Actualizado 22 / 08 / 2018

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San Luis

Desde pequeño creí que mi municipio era uno de los más grandes de Pinar del Río. Viví orgulloso de esa verdad instalada en mi mente a pesar de la abrumadora evidencia que mostraba lo contrario cuando con solo 15 minutos recorría sus cuatro calles más largas.

Un día, para mi sorpresa, descubrí que San Luis estaba en la lista de los más pequeños, pero aquello no me frustró: obstinadamente pensé que la geografía mentía y que aunque el casco urbano fuera diminuto, las tierras que albergaban el mejor tabaco del mundo eran como un océano en la geografía pinareña.

En San Luis nací y crecí. Hace cuatro años solo voy de visita, pero mi pequeño pueblo sigue siendo enorme en historia para mí. A la señora Juana Romero debe el territorio parte de su urbanismo. Su Calle Real es su corazón. Pertenecí a una generación de jóvenes que sin alcohol ni cigarros, y con una encantadora profesora de Español y Literatura al frente, nos divertíamos cada día jugando dominó o bailando valses en los quince de cada muchacha del grupo; estudiábamos juntos porque queríamos ser médicos, abogados, artistas o periodistas. Había tiempo y deseos para todo. Y San Luis era el contexto ideal…
Recuerdo cuando llegó la televisión nacional para filmar unas aventuras y pusieron carteles de la cerveza Polar en el centro del pueblo, como en la década del `50; o cuando después de los más duros años del periodo especial arribó un inesperado visitante en un Lada o Moskvitch (no sabía diferenciarlos en ese entonces) con un proyector, lo último en tecnología, para dar vida al moribundo cine local con dos tandas diarias de las películas más famosas del momento.

Recuerdo también el evento cultural anual más sonado del municipio, cuando todavía ni se cantaba ni se bailaba en Cuba, que reunía en una noche a miles de sanluiseños: la selección de la Estrella y sus seis luceros, o sea, las siete muchachas más bellas del pueblo; y cada año iban artistas famosos como Haila (más joven y más sencilla) o Polo Montañez, recién salido de Las Terrazas.

Evoco asimismo una tarde, en medio de aquella cruenta crisis económica, cuando se cavaban túneles en varios puntos del pueblo (nunca supe con cuál propósito), que ante un leve temblor provocado por las excavadoras, uno de los obreros fue tragado por la tierra. La voz se corrió y la gente bajó en masa hasta el punto donde el hombre, a través de una manguera que agarró velozmente mientras se hundía, respiraba y se comunicaba con sus compañeros del exterior. Eran aproximadamente las tres de la tarde y cientos de sanluiseños rodearon el lugar.

Hasta allí llegaron los bomberos, los médicos y enfermeras de guardia, la única ambulancia de cuidados intensivos que había en la provincia y hasta los linieros de la Empresa Eléctrica para colocar grandes luminarias alrededor del foso, pues la noche caía y el hombre seguía dos o tres metros bajo tierra. Pero una multitud esperaba expectante que lo rescataran y hoy sé que muchos oraban a Dios rogando por su vida. Finalmente, sobre las 7:30 de la noche, salió a la superficie y fue ovacionado por la muchedumbre que gozó en verlo vivo cuando extendió sus dos brazos con los puños cerrados antes de desmayarse debido a la fatiga y la alegría.

No olvido cuando el cura alemán destinó presupuesto para remozar el templo católico que está en el centro del pueblo y sus colores azul, crema y rojo hicieron palidecer el parque de en frente, famoso por ser el centro de reunión de los pueblerinos, pero no por su busto de Martí de mármol de Carrara que a cierto dirigente se le ocurrió un día remozar con cemento y cal, algo que no concretó ante la personal y férrea resistencia de una admiradora local del Héroe de Dos Ríos.

En San Luis nació un coreógrafo del Ballet Nacional de Cuba, algún que otro galán de telenovelas de factura nacional y el único productor de tabaco cuyo apellido nombra una marca de habanos. Por allí pasó Maceo cuando la Invasión a Occidente y por sus calles aún caminan un artista de la plástica con nombre de rey y un escritor para niños, cuya sencillez al andar esconde la fama que ha alcanzado la belleza de su prosa y sus poemas.

Hoy ya solo voy de visita a mi terruño. Las cosas han cambiado: algunas para bien, otras… En San Luis hace tiempo no se eligen estrellas ni luceros; los túneles han quedado como peligrosos huecos negros olvidados en algunos puntos urbanos; una de las cuatro calles principales fue devorada por la hierba, las aguas albañales y el olvido, y las restantes tienen demasiados baches y polvo; las numerosas columnas de la Calle Real extrañan los colores de antaño. Muchos se han ido. A mí me queda la familia, algún que otro amigo y mis hermanos de la fe, pero aún en mi corazón laten los recuerdos de cuando ese pueblo era el más grande de Pinar del Río.

Sobre el Autor

Jorge Luis Salas Hernández

Jorge Luis Salas Hernández

Master en Comunicación Social.

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