Actualizado 22 / 08 / 2018

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Tierra sagrada

Un fragmento de tierra de Santiago pertenece, singularmente, a toda Cuba. Lo llaman cementerio, yo prefiero nombrarlo panteón. En Santa Ifigenia yacen los restos de personalidades insignes de nuestra nación. Caminando entre epitafios revolotean leyendas y proezas que convierten a la muerte en inmortalidad.

A solo pasos de su entrada reposan las cenizas del eterno Comandante en Jefe. No podía ser diferente su sitio de descanso perenne. Una gran roca protege el alma de nuestro pueblo, resistente, imponente, humilde y, como siempre demostró, en primera fila.

Me debía el encuentro. La vida y mi edad no permitieron que me tocaran sus manos, que lo vieran mis ojos o que escuchara sus palabras, aunque siempre lo quise hacer.

Unos pocos segundos de complicidad fueron suficientes. Después seguí el sendero buscando otros nombres imprescindibles.

Una fila de palmas reales guio mis pasos. El mausoleo de 26 metros de altura y 86 de largo resguarda al mayor pensador de América Latina del siglo XIX: el Apóstol José Martí. La majestuosidad parece característica innata de Santiago y nuestros héroes no merecen menos. Quizás si algún día encuentro otras palabras para describirlo retome estas modestas líneas, pero hoy solo puedo decir: monumental.

Subo 12 escalones y atravieso uno de los grandes arcos para procurar el encuentro.

El local —de dos niveles— tiene forma de hexágono. En el techo una docena de ventanas de vidrios color mostaza y 13 cristales transparentes permiten la entrada de luz natural. Martí nos mira fijamente. Su estatua de mármol de Carrara lo representa sentado con su mano izquierda sobre la rodilla y su codo derecho reposando levemente sobre la pierna.

En cada columna un cuadro de piedra tallada muestra símbolos irreconocibles para mí en ese entonces, pero que intuyo cargados de compromisos políticos, personales, religiosos: misterios, como el Maestro, toda una incógnita. Después descubro que se trata de escudos de las antiguas seis provincias cubanas: Pinar del Río, La Habana, Matanzas, Las Villas, Camagüey y Oriente.

Desciendo otros 12 peldaños para buscar al Padre de la Patria, el iniciador de la gesta, quien inmoló las creencias de la época por un concepto superior: la Libertad. Otro monumento alto, impactante, y pleno de sentidos. Al subir lentamente la mirada aparece la República representada como mujer, vestida al estilo griego, con una cadena rota en su muñeca derecha mientras la otra eleva al busto de Céspedes una rosa. Dos ejemplares del árbol nacional respaldan el homenaje de mármol.

No muy lejos, solo separados por un rosal de flores rojas y amarillas, está Mariana Grajales, en imagen escultórica de Alberto Lescay, elevándose al infinito como tierra compacta hacedora de titanes. Hay muchas heroínas relevantes, imprescindibles, algunas, incluso, anónimas, pero pocas como la Madre de Cuba. De solo rememorar algunos pasajes, tiemblan mis manos por respeto.

El tiempo apremiaba y la estancia fue corta. Me prometí volver sin prisas para realizar un viejo anhelo que no confesaré. Pero partí con la dicha de cumplir muchos sueños en un solo lugar. Ese sitio me regaló una espiritualidad patriótica que no conocía. De Santiago me robé un poco de semillas de voluntad e intransigencia para compartir con allegados. Espero que prendan al otro lado de la Isla.

Sobre el Autor

Loraine Morales Pino

Loraine Morales Pino

Licenciada en Periodismo, graduada en la Universidad de Pinar del Río, Hermanos Saíz Montes de Oca.

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