Actualizado 23 / 05 / 2017

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Una pincelada, un sueño

Padezco de un pinareñismo incurable. Amo el olor resinoso del aire, el color de la tierra, el calor de la gente. Guardo en mí, las aguas del Cuyaguateje, que corre lento, y ríe y se esconde, y salta repentinamente como un niño travieso. Añoro las lomas azules de lejanía, y las nubes algodonosas que transparentan los rayos de la luz.

Me despierta a veces todavía el tañido apagado, monótono de las campanas del convento cercano. Recuerdo con melancolía el primer beso, y el cementerio blanqueado de cal donde quedaron los viejos. Guardo muy dentro, la plata de la guardarraya – arpa viva del poeta –, las calles estrechas, retorcidas, el aroma del café recién colado, el pan de corteza crujiente. Adoro el verde agresivo que la distancia amansa: ese mar de hojas húmedas donde se pierde la mirada.

Llega a mí el rumor de las guitarras en la noche. Recorre mi pensamiento las aceras altas; siento la brisa adormecedora del mediodía. Paseo por el patio de ladrillos y toronjil, entre el vuelo auriplateado del tomeguín, y el sol quemante sobre los tejados. Miro el agua temblorosa en los aljibes a la luz incierta de cada amanecer.

Me regalo planes absurdos de retorno, y estoy otra vez junto a la fuente; detengo entre mis manos el chorro fresco que cae desde la rana de piedra. La sombra del mango me acaricia. Escucho claramente las voces de los presos, y la llamada a la requisa cada tarde en la antigua cárcel provincial, junto a la cual viví tantos años; camino sobre las hojas de los álamos. A veces oigo el canto de los canarios de la abuela, mientras veo caer los pétalos de la enredadera sobre el suelo humedecido por la lluvia.

Durante mucho tiempo, cada año me alejaba unos meses; pero entonces no importaba: las cosas estaban aguardándome cuando volvía; invariablemente redescubría la glorieta, los sillones del portal, el muro de lajas, el zaguán umbroso, el encaje de las rejas y el entoldamiento colorido de los vitrales. Ahora, nada me espera.

El destino o la casualidad me arrancaron a pedazos el ayer; me fui – no puedo decir lejos –; anduve solo unos pasos más acá, pero no ha habido regreso, ni lo habrá. Una no es dueña de nada, ni siquiera de sí.

Comencé a redactar unas cuartillas sobre ese rincón entrañable. De pronto me dije: No se echa de menos el escenario, se busca lo que fue. Rastreamos el pasado insensatamente, porque nadie se encuentra en el tiempo ido, ni queda detenido en aquel banco del parque, aguardando el milagro de un regreso. Una está aquí, con su piel reseca y su cabello gris, con las largas nostalgias prendidas a las manos cansadas.

Ese día, rompí cuanto había redactado.

Años después asistí un atardecer en La Habana Vieja, a una exposición de Águedo Alonso: Desde hacía mucho tiempo no me había sentido tan cerca de mis raíces. Su paisaje era mi paisaje; cada obra suya, una conjunción de realidad y ficción. No nos es dable adivinar dónde crece una palma, dónde nace un anhelo. No solo en los cuentos infantiles hay hechizos, ensalmos, conjuros.

Durante el viaje de regreso a casa, la conversación fue poco a poco acercándose a las infaltables anécdotas de la tierra. A través del prisma del amigo creador, la historia se envolvía en una poesía deliciosa. No lo dudé un segundo: En lugar de plasmar mis emociones, recrearía sus vivencias. Al llegar a mi habitación, comencé a rescatar del olvido las páginas que había escrito. No –me dije convencida-, no es cuestión de nadar corriente arriba para encontrarnos allí con las horas que fueron. Es robar trozos a la evocación y rescatar presencias; reunir instantes dispersos, salvar momentos que creíamos muertos.

He vuelto decenas de veces. Nada más llegar, descubro el amor en las miradas, percibo el calor de la sangre en cada abrazo; aspiro a bocanadas el aire aquel. Sé que si algo mío quedó allá, me llevé mucho más sembrado en los surcos del recuerdo. Y es eso lo que frutece a ratos a pesar de los años, a pesar de tanta ausencia; eso, lo que me impide alejarme de su entorno para siempre.

Sobre el Autor

Celima Bernal

Celima Bernal

Combatiente, escritora y periodista pinareña radicada en La Habana. Especialista en temas del idioma.

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