Actualizado 22 / 07 / 2018

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El entierro de mi abuelo

Tengo una frustración: no haber conocido al padre de mi padre. Ni en fotografías. Y su imagen en blanco intenta a veces ajustarse a mi figura cuando me copio ante un espejo. He querido parecerme a mi abuelo gallego.

El otro, el materno, nacido en las Islas Canarias, compensó la ausencia prematura de don Francisco. Oyéndolo adquirí –como algún famoso novelista con su abuela– el gusto por las narraciones heroicas. Yo era el auditorio frente al cual abuelo protagonizaba las rebeliones que nunca encabezó, las peleas que nunca ganó, las injusticias que nunca vengó. Ficciones de guajiro oprimido en todo menos en la imaginación. Antes que el radiorreceptor de pilas, él me contagió de mitos. Y cuando alcancé seis o siete años, los parientes se atormentaban al estimar que había yo nacido bobo, porque me sorprendían arrancándole al cuero del taburete el galope de caballo que abuelo me había introducido en la mente. Muchos años más tarde me avisaron con urgencia. Durante el viaje estuve pensando que los abuelos no debían morir. Generan el único cariño gratuito de la vida. Los padres aman insuperablemente, pero a cambio, en un trueque inconsciente, piden a sus hijos ser como los concibieron antes de asomar por la claraboya que el amor les abre. Los abuelos miman, aplauden, amparan, y como clientes distraídos de la bodega, se marchan sin esperar el vuelto de su moneda. Llegué al pueblo horas después de que el verde y el fulgor de abril se ahogaron en las cataratas del viejo. La familia estaba reunida como creyendo ver un sueño o una mentira en la cara irremediablemente seria del abuelo. Empezaron a mirarme con el azoro de ciertos animales ante un bulto desconocido. No querían aceptar que el tiempo me hubiese puesto otro sobre aquel que se fue en el tren una mañana polvorienta y deshabitada. El entierro partió enseguida. Los vecinos nos acompañaron sin importarles la harina rojiza que se les pegaba como nuevo betún a los zapatos. Había llovido. Y el cielo aún se tapaba con nubes gordas y grises. Me extrañó que nos detuviéramos a la puerta del cementerio. Vi a Tío Juan conversar apartadamente con un hombre alto, de pelo blanco y en sus gestos la solemne rigidez de una guayabera recién planchada. Trabajaba en la botica. Yo no lo conocía. Se había afincado en el pueblo pocos años antes. Y lo oí preguntar por el nombre completo y el lugar de nacimiento de abuelo. –¿Para qué?, pregunté, y supe que ese señor despediría el duelo y tan solo cobraría 10 pesos. No deseaba sobresalir en aquel trance por mi impertinencia, y prohibirles a los vivos guardar un retrato del difunto, trazado con palabras buenas. En la gente hubiera quedado una sensación de acto inacabado, ceremonia inconclusa –de muerte incompleta– que los habría agobiado mientras tuviesen memoria. Sin embargo, argumenté: “Pero no conoció a abuelo, qué podrá decir”. Pueden suponer que también me molestaba que las virtudes de abuelo se ponderaran con palabras pagadas como en un telegrama. Un tanto alebrestado cañoneé un “que se vaya”. La resistencia de Tío Juan se mostró cautelosa al preguntarme quién hablaría. Me trabé en un silencio cabizbajo. Era un problema. “Si no hablas tú, lo hago yo, decidí. Tío Juan volteó hacia los demás sus ojos, tan pequeños y tristes ahora. Pedía auxilio. Todos tiraron los suyos en los charcos amarillentos. Nadie habló. Solo se oía el carraspear de una tormenta por donde la chimenea lejana del ingenio soplaba figuritas negras sobre los cañaverales acostados por el viento. Se defendió todavía: “¿Qué vas a decir, muchacho?”. Y mientras me acercaba al último surco abierto por el viejo, creí que todos me preguntaban burlones y adoloridos a la vez: “¿Qué vas a decir, bobo?”. Yo tampoco lo sabía. Pero acabé de introducirme en aquel ruedo. Despacio, como si la voz me cojeara, enumeré los méritos de mi abuelo. Y cuando regresábamos sacándole quejidos huecos al barro, todos me daban la razón. No se podía decir más. Esa era su verdadera gloria: El trabajo, la honradez y el haber aprendido a leer a los 70. –Así hubiera hablado él, comenté. –¿Quién? ¿don José? –No, don Francisco... Y callé. No les dije que a ese abuelo siempre he querido parecerme, porque ha causado mi única frustración: no haberlo conocido.

Sobre el Autor

Luis Sexto

Luis Sexto

Licenciado de la Facultad de Comunicación Social de la Universidad de la Habana. Periodista cubano y Premio nacional de periodismo José Martí 2009, tiene una columna fija los viernes en el periódico Juventud Rebelde.

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