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Los dictados de Elizabeth

Estaba calificando. Lo que, si uno analiza bien, era como su estado natural, su respiración. Estaba calificando, cuando sintió las primeras y raras molestias en el pecho, ese pecho suyo hondo para querer, limpio para juzgar.

Estaba evaluando con su bolígrafo, con la justicia mayor de que era capaz, los aciertos en el uso del idioma. El Español, la delicia sonora a la que había dedicado alma y vida durante décadas.

Estaba calificando. Pruebas de ingreso. Destinos de alumnos. Trayectorias vitales que después seguiría con su preocupación, porque una maestra como ella nunca deja de educar, aunque los pupilos se vayan lejos, y algunos, incluso, no regresen.

Ya se había jubilado del IPVCE Federico Engels, centro del que fue fundadora y al que regaló por lustros su talento. Pero la enseñanza era su alimento —material y espiritualmente hablando— y volvió a la Gramática, a la Redacción, a la Ortografía, a las palabras… contratada en un preuniversitario urbano.

En el IPVCE la conocí, en el trienio 1997-2000. Llevaba años al frente del “Español Literatura” en la escuela. Y entrenando en esa disciplina para los concursos y eventos nacionales. Era respetada y acatada por docentes y alumnos, con la sola fuerza de su presencia. Coleccionaba, como todo amante de la lengua, joyas para compartir.

Este poema en el que Neruda resplandece; aquella narración donde Borges ve el destino desde su ceguera; estos diálogos de Onelio, en que la gente del pueblo salta de las páginas a la vida: y el teatro de Estorino; y los Cantares de Gesta... y muchos, muchos artículos de prensa que recortaba y guardaba con la minuciosidad de una monja medieval.

Una admiración especial recorría los pasillos del Instituto al hablar de sus dictados. Si cada profesor de Español pone su mayor énfasis en que la dicción, la modulación y el timbre le salgan claros y precisos, los de ella, sin tener una voz particularmente eufónica, resultaban impecables. Cuando dictaba Elizabeth, se podían tocar las comas en el aire, apreciar el largo exacto de una pausa de dos puntos, la dulce intriga de los suspensivos, las insinuaciones de las comillas, el corte seco del punto y aparte. Era como si su aliento pintara las letras en el éter para que nosotros las tomáramos al vuelo.

Pero aun así, por supuesto, errábamos en muchas, que después serían circuladas en tinta, cuidadosamente, por sus manos diestras.

Estaba calificando. Llevaba horas de aquel aciago 23 de mayo último, en plena calificación. Y cuando llegó a su casa, en la calzada de La Coloma, ya el dolor se había hecho insoportable. Dijo que había que salir, que se estaba muriendo. Y salieron con ella, pero nada se pudo.

Me lo cuenta Ánder, su único hijo, su idilio, mientras remienda zapatos en un puesto de la calle Yagruma. Es ingeniero en Telecomunicaciones, pero remienda zapatos. Por los mismos sinsentidos que su madre, una genio de la educación, siempre anduvo largas travesías a pie.

Los profes y los alumnos le hicieron guardia de honor, me narra. Y casi no levanta la vista de la montaña de zapatos. Debe ser muy bueno en lo suyo, medito, como quería la Profe. Y le pregunto más por ella, por los tiempos en que no la vi, por cómo jugaba con su nieta Natalia.

“Nunca dejó de enseñar”, me dice. Y se seca los ojos, sin querer disimular la lluvia. Y en cada puntada, se me antoja, corre el hilo de voz de la Maestra: largo para unir, resistente para cerrar, humilde para desaparecer debajo de la costura.

Llego a la casa. Y recuerdo que por estos días me estreno como profe de Español básico en la universidad Hermanos Saíz Montes de Oca. Desarmo el librero en busca de referencias. Y en la primera página del añoso Curso Superior de Sintaxis Española, ese clásico de Samuel Gili y Gaya, descubro un nombre en caligrafía primorosa: Elizabeth Pérez Chávez.

Sobre el Autor

Jesús Arencibia Lorenzo

Jesús Arencibia Lorenzo

Licenciado en Periodismo en la Universidad de La Habana, Cuba

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