Actualizado 16 / 11 / 2018

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Gases nobles en la “Engels”

Gases nobles. Así nos llamaron, con todo lo que de sorna tenía el epíteto. No porque fuéramos “inertes” o “raros”, como alguna vez han llamado a esos elementos químicos del grupo VIIIA, sino porque, ante otros que eran o creían ser más pícaros, “aguajosos” o rebeldes, los varones de mi brigada, la 13 de la Unidad 4, en el trienio 1997-2000, nos aplicábamos bastante al estudio, solíamos llevarnos muy bien entre nosotros y con el resto de la muchachada, y no andábamos inventando las mil maneras de zafar el cuerpo ante las tareas, así que de ahí a ser muy poco reactivos e incoloros, como el helio, neón, argón y compañía, seguramente va un largo trecho. El team estaba compuesto por Harold, consolareño espigado y diestro en las Matemáticas; Dámaso, alma atómica de Bahía Honda, obsesionado en construir una máquina de hidrógeno; Raisel, Yulién y José Enrique, trío de mantuanos, bailadores empedernidos, que irradiaban sencillez y bateaban lo mismo las ciencias que las letras con altísimos promedios; Isbel, de San Cristóbal, el ajedrecista más adelantado entre nosotros, y dos del municipio cabecera, pero que no por ello nos creíamos cosas: Amaury, espíritu científico en cuerpo flaco, encorvado y silencioso, y este escribidor, desde entonces el gordo del equipo, aficionado a las rimas y otras guanajerías. Cierro los ojos y me parece estarnos viendo conspirando con Tino (Cristino Cabrera), genial y disparatado “profe” de Química, guía además de la brigada, para inventar algo y no quedarnos detrás en el chequeo de emulación; o embelesados (a veces un poco dormidos, lo confieso), con la paciencia infinita de Guillermo Rabeiro para explicarnos las reglas físicas; o admirados ante Mirta Miranda –pomito de café, cigarrillo y vestido lleno de polvo de tiza–, aterrizándonos brillantemente la Biología. No se me olvida el inocente y resignado entusiasmo con que asumíamos la cuartelería y limpieza del albergue V4, ni los días de Trabajo Socialmente Útil (más conocido por TSU), puliendo las áreas verdes con Manolo y su esperpéntica chapeadora, o aprovechando la hora de servir en el comedor, y las posibilidades de renganche de otra bandeja o al menos varios huevos hervidos. (Discúlpeme, pero los gordos siempre recordamos pasajes alimentarios). Y hablando de comida, la que nos llegaba, sobre todo al núcleo Mantua-Pinar-San Cristóbal, que andábamos más ligados, la compartíamos como en una aldea socialista ideal: ya fueran los pozuelos de origen mantuano con arroz amarillo y masas de puerco camufladas; los panes y dulces que el hermano de Isbel diligentemente transportaba o los refuerzos de miércoles en la tarde que la familia de Amaury y la mía trasegaban a través de la vulnerada cerca perimetral y su hueco de salida hacia el tecnológico Primero de Mayo. Veitía, el profesor de Preparación Militar Inicial (PMI), nos incluyó en la compañía de ceremonias y eso, por suerte, siempre nos convalidó maniobras de exámenes. Reynaldo Meléndez, loco de los números, hombre y amigo, mientras otros profesores daban tres o cuatro guías de ejercicios a sus alumnos, entregaba 10 o 12 a nuestra brigada, con decenas de problemas cada una. Niurka adornaba con dulce voz las lecciones de Historia de Cuba y Abraham –que falleció absurdamente muy joven– ponía en las explicaciones de Marxismo la creatividad de los auténticos pedagogos. Jesús, mi tocayo, animaba con su bonhomía la Educación Física; y detrás de sus gafas negras uno no podía ni imaginar qué tramaba Raúl, el teacher, cómplice de aventuras y dueño de una magnífica ironía. Omega –que tomó el nombre de la discoteca de San Cristóbal–, pasaba cantando el brillador a los pasillos y La Tía regordeta que silbaba en la cocina, como una pícara abuela repartía cocotazos y nalgadas. Para los que entrenábamos en concursos, el caballero Aníbal, razonamientos biológicos desde la célula hasta la galaxia; Elizabeth, alma lírica del Español-Literatura, el dueto Raquel-Bartolo, estrategas de la Historia; Cardoso, telescópico con la Física, y Roberto del Sol, el filósofo, diseñaban adiestramientos de altos quilates; en tanto Hugo Torres, vicedirector docente, que podía aparecer como una sombra hasta debajo de una piedra, controlaba todo con rigor. En la Dirección General, Panchito, redondo y sonriente, daba lecciones de verdadero educador, que comenzaban con el saludo infaltable a cualquier alumno que se encontrara en cualquier sitio de la provincia. Él nos conocía por encima de la muchedumbre, aun sin uniforme, y nos distinguía con su afecto. Volviendo a la Unidad 4, la severidad de matrona recia y querible de Blanca Allende, secretaria docente; la disciplina del taimado y eficiente Pedrín, el vida-interna, y la batuta infalible de Alejandro Montano, marcial director, amén del pequeñín de producción, repitiéndonos en los matutinos que no teníamos cultura alimenticia por aborrecer el cerelac, daban colores singulares a la enseñanza.

Por supuesto, también había sinsabores, absurdos y “profes” ineficaces, pero ante tanta luz no es virtuoso recordar manchas.
A la larga, de los 16 integrales de nuestra graduación, tres correspondieron a mi grupo, específicamente a los Gases nobles, y cada uno, y a las niñas adorables que nos acompañaron –que merecen una crónica aparte– junto al resto de la hornada, casi todos igual de “conscientones” que nosotros, tomamos rumbos de crecimiento. Para eso nos formó la “Federico Engels”, que ahora cumple 40 años: para crecer. Dámaso ha impartido Bioquímica en la ELAM; Harold y Raisel ejercen la informática allende nuestro Isla. Amaury, Yulién, José Enrique e Isbel son diestros médicos, especialistas e internacionalistas, los tres primeros en hospitales pinareños y el último en San Antonio de los Baños. Y este servidor envuelto en libras quedó para hacer los cuentos. El IPVCE, entre amores y desamores, nos enseñó dos pequeños detalles: Amistad y Decoro.

Sobre el Autor

Jesús Arencibia Lorenzo

Jesús Arencibia Lorenzo

Licenciado en Periodismo en la Universidad de La Habana, Cuba

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