Actualizado 28 / 04 / 2018

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La foto del año

Cuando éramos niños, y a pesar de vivir en un lugar bastante alejado de la urbe capitalina, mi madre solía llevarnos los fines de semana a un parque que había cerca de la calle Prado, donde por solo 25 centavos la hora, podíamos alquilar bicicletas.

Allí aprendimos a manejar este “vehículo”, no sin antes darnos algunos porrazos durante el aprendizaje. Más allá de los golpes y de la futura utilidad de ese conocimiento, la experiencia era, en sí misma, muy divertida. Con apenas 11 años ya me había convertido en una hábil ciclista. No así mi hermana, que siempre tenía dificultades; según ella no podía evitar que la gente se le pusiera delante. Por su falta de técnica a veces tuvo que soportar los insultos de las señoras a las que arruinara las medias al embestirlas con el ciclo. Resultaba trágica esa situación para mi madre, que no sabía dónde meter la cara. Pero a pesar de todo, cuánto disfrutábamos de aquella aventura en mi Habana de ayer, tan acogedora y hermosa. Casi al oscurecer, ya de regreso, se nos hacía camino pasar muy cerca del Capitolio. Cómo me gustaba contemplar sus jardines y pasear la mirada recorriendo su figura majestuosa. Allí quedaba entonces como clavada en el piso, a tal punto que mi madre tenía que tirar fuerte de mi brazo para arrancarme del éxtasis. El Capitolio Nacional, famoso por su belleza arquitectónica, cuyas dimensiones no han sido superadas por ninguna otra edificación en la Isla, era como sello elegante y representativo de nuestra cubanía; además, un lugar objeto de curiosidad para cualquier visitante, sobre todo quienes proveníamos del campo. No había un solo provinciano que visitara la capital que escapara a la tentación de retratarse frente el grandioso edificio. Y no era que el deslumbrado en cuestión trajera consigo una Kodak colgando al hombro ni mucho menos. ¡Qué va! Fotógrafos sobraban en los alrededores. De cualquier calle de La Habana Vieja emergían estos artistas callejeros del lente que, agazapados tras una capucha oscura y desde el marco de aquel trípode traído a cuestas desde Mercaderes hasta Prado, te ofertaban en un santiamén, en espléndido color sepia, y por el “módico” precio de un peso: “¡La foto del año!” Con cuánto orgullo mostrábamos al regreso a los que quedaron allá en el campo, tan bello souvenir. Se morían todos de la envidia. Por tales características, que el cubano, tan ocurrente siempre, la bautizó como “la foto del guajiro”. En la actualidad, cuando después de recorrer con mis amigas el Centro Histórico, ya de regreso “tropezamos” con el Capitolio, algo inefable me encoje el corazón, y me convierto de nuevo en la niña aquella que aprendiera a montar bicicleta en un parque que ya no existe, como no existen tampoco aquellos artistas caminantes, salidos del vientre de la añeja Habana, que eran capaces de ofertarte, en un dos por tres, por el hoy irrisorio precio de un peso: “La foto del año”.

Sobre el Autor

Julia Hernández Santallana

Julia Hernández Santallana

Escritora residente en la ciudad de La Habana, Cuba.

Red 2.0

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