Actualizado 17 / 11 / 2018

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Miel de amargura

Amanece. Mis ojos están cargados de sueño. Esta noche se arrastró sobre horas de más de 60 minutos. Mi nuevo empleo parece un kíkere comparado con el agobiante trabajo de cartero, pero el insomnio me arde en la saliva. Los venenos secretos de la contaminación están haciendo su obra macabra en la garganta adicta a las faringitis, a pesar del pepino de agua hervida que siempre me acompaña.

Mas, no hay problema, tengo la so-lución a pocos metros. En la farmacia de enfrente, ya se encendieron las luces de mi esperanza, ¡qué bueno es vivir en la ciudad!

Solo me queda esperar el relevo. Miro hacia la calle y me extasío al ver cómo la noche retrocede ante el empuje de la aurora, que desde el oriente, trepa sobre los techos de Canosa, El Marino y el Milanés.

El cielo se está nublando, pero eso no atemoriza a la gente madrugadora. Los miro en secreto, hombres y mujeres valientes, y trato de adivinar sus pensamientos. Veo en el andar presuroso una fuerza y un propósito que trasciende y supera a la adversidad.

Van a la batalla contra los retos cotidianos. Saben que difícilmente encontrarán soluciones fáciles o respuestas oportunas a sus muchas inquietudes y necesidades y que quizás regresarán a casa con las manos vacías y el corazón lleno de impotencia.

Pero mi gente, esos seres que pasan solos o tomados de la mano, al día siguiente saltarán del lecho, a veces sin desayunos, y emprenderán nuevamente la aventura de la vida, dando lo buenos días, aunque quizá solamente sea un eufemismo.

Ya amaneció, el relevo tarda en llegar y mientras tanto sigo observando los puntos cardinales de mi propia experiencia. La gente pasa y mi garganta arde reclamando un “melito de algo”.

Mirando la calle, casi me olvido de mi malestar. Veo a los héroes familiares, los héroes laborales, a los del amor y la perseverancia que, a pesar del viento en contra, penetran los espacios en busca de la victoria del día, mientras otros duermen una mañana inmerecida.

Alguien llega al portal. Se sienta junto a la columna azul, allí donde mi perrito trató infructuosamente de pernoctar. Le conozco, es el mismo de todos los días, con sus ropas mal cosidas y sucias y la mirada sin norte. Es joven todavía, pero ya se envejecieron sus ímpetus. Se ha detenido y aunque se lo mostrara, no entendería que la vida late a su alrededor, amaneciendo, convocando.

Llegó el relevo. Saludo y sin acordarme del semáforo, vuelo sobre la calle, sintiendo la urgencia del “melito de algo” en el paladar. Hay poca gente en la farmacia, pronto estaré en mi ansiada cama, vengándome de la mala noche. Vana ilusión. Alguien le ha puesto “pause” a la cola y a poco la demora me resulta más agobiante que la mismísima guardia. Pareciera que más que un servicio de extraordinario mérito, es un desagradable favor lento y amargo. De todo… menos vocación y deferencia.

De este lado los veo, los palpo. Son aquellos que vi desafiando la semipenumbra, apremiados por un sentido ético o una necesidad inaplazable, contando los minutos que faltan para aliviar la dolencia de un ser querido, con la raya roja como una espada de Damocles sobre sus cabezas. Sin embargo, se vuelven transparentes, porque del otro lado está la dueña del tiempo ajeno, con el rostro bello, pero impávido, la bata blanca y la sensibilidad gris, levantando de vez en vez los ojos retadores que nos inmovilizan. La mirada rebota en la pared, en el techo, en cualquier parte, haciéndonos sentir nuestra transparencia insignificante.

Pasa el tiempo y me inquieto. Quisiera protestar, pero me acuerdo de que si hay ojos de rayos X, también habrá oídos impermeables o algo aún peor: conciencias cauterizadas.

Por fin llega mi turno, entonces se esfuman los restos del encanto matinal. La garganta se incendia y el “melito de algo” se convierte en una quimera inalcanzable.

–¡Ahora tienen que esperar!, escucho como en una pesadilla.

–Vamos hacer el cambio de turno. El tono es seco, prepotente, insensible.

Ya me sucedió. Ya te sucedió. No necesitamos otro eslogan ni decretos protectores, sino una “operación milagro” que nos ayude a vernos los unos a los otros con una mirada de prójimo. Justicia.

Amanece y te alistas. En el camino unos no te verán y otros pasarán de largo. No detengas el paso, se tú la aurora. No hay noche sin amanecer.

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