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El Cabo y Policarpo

El uniformado ofrecía un porte poco común, parecía no caber en la tela limpia y bien cortada. Le sobraron servidores, así como él sirvió sin medida a los superiores y gente con fortuna, pues supo ubicarse exactamente en la codificada sociedad. Alto, blanco, distinguido, de cara estrictamente rasurada y sin bigotes, entraba en la barbería de José Antonio, colgaba las polainas y echaba media mañana. Los demás a observarlo y a escuchar en silencio los cuentos de cuando se comió un chivo entero, había matado jutías de un disparo a más de 100 metros o anduvo en correrías con generales. Cuando desfilaba en su caballo árabe de siete cuartas, de la caballeriza del cuartel, parecía el mismísimo Dios bajado al terruño entre colinas. Riendas a la diestra, siniestra en la cintura; erguido e insolente, miraba por encima del hombro con el mundo a sus pies, porque se creyó sobre los mortales. En Minas de Matahambre se le veía aparecer a cualquier hora, en las aglomeraciones cotidianas como la valla de gallos, el estadio o los velorios. Su voz quebraba el espacio a pulmón lleno: “Vamos a ver, desalojen, cada cual para su casa, que es hora de dormir y prepararse para la pega de mañana”. Y se vaciaba el café-cine de Segundo, quien refunfuñaba para sus adentros, porque dejaba de ganarse algunos pesos en los juegos de billar, las cartas y el dominó, amén de aquellas películas silentes proyectadas con el aparato de darle vueltas a la manigueta. El día definitivo se levantó temprano, llamó a su fiel servidor, le echó un pedazo de tasajo de la noche anterior y bastante leche, bebió un par de sorbos de café y se dispuso a recorrer el pueblo. No ensilló la bestia, prefirió pasear con el obeso pastor alemán. Pasaba por delante de donde años después construirían la iglesia y el parque, cerca de los Pito Pérez, en plena Calle Real, cuando de 20 metros al frente llegó el seco tronazo. Los pocos mirones se parapetaron como pudieron tras los árboles y las casas, o se lanzaron al suelo por aquella escopeta que sonó cual cañón de 85 milímetros en la apacible mañana. Antes de perder el conocimiento clavó los ojos en el asesino y ordenó atacar, mas el animal incumplió la orden y se echó al lado del ensangrentado, como si no pudiera creer lo que veía, porque si algún perro pudo creer, ese fue el pastor alemán del Cabo. Cristianos al fin, corrieron al socorro del militar y en minutos la Compañía lo envió en el avión de Santa Lucía, pero el pesado cuerpo llegó sin vida a la capital provincial. Cuando las cosas suceden, ¡vaya usted a saber cómo fueron!, cada cual tiene su relato. En el andar de los tiempos, esta es la versión más o menos oficial: El negro Catalino Guzmán, campesino de los alrededores de Pons, contratado por capataces sedientos de venganza, habría disparado con perdigones al temido. La detonación le destrozó el abdomen y el presunto victimario se entregó. Algunos dicen que le echaron muchos años, pero la cosa seguía en el occiso, a quien no pocos habían sentenciado. En todo caso, el negro solo apretó el gatillo, aunque lo negó hasta el último suspiro, a pesar de la perenne frase en el cuartel, una vez liberado: “Yo soy Catalino Guzmán, el que mató al Cabo Gómez”. Desde fines de la década del '20, del siglo XX, no se sabe a cuántos puso el Cabo al lado de allá de la Loma del Viento, para expulsarlos cual embrujo de un western, hasta que se enfrentó a Goleta, el hermano de Barbera, un personaje pintoresco. Cuando fue a buscarlo, aquel pelotero que subía en segundos la loma del estadio para atrapar la bola, le dio un pescozón por el tronco de la oreja, que lo tiró a lo largo y ancho de su vasta anatomía. Se iban los años '30, época posmachadista, cuando no se sabía quién estaba en el poder, porque se acostaba un presidente y amanecía otro. Tiempos difíciles, como casi todos, donde la Guardia Rural “pasaba el cepillo” en las bodegas, los bares y cualquier tipo de comercios. Y la gente huía en todo el país, pues podía aparecer tirada por donde nadie camina. En el estadio, los fanáticos hacían de las suyas hasta que él aparecía. Según cuentan los antiguos, no fue un aficionado, prefería los gallos y las mujeres, con vasos de Cuba Libre, tampoco un desentendido de las bolas y los strikes. Siete décadas después se mezclan los cuentos y las anécdotas, pero cosas de la vida, lo que más trascendió fue aquel cruce de palabras, un par de años antes, con El Curro Policarpo. Huraño, semiviolento, de matices simples y bufones, fue víctima de ptosis palpebral, una dolencia que obliga a levantar bien la cabeza para ver lo que se tiene delante. Anduvo incómodo y acomplejado durante toda su existencia. Por eso respondió como lo hizo, de otra forma no hubiera sido él. En estadio repleto, con voz de trueno envuelta en humo de tabaco y sonrisa abierta, se oyó la sentencia: “Oye Policarpo, si te demoras un rato, hubieras nacido ciego”. Entonces, como caballo que pinchan con espuela de lujo, saltó El Curro: “Más valdría haber nacido ciego para no ver tantos hijos de puta”. El oficial levantó el machete y lo dejó caer en la espalda del infeliz, quien sintió el mundo encima. Según contaban los presentes, dijo la verdad más verdadera de cuantas se oyeron en el pueblo. De cierta manera, el negro Catalino vengó al Curro Policarpo.

Sobre el Autor

Juan A. Martínez de Osaba y Goenaga

Juan A. Martínez de Osaba y Goenaga

Escritor, promotor cultural, crítico, ensayista. Profesor Titular y Consultante Universitario de la Facultad de Cultura Física y Deportes Nancy Uranga Romagoza de Pinar del Río y una experiencia de 35 años en labores investigativas y pedagógicas en la Universidad del Deporte Cubano.

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