Actualizado 22 / 04 / 2018

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Una vida para querer y que me quieran

Por aquel año de 1964 entrar en la universidad para mí era más que un premio; me había criado en una familia muy humilde en la cual había que conformarse con “llegar” a lo que se pudiera. Llegué, con 17 años, el dos de diciembre de 1964 y tuve a Fidel de cerquita.

Qué distante y a la vez hermosa, me pareció la Cujae aquel día. Aquella Cujae estaba muy inconclusa, los árboles no eran frondosos como hoy, y nosotros, los nuevos, junto a los constructores y a los estudiantes de Arquitectura, éramos los únicos pobladores de la ciudad universitaria.

Éramos alegres, bullangueros, y montábamos una conga por todos los pasillos por cualquier motivo. Éramos los brigadistas Conrado Benítez que habíamos ido a alfabetizar en 1961 a los campos de Cuba, los que fuimos a la primera recogida de café en las montañas orientales, los que estudiamos ingeniería al llamado de la Revolución para fortalecer la profesión y como protagonistas activos: unos efervescentes revolucionarios. Tuvimos la suerte de contar en aquellos primeros años con los mejores profesores del mundo: los alumnos ayudantes de Matemática, de Física, de Química y de otras asignaturas, gracias a alguno de los cuales seleccionamos la carrera que finalmente estudiamos y fuimos nosotros mismos parte de aquellos alumnos que fueron los “maestros emergentes” de la época.

Una experiencia increíble la de ser maestros emergentes –alumnos ayudantes o al revés–. Todos los de esa etapa recordamos los trabajos voluntarios permanentes con nuestros estudiantes, en los cuales teníamos que comportarnos como mamá y papá, pero sin edad y ninguna experiencia para hacerlo; o los famosos “pastoreos” en los que teníamos que cuidar el estudio nocturno de nuestros alumnos.

Coseché dentro de aquellos estudiantes muy buenos amigos. Recuerdo el premio de los alumnos que sacaban todas las asignaturas en ordinario: ir a trabajar a la “Obra Cujae”, es decir, contribuir a terminar la Cujae, que todavía, después de tanto tiempo, está sin terminar.

En esa Cujae, a medio construir, me hice ingeniera. Esa Cujae que me vio crecer, fue testigo de mis embarazos, de mis penas por un esposo que cumplía misión internacionalista en Etiopía, de mis nerviosismos por los ejercicios para pasar de categoría docente, de mis responsabilidades en la UJC y en el Partido. Aquí he crecido como ser humano, aquí también se hicieron ingenieros mis dos hijos. Por estas y muchas otras razones tengo que agradecerles a muchos, por esta distinción que me han otorgado.

En primer lugar, a los que me propusieron para obtenerla y a todos los que han hecho posible que me la otorgaran. En esta larga vida en la Cujae he trabajado con tantos, incluso con los ministros y rectores que hoy nos acompañan y de los que he aprendido siempre.

A mis profesores, ejemplo vivo de lo que aspirábamos a ser. A mis compañeros de la Escuela de Ciencias Básicas, la familia cujaeña que más he querido y que se convirtieron en mis hermanos para toda la vida. Con ellos me hice Maestra.

Agradezco a todas las generaciones de dirigentes de la FEU y la UJC que han permitido que los acompañe en sus iniciativas y, por qué no, en sus locuras, ellos siempre me han dado fuerzas para seguir. Les doy gracias a todos aquellos que me permitieron dirigir el Partido, en los inicios del periodo especial, cuando la Cujae se preparaba para dar clases en túneles o mejor, donde se pudiera. Un especial agradecimiento a mis compañeras de la dirección del Partido, aunque no mencione sus nombres ellas saben que son ellas, quienes fueron mi brazo derecho, mi brazo izquierdo y el corazón que con infinita lealtad y compromiso me entregaron.

A mis compañeros de cada uno de los lugares donde he estado, todos han aportado algo de lo que soy hoy. Aunque tengo fama de malgeniosa, me encanta querer y que me quieran y eso a veces se torna complejo. A mi familia, a mis hermanos, dos de los cuales también son egresados de la esta ciudad universitaria. A mi madre, que con muy poca instrucción siempre tuvo clara la misión de que sus hijos estudiaran y lo logró. A mis hijos, ambos cujaeños como su madre, a mis nietos.

Agradecimiento especial merece Julián, que me acompaña desde los 16 años, mi novio del pre. Julián es aquel que se le ocurrió regresar de Etiopia, después de 26 meses y medio de separación, el sábado anterior al domingo en el que estaba programada la asamblea de la FEU de la Facultad en la que yo era secretaria general del Partido. ¡En que situación me colocó! ¿Me quedo con él y me justifico ante los muchachos o me voy para la asamblea y, como siempre, él me entenderá?

La familia nunca me perdonó, pero sé que Julián se sintió orgulloso cuando yo me fui para la asamblea y él gustosamente se quedó cuidando a los niños; ese es Julián al que hoy agradezco. Juntos hemos hecho infinidad de cosas, sin dudas en los últimos tiempos nos marcó la conducción de la batalla por la liberación de los Cinco en las universidades.

Un agradecimiento muy especial dirigido a mis alumnos de todas las épocas, algunos de los cuales están aquí, ellos siempre me han inspirado a superarme... Un pensamiento particular a los de hoy, que con mis 70 años me impulsan a subir, casi diariamente, los seis pisos del edificio dos que, curiosamente y aunque ustedes no lo crean, es el mismo lugar donde comencé hace 53 años mi vida estudiantil en la Cujae (solo que con elevador). Muchas gracias.

Sobre el Autor

Gilda Vega Cruz

Gilda Vega Cruz

El pasado dos de marzo les fue entregado –por primera vez a dos cubanas, las doctoras Lourdes Zuma-lacárregui de Cárdenas y Gilda Vega Cruz– el título de Doctor Honoris Causa de la Ciudad Universitaria José Antonio Echeverría (Cujae-ISPJAE). Este es el discurso de agradecimiento de la autora a nombre de ambas: crónica y testimonio conmovedor de una maestra revolucionaria.

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