Actualizado 24 / 11 / 2017

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Días de inocencia

Me tocó la infancia en las postrimerías de la época de las vacas gordas y el pedregoso inicio de las flacas, para usar términos ya conocidos en la historia cubana.

De la primera parte, vagamente recuerdo el yogur en vasitos blancos, espeso, rosado, con tapita color aluminio que se quedaba pegada en los bordes. Ese mismo color tenía el envoltorio del quesito crema, que servía para todo: la mermelada, el dulce de fruta casero y las galletas de soda de lata grande, esas que me gustaba apurruñar dentro del vaso de leche con chocolate caliente.

Casi todos los fines de semana, sobre todo los sábados por la tarde, el olor de la natilla de chocolate me distraía del juego en la terraza, y después, cazuela en mano, raspaba con una cuchara lo que mi mamá a propósito me dejaba, para matar el antojo.

Leía libros de aquellos que cuando abres se levanta un castillo o una montaña. Eran de un material brilloso y con olorcito.

No me gustaba la carne, a casi ningún niño le gusta. El bistec me lo picaban en pequeños pedacitos para que se ligara entre el arroz y me lo comiera mientras veía la Calabacita. Casi siempre lo dejaba, era muy inocente.

Me tocaron gratas sesiones de Bolek y Lolek, Deja que te coja y los Músicos de Bremen. Nunca me aburría. Vi por primera vez Los papaloteros, Los pequeños campeones, Lassie y Flipper. Y los volví a ver... y los vi de nuevo...

Empecé a crecer, aunque no de tamaño. Me cambiaron la pañoleta azul por la roja. Ya en quinto grado había ganado el onceno lugar en una competencia provincial de nado sincronizado en tierra (entiéndase representación de ejercicios básicos de flexibilidad frente a un jurado, ante imposibilidad de entrar al agua por no saber nadar aún). Era pionera exploradora y había ido a Ciego de Ávila en una “Girón”, 14 horas de viaje, a un evento nacional en el que ganó La Habana (como siempre pasa), pero me tiré en yaguas loma abajo hasta un río y conocí al adivino del pueblo.

Jugaba al “escondí´o, al “toca´o”, y a “tanto tanto como el 1”.

Dormía en una cama personal con mi hermano que, grande al fin, se encargaba de “meterme tremendos tupes” cada noche hasta quedarme rendida.

Tenía un aro, una batuta, palitos chinos, un tablero de parchís y un juego de yaquis con una pelota de goma, de las ricas que saltan cantidad.

Comenzó la etapa de las vacas flacas. Disfrutaba la parrilla de la “forever” morada de mi mamá cuando me recogía por las tardes en el seminternado.

Veía Voltus V, Espartaco y Ulises 31. Seguía dejando la mitad del bistec que ahora aparecía de cuando en vez, hecho pedacitos, en mi plato, mientras llegaba la Calabacita, que ya no era la misma, pero me gustaba igual.

La verdad, no me di cuenta de cuándo las gordas reses se volvieron anoréxicas.

Seguía sin comer carne, pero no sabía por qué, aún era inocente. No extrañé tanto el yogur, la natilla o el quesito crema. Hacía dulces de almendra y comía ciruelas.

Ignoraba que la mata de coco del patio servía para celebrar mis fiestas de cumpleaños. Solo recuerdo las largas hojas de plátano sobre la mesa y encima los coquitos que mi papá vendía. Para mí, por arte de magia, se convertían en cake, bocaditos y botellitas de refresco.

Era la época de las negras noches en el portal, abanicando mosquitos y altas temperaturas con láminas de cartón sujetadas con un palito que mi abuelo hacía para amainar la cólera de cada miembro de la familia. Aun así, a mí me tocaba divertirme con la oscuridad cazando cocuyos dándome palmaditas en la boca.

Sin protestar, y las veces que el horario de apagón permitía veía Shiralad y Blanco y Negro ¡No! en el mismo Krim 218 que me regalaba los muñequitos rusos.

No recuerdo cuándo abandoné el nado sincronizado (en tierra) ni dejé de ser pionera exploradora. Aún jugaba al “escondí´o”, al toca´o” y a “tanto tanto como el 1”.

No reparé demasiado las caras de mis padres cuando solo me podían preparar pan con aceite y sal para la merienda o freían el huevo con agua.

De pronto no vi más la “forever” morada y empecé a cogerle el gusto a mirar la hilera de palmas mientras caminaba casi dos kilómetros cada tarde hasta la casa. Hace pocos días me enteré, que gracias a su ausencia, comí arroz un buen tiempo.

La “mudanza” a la angustiosa década del ´90, aunque aparentemente inadvertida a los ojos ingenuos de la niñez, marcó a generaciones completas con el amargo sabor que hoy casi no deja mirar atrás.

Así, al crecer, supe que mis padres fueron verdaderos héroes, de esos que callan sus sacrificios y omiten sus hazañas, las que no cabrían en un libro de aquellos que levantaban castillos y montañas y que nunca más volví a hojear.
Eran días de inocencia.

Sobre el Autor

Dainarys Campo Montesino

Dainarys Campo Montesino

Licenciada en Estudios Socioculturales. Ha trabajado como traductora de la versión en inglés del Periódico Guerrillero.

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  • Invitado - Ramon Illa Argudin

    Creo que esta muy interesante este escrito.

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  • Invitado - Anabel

    Emotivo artículo, lo viví siendo madre y recien graduada de médico, pero lo siento igual, tdos debemos leer esta interesante crónica

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  • Invitado - Anabel

    Verdaderos héroes fueron los padres de aquella etapa como lo fue todo el pueblo cubano que resistió dignamente esa embestida del imperio ante la caída del campo socialista, hoy somos un mejor pueblo, que se mantuvo al lado de su Revolución apostando por nuestro sistema social que no deja a nadie desamparado, donde no se viven los horrores del capitalismo neoliberal, debemos defenderlo y seguir contruyendo un país que es ejemplo ante el mundo.

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  • Invitado - verde

    excelente descripción de esa etapa.............aunque era muy pequeño cuando aquello.

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  • Invitado - yanara

    Hola....considero que este articulo me resulta interesante, ya q yo naci en esa epoca ( los 90), no me acuerdo de las cosas buenas que habian, porque precisamente naci en ese año...Pero es bueno destacar q existan periodistas q aborden estos temas de algun modo...asi que Felicidades Daynaris, espero poder leer otros articulos tuyos.

    Saludos, Yanara.

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