser pintoresco que desanda las calles del Vedado habanero, que corre tras los autos y que ladra cuando uno se lo cruza, era un hombre de ciencias. Un hombre culto. Aunque se dice de él lo que se dice de otros que hoy van descalzos, o en harapos, hablando solos, predicando a Cristo: que están chiflados, que son parte seria de aquello que denigra a la sociedad. Y hay quienes les insultan, les escupen –he visto– y quien de ellos se aprovecha para chotear, para lanzarles burlas. Y hay quienes solamente les ignoran. En mi barrio hay uno. También en el tuyo. Caminan, piden agua, pan, dinero, hurgan en los latones de basura, o cargan al hombro sacos llenos de latas viejas para vender. Otros llevan un perro. Y hay otros que conservan sus paranoias dentro, muy consigo, y son personas socialmente estables. Y tristes. Gentes que, de cualquier modo, no merecen la ofensa ni el escarnio; siquiera el hecho mismo de ignorarles. Gentes a las que una palabra amable, un gesto, hacen tanto o más bien que una terapia, que un tratamiento médico. Y es nuestro el deber de solazarles; de ver en ellos nuestros miedos, el espejo hundido de nuestras demencias (ocultas casi siempre). Hans Asperger, psiquiatra cuyo nombre lleva un popular síndrome de autismo, dijo en algún momento que, al parecer, se requiere un chorrito de autismo para el éxito en la ciencia o en el arte. Yo digo que se requiere de un chorro de locura cualquiera, diagnosticada o no, reconocida o no. O que, simplemente, a esas personas que, por causa alguna, no están dentro del canon de lo que solemos llamar normal, les debemos, al menos, el respeto; el amor al prójimo que predicaba aquel hombre humilde que, crucificado, fue visto como un loco, también.

Sobre el Autor

Sabrina López

Sabrina López

Estudiante de Periodismo de la universidad de La Habana. 

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