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Un hada y una maga en el piso de abajo

Solía escapar a veces de las tediosas clases de violín y refugiarme en la biblioteca de mi antigua escuela de arte. Amaba aquel lugar con sus ventanas y puertas de cristal por donde se escurría el sol en las mañanas frías. Recuerdo como si fuera ayer los estantes bien dispuestos y a las dos bibliotecarias, una morena y pequeña, Amarilis, alta la otra, Luisa, de ojos tristes y expresión seria en el rostro.

Con Luisa nos reuníamos una vez por semana los niños de mi aula. Enseñaba a elaborar fichas bibliográficas y a buscar palabras difíciles en los diccionarios. Al final de las sesiones siempre nos regalaba una historia. Leía tan bien que los personajes saltaban vivos desde las páginas hasta la sala donde escuchábamos y se quedaban entre nosotros todo el tiempo del relato.

Me gustaba un volumen de cuentos folclóricos rusos. Tenía tapas duras de cartón forradas de tela verde e ilustraciones perfectas. Ese ejemplar trascendió en mi memoria gracias a sus dibujos. Como diría Alicia, la soñadora del país de las maravillas: “¿De qué sirve un libro sin figuras ni diálogos?”.

En cierta ocasión mamá compró la noveleta Un hada y una maga en el piso de abajo, de la autora holguinera Magaly Sánchez, sobre las peripecias de dos muchachitos que intercambian correspondencia, a través de un viejo papalote, con las señoras de la planta inferior: la cantante Tara y su hermana Doralina. Atados a la cola del papalote iban y venían poemas, caramelos, cartas.

Mi hermana y yo quisimos repetir la experiencia y nos lanzábamos esquelas de nuestra propia invención a través de una hendija que había en el techo de la casa, en el punto donde colindaban nuestra placa y la cubierta del vecino.

Una de las dos subía y lanzaba el papel, la otra aguardaba abajo. En el peor de los casos la misiva tomaba el rumbo no previsto y se deslizaba por la vivienda del viejo Tomás, que miraba curioso para arriba sin enterarse de nada.

El niño lector se identifica con los personajes y procura revivir sus aventuras en el juego.

Carlos Frabetti, escritor italiano, describe en su novela para todas las edades Calvina, una librería−farmacia donde se prescriben lecturas en vez de medicinas. He aquí una escena curiosa: Detrás del mostrador, la anciana a cargo de la botica, extiende un libro a un hombre pálido y le recomienda:

“Diez páginas por la mañana, otras diez al mediodía y veinte antes de dormir”

Ese libro antídoto, esa cápsula alienante nos devuelve a la realidad más sabios, estimula la imaginación y termina por curarnos el espíritu.

Si compartes la lectura con alguien más lo atraes a tu vida. Por eso es tan bueno narrar para los pequeños.

“El niño quiere oír los mismos cuentos una y otra vez para asegurarse de que su cabeza retiene y ordena los datos correctamente”, advierte Frabetti “además de disfrutar con la historia, le da seguridad comprobar que la recuerda y la comprende...Y a los adultos nos pasa algo parecido: leer un buen libro, nos ayuda a ordenar nuestras ideas y a comprender el mundo en el que vivimos”.

¡Cuánto debo a los libros de mi infancia! Respeto merecen los hombres que escriben para chicos. ¡Dichosos los que alcanzan a ver hadas y magas en el piso de abajo!

Sobre el Autor

Susana Rodríguez Ortega

Susana Rodríguez Ortega

Licenciada en Periodismo en la Universidad de Pinar del Río Hermanos Saíz Montes de Oca.

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  • Invitado - Luis Miguel

    Me encanta tu articulo,lo narras todo de una forma que me atrapa.Mucha suerte para ti y en tu trabajo,que se que la tendras,porque talento te sobra.

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  • Invitado - Greter

    Me gusta tu artículo a mi me encanta leer desde niña, yo vivía en el campo y cuando mis padres me traían a la ciudad de lo único que me antojaba era de entrar a la librería y se el paseo era al Paquito no podía dejar de entrar a la librería aunque no encontrara ningún libro, hoy tengo dos niños y no he perdido la costumbre de ir a la librería y realmente me siento vacía cuando no puedo regresar con un libro a la casa generalmente de literatura infantil, porque ya para mis lecturas no queda mucho tiempo, ya solo me va quedando para mi cuando llego el viernes hojear el guerrillero que encunentro en la puerta o las revistas Bohemía cunado me las trae el cartero, de todos modods disfruto con los libros para niños y se los leeo a mis pequeños y realmente puedo comprobar que les hace muy bien, ya mi niña de 6 años que está en primer grado conoce el alfabeto completo por su interés en saber lo que dicen los libros pues mamá y papá no pueden pasarse el día leyendo todo lo que ella quiere. Espero el árticulo sirva para motivar el interés por la lectura que un poco lo hemos ido perdiendo.

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