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Chelo y Matancero

Briones Montoto es un poblado campesino situado a 25 kilómetros de la ciudad pinareña. Si ya es difícil llegar hasta este sitio, por el transporte escaso, se hace aún más complejo salir.

De chica me llevaban allí a visitar a los parientes paternos, a la abuela Domitila, acicalada como flor de primavera, con el cuello blanco de talco, el pelo blanco por los años, la cara blanca, arrugada y olorosa a colonia de jazmín. Se pasaba el día escoba en mano, barre que te barre el polvo que se colaba por las puertas y ventanas abiertas. Su casa era la más limpia de todas las casas. “Aquí no entras con esos pies enfangados, Chelo”, reñía a mi abuelo, al buen Marcelino que usaba sombrero por el día, y en la noche también para esconder su calvicie. Tomaba café en una jícara de coco, dormía en el piso por el mediodía con tal de no ensuciar las sábanas limpias y se levantaba a las cinco de la mañana. A esa hora salía a labrar la tierra y a atender a los animales.

De Briones me gustaba el aire fresco y constante meciendo las pencas de los cocoteros, las chicharritas de plátano abundantes en mi almuerzo, el río donde me zambullía con mis primos, la casa de tabaco de la familia, el olor de las hojas secas colgadas en los cujes, la lluvia cayendo sobre las fibras, la yegua Fosforera. Abuelo afirmaba que era mía y dejaba que la paseara yo sola.

El cuerpo de abuelo se hizo frágil y ya no pudo soportar el peso de las madrugadas. La vieja enfermó también. Un día, tía Zory, hija de ambos, se los llevó a vivir a su apartamento, en la quinta planta de un edificio de la ciudad, lejos de Briones.

Abuelo se sentaba en el balcón a observar el paso de los carros por la Carretera Central. Miraba la vida pasar desde aquel balcón pero el pensamiento lo tenía en su vega amada.

Cada vez hablaba menos. A veces lo chiqueábamos para que nos dijera de memoria las décimas que inventó en el pasado, poesías que nunca llevó al papel porque apenas sabía escribir.

Cierta vez improvisó en versos la historia real de un buey suyo que entregó al matadero. La bestia había perdido un tarro reculando un carretón y ya no servía para el laboreo del campo. Así recitaba mi abuelo:
Matancero se ha llegado/ el momento de venderte,/ porque tu maldita suerte,/ quiso verte destarrado‘,/ yo sé que me has ayudado,/ demasiado, Matancero/ y aunque eres un buey te quiero/ y me causa sentimiento/ pero se llega el momento/de entregarte al matadero.

Poco después abuelo se encontraba trabajando con un sustituto, y el animal accidentado, que se había escapado del matadero, apareció frente a él. Buey y dueño entablaron entonces esta controversia:
Tanto como te ayudé/ en vianda como en tabaco,/ lo mismo gordo que flaco/en tus labores luché./ Miles de surcos tracé/contigo de enero a enero,/ tuve más de un compañero,/ nunca me viste cansado/ y ahora al verme destarrado/ me entregas al matadero (Matancero).

Me condueles Matancero/ con lo que me estás diciendo/ ahora si no te vendo/a ti por ningún dinero/ alivia tu desespero/que ya no voy a quitarte/ en buen pasto voy a amarrarte/ y con tu tarro chiquito/ esforzándome un poquito/ veré si puedo enyugarte (Chelo).

Sobre el Autor

Susana Rodríguez Ortega

Susana Rodríguez Ortega

Licenciada en Periodismo en la Universidad de Pinar del Río Hermanos Saíz Montes de Oca.

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