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Papuchi

Como los sentimientos no tienen fecha fija, ni creen en aniversarios cerrados o días especialmente marcados, hoy, sin que medie ninguna de esas circunstancias de exactitud para el homenaje, quiero recordar a un amigo. A fin de cuentas, vivir es ir guardando afectos, y el de Papuchi lo llevo siempre a flor de piel.

En documentos oficiales su identidad consta como Luis Martín Hernández Cordobés, natural de San Juan y Martínez, como yo, pero para mi familia, que también hizo suya, será siempre Papuchi. Desde la secundaria juntos, desde los juegos y correrías de adolescentes por el barrio, admiré en él su fuerza de carácter, su lealtad, aquella disposición para cumplir sencilla y eficientemente el deber. Sin alardes, sin llamar al mundo para que lo reconociera.

Cuando me fui para la vocacional Lenin, en La Habana, y después a cursar los estudios de Medicina, Papuchi tomó otros rumbos. Se hizo un hombre curtido en el trabajo, lo mismo albañileaba que estibaba grandes cargas. Siempre en oficios de fuerza, metiéndole el pecho a los problemas. Y sin dejar de practicar las artes marciales, no para agredir, sino para fortalecer cuerpo y alma en las luchas cotidianas. Así pasó 31 años de labores rudas, 20 de ellos en la EMPA.

Todavía me parece estarlo viendo entrar por la casa de mi abuela como por la suya y pedirle con jarana el “mofuco” a la “Vieja”. Ella se reía de esa forma peculiar con la que aquel otro nieto le exigía su café colado en tetera, y allá iba a complacerlo.

De mi mente no se aparta el día en que regresó de Angola, con todo el honor de la misión cumplida, como tantos valientes cubanos; cuando entró aún vestido de uniforme a darnos los primeros abrazos. Y de las poquísimas cosas materiales que traía, quería regalarnos lo mejor: un teléfono inalámbrico. No lo aceptamos, por supuesto, pero el solo hecho de intentar desprenderse así de lo suyo en bien de los otros ya resultaba conmovedor.

Tampoco olvido el día en que ayudándonos a construir una casa en la playa, un pesado bolo de pino le cayó en una mano y siguió trabajando, sin decir nada, hasta que por la inflamación me di cuenta de que era una fractura y necesitaba atención ortopédica cuanto antes.

Me estremece aún la firmeza con la que cuando mi abuela, la vieja Andrea, agonizaba, él venía y nos decía a la familia: “duerman tranquilos ustedes, que hoy yo me quedo para cuidarla”. Y al despuntar el día, sin haber pestañeado siquiera, enderezaba el camino a su trabajo, y pasaba las ocho horas reglamentarias en trajines de carga y descarga.

Y después –patadas de la vida– ver aquel cuerpo fibroso y enérgico siempre, a pesar de su delgadez, atacado por el traicionero cáncer de pulmón. Saber que en su centro de empleo, entonces la brigada antivectorial del policlínico Pedro Borrás, por poco no aceptan el primer certificado médico, pues tenía 24 horas fuera de fecha, según decían; y que el segundo certificado —posterior incluso a la quimioterapia— ni siquiera lo aceptaron. Saber que su vida de trabajador correcto y consecuente se fue apagando en meses en los que no recibió ni un quilo de salario. Y que ni el Órgano de Trabajo Municipal, ni la Asociación de Combatientes en el territorio –a la que pertenecía– revirtieron ese disparate... De madre, Papuchi.

¿Cuántos como él andan por ahí? ¿Cuánta gente buena y sencilla, de los que cargan sobre sus hombros al país, todos los días, se van a veces sin que se sea justo con ellos?

Yo, mientras respire, le pagaré puntualmente el salario de cariño que se ganó en mi alma, y lo seguiré viendo, junto a su esposa Marleny y su hija, mi ahijada Yarleny, bromista y coherente, pidiéndole el “mofuco” a la “Vieja” y después, sin desdorar la colada, mezclándolo con su traguito de ron. Salud, hermano mío.

Sobre el Autor

Sergio Piloña

Sergio Piloña

Médico neonatólogo. Especialista de segundo grado y máster en Atención integral al niño.

Comentarios   

Aldo Luis
0 # RE: PapuchiAldo Luis 01-09-2018 21:46
Que bien Sergito, Honrar Honra, ya estamos en Guinea Ecuatorial Ana carmen y yo, un abrazo
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