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Entrevista no concedida

Temprano en la mañana llegamos al “Augusto César Sandino”, de Santa Clara, y, como siempre, los reporteros le cayeron atrás a Urquiola, a Negrete, a Emilio Salgado, a la dirección del equipo, y a otros. No concedí entrevistas ni me las pidieron. Nos fuimos a la cama después de pasar por el comedor para una merienda “reforzada”. Como en el “San Luis”, los albergues estaban en los laterales de la planta baja.

El agua del baño bien fría, como para tomársela. Volvimos a la litera de la última vez, al lado de la puerta. El fraterno Gustavo González debajo, yo en la parte de arriba por mi malquerida y permanente alergia. Había poco espacio entre una y otra, los armarios no eran buenos, pero descansamos como si estuviéramos en el hotel Riviera.

Al día siguiente, casi a la salida del sol, se apareció un hombrecillo de espejuelos gruesos, jabao y de abundantes pecas, con una pequeña grabadora en la mano. Vestía un saco fuera de moda y corbata de la década del ´30 del siglo XX. Abrió la puerta y chocó conmigo:

–Buenos días, soy periodista de la radio, quisiera entrevistar al mánager.

Lo miré receloso, no eran frecuentes las entrevistas a esa hora, cuando se supone que los jugadores entrenan o descansan, casi me despertó.

–¿De dónde dijo que era?

–De la radio provincial. Es que estoy haciendo un trabajo con los directores.

Llamé a Gustavo, despierto con la conversación, quien ni corto ni perezoso, intuyó la excelente ocasión. Salió en busca de Pedro Pablo Barbosa, delegado del equipo, a quien decíamos Político, un jodedor hasta la médula; dejamos al periodista en sus manos.

–Usted dirá...

El joven repitió ritualmente la encomienda.

–Un momento, por favor, voy a solicitar audiencia al director, siéntese, póngase cómodo.

Indicó la cama de Gustavo, donde ni siquiera había sillas, ocupó el borde delantero. De más está decir que andábamos en paños menores y nuestro mánager, de fino humor y gran cultura beisbolera, acostumbraba a dormir en una litera delante de la nuestra, en la parte de abajo. Pedro Pablo fue hacia allí, levantó el mosquitero, estuvo unos segundos y regresó con su acostumbrada disposición y buen humor:

–Pase usted, el director lo recibirá. Si no le es molestia, suba el mosquitero, es muy friolento, lo hará informalmente.

La realidad era otra, el Gallego estaba tan dormido que se escuchaban sus ronquidos. No podía aquel infeliz imaginar lo que le venía encima. El Político se retiró hacia la parte de atrás del albergue y regó la bola. Poco a poco se acercó la gente: Lázaro, Urquiola, Miguel, Ichi, Berto, Nilo H, Arturo, Escudero, y otros tantos testigos. Gustavo y yo tuvimos que aguantar la risa. Sabíamos lo que le esperaba al ingenuo con cara de ángel.

En ese momento regresaban los lanzadores del martirio al que los sometía Pando, casi de madrugada, con entrenamientos duros de verdad. Desde mi estratégica ubicación, di la señal de silencio con el índice de la mano derecha en posición vertical, delante de la boca.

Todo sucedió en cuestión de segundos. El hombre, receloso, se dirigió a cumplir su misión. Llegó a la cama del mánager, miró a ambos lados y cayó en la trampa: ¡levantó el mosquitero! Difícilmente haya un artista capaz de lograr esa expresión, ni Marlon Brando en Un tranvía llamado deseo. Mucho más rápido lo devolvió a su posición. Serio como una tapia, se levantó bruscamente, miró a su alrededor, más de 15 lo observábamos, no emitió palabra ni gruñido alguno. Giró sobre sus talones y salió como alma que lleva el diablo del lugar al que nunca hubiera querido llegar.

Si vive aún y recuerda la anécdota, no ha de sentirse bien. Quizás, casi cuatro décadas después, sonría o logre una carcajada; eso sí, su versión no será esta. La vida demuestra que toman los matices de quien las cuenta. En mi caso, conservo la imparcialidad, por eso puedo ser más objetivo.

Lo que sucedió solo lo sabe él, porque el mánager, acostumbrado a dormir como Dios lo trajo al mundo, acariciaba un sueño erótico, de esos que no se desperdician y levantan hasta a un muerto. Horas después, el Político le contó con punto y coma. Él delineó una perfecta sonrisa: –¿Quién le manda a meter las narices donde no debe?

Sobre el Autor

Juan A. Martínez de Osaba y Goenaga

Juan A. Martínez de Osaba y Goenaga

Escritor, promotor cultural, crítico, ensayista. Profesor Titular y Consultante Universitario de la Facultad de Cultura Física y Deportes Nancy Uranga Romagoza de Pinar del Río y una experiencia de 35 años en labores investigativas y pedagógicas en la Universidad del Deporte Cubano.

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