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Decilias, Ranulfos, Filadelfos...

Todavía no comprendo de dónde extrajeron el nombre de Decilia de mi abuela y Terina de mi progenitora, si en Cruz del Pino, lugar casi perdido de la costa norte pinareña, los libros estaban ausentes y no había otras fuentes de cultura que no fuera la tradición oral de traer los recuerdos uno tras otro, a través de las personas.

Decilia no parece venir de griegos ni romanos, aunque Terina en República Dominicana significa palangana o jofaina, mientras que para las familias romanas tiene un significado más honorable en el equivalente de Teresa.

No es nada personal, pero resulta significativo conocer cómo en lugares bien recónditos en nuestra geografía aparecen nombres que necesariamente fueron tomados de fuentes muy antiguas o, por el contrario, los extraterrestres visitaron el sitio. (Ahora, cada vez que los paleontólogos no pueden descifrar un enigma, suponen que es obra de otros seres).

Se imaginan lo que ocurrirá con la generación de nuestro tiempo de aquí a unos años, porque para entonces ya seremos amigos de los extraterrestres... y ¿a quiénes culparán?

Esto de los nombres siempre ha sido preocupación de las personas y si no, para qué tantas combinaciones para que su hijo o hija a nadie se parezca, lo que da paso a engendros que abochornan para toda la vida a los muchachos.

Sin embargo, suelen desechar los de las nueve musas canónicas: Clío, Talía, Erato, Euterpe, Polimnia, Calíope, Terpsícore, Urania y Melpómene, que a fin de cuentas no serán bonitos, pero demuestran más cultura que uno de esos escrito a cuatro manos, que cuando lo lees parecen que lo compusieron a cuatro patas.

En Huerta de Rey, en el Burgos donde conviven mis antepasados, los últimos hijos de la tradición única y ancestral tienen nombres como Hirónides, Ranulfo, Filadelfo, Iluminada, Ninfodora, Canuto, Baraquisio, Austiquiliniano, Filogonio, Virísima... y hasta Digna Marciana, lo que seguro hará que esta gente maldiga de la familia.

Este problema de la Huerta del Rey, que está en los récords Guiness tiene sus antecedentes: dicen que a principios del siglo XX, entre los más de 1 400 habitantes se repartían no más de tres o cuatro apellidos y para el cartero era una locura entregar la correspondencia. Podía encontrar 50 Pedro, Juan, Francisco, Carmen, María... y cómo saber para quién era la carta, si estaban escasos de apellidos.

Así que —está escrito—, dada la imposibilidad de cambiar los apellidos a las personas, el secretario del Ayuntamiento planteó cambiar los nombres. O sea, para identificar a los ciudadanos urgía ponerle un nombre bien especial para los que ingresaran nuevos en el mundo o mejor dicho, en el pueblo, pudieran diferenciarse.

Ahí comenzaron los cerebros a trabajar en nombres singulares, verdaderamente originales y ya conocen el resultado, porque no se les ocurrió otra cosa que tirar del Martirologio Romano. Y el secretario, empezó a liarse diariamente con los nuevos nombres raros, y había individuos que después tenían cuatro tías: Hono, Neo, Bati y Oti, las formas abreviadas de Honoria, Neomisia, Batilia, Otilia; y hasta Firmado y Firmo si estos dos finales también eran sus nombres.

Luego la gente —no olvidemos que es en España y en el campo—, se montó en el nuevo carro de los nombres y aparecieron los otros. Juro que los de mis antepasados, como el Leocadia de una hermana de mi suegra, nada tienen que ver con los de España... y eso de nombrar puede a veces tener sus consecuencias.

Recuerdo que en Minas de Matahambre, en los primeros años en que ser miliciano era la razón de vivir, un señor llamado Zacarías necesitaba ser localizado con urgencia en la penumbra de la noche, allá en La Curva, como se llamaba su barrio.

Los dos emisarios enviados, encontraron la vivienda, con paredes de madera como la tradición mandaba. Pegados a la ventana cerrada con pestillo intentaron despertar al susodicho, pero la respuesta a su llamada fue una voz femenina susurrante, que insistía ¡Zaca, Zaca, Zaca...! Y creyéndose haber interrumpido un gran momento, decidieron regresar, con la conformidad de que el hombre se presentara en la mañana. Moraleja: los nombres no deben apocoparse.

Sobre el Autor

Ramón Brizuela Roque

Ramón Brizuela Roque

Licenciado en Periodismo Universidad de La Habana 1977. Premio Provincial por la Obra de la vida, 2013.Fue redactor reportero en Juventud Rebelde y Trabajadores; colaborador asiduo en Radio Guamá y TelePinar.

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