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Amigo del silencio

Amigo del Silencio. / Foto: TodoColección

Foto: TodoColección

Era un día gris y seco, las lágrimas del niño corrían como riachuelo por un camino ladeado y pulido, sin encontrar arrastre de impurezas que arrullar corriente abajo, atraído por la gravedad, todo el líquido salado paraba en un boquete lleno de marfiles tiernos y blancos como calizas, esa humedad enfrió a las más crueles de las miradas que llevaron al consuelo obligado, al desconsolado.

Amigo del silencio

Luisito está a punto de cumplir los seis años y vive ajeno a todo tipo de ruido que se produce en la ciudad que está poblada de pinos nuevos y rodeada de ríos, él desconoce la belleza de la música, el chapoteo de la lluvia, la sonoridad que provoca el invisible viento cuando choca con las plantas y cierra las puertas de un tirón; no conoce el sonido que desborda la alegría de otros niños al correr, ni el tormento que provocan las tempestades ciclónicas en los adultos.

Tampoco conoce el nombre de algunas cosas que lo rodean, en sus cortos años de vida no ha escuchado el sonido gutural de la voz; esa que comunica y educa y nos aparta de la soledad.

Por esas razones posee una rebeldía interna que lo hace estallar con quejidos sonoros y la pronunciación de algunas sílabas difusas que obliga a los curiosos transeúntes a una mirada de consuelo para él y la abuelita que lo cuida.

Un día de marzo me detuve frente a su casa para saludar a José, un niño muy querido por Luisito que siempre va a jugar con él.
 
Luisito se me quedó mirando fijamente y pude ver la tristeza de sus ojos pardos que no provocan pena porque dejan escapar la inteligencia que les aflora y la picardía que guardan para ganar amigos.

Ya me marchaba cuando Luisito a través de gestos rápidos, incomprensibles para mí, invitó a jugar a José en el parque, entonces la mirada se le tornó caprichosa y la mano le quedó tendida para estrechar la suya dispuesto a la partida; no permitió que este se negara a acompañarlo.

La abuela hizo un gesto de aprobación y sin pedírmelo a mí, me incluyó en el paseo, al recomendarme que los cuidara de los peligros de la vía y que no los dejara subir en los bancos del parque y que, si llovía que no se mojaran, y que no regresáramos tarde y otras más; por lo que me vi comprometido en esta aventura.

Apenas les había indicado cruzar la calle con precaución, Luisito y José se precipitaron en loca carrera por la acera que era contraria a la de los rayos de sol y se detuvieron justamente bajo un frondoso árbol que guarda en su tronco los corazones de muchos enamorados.

Allí, tirado entre las hojas secas y un poco de basura callejera, Luisito divisó un lindo caballito carmelita hecho de goma y relleno de lana que semejaba un lindo potrico recién nacido.

A él le llamó mucho la atención, pero no se inclinó a recogerlo. Sentía la resistencia de la mano de José, pero el corazón le latía con mucha rapidez y la fuerza de su naturaleza interna delataba su deseo, pero se mantuvo inmóvil con la mirada fija y se sintió dueño del silencio, al sostener el impulso reprimido; José no lo comprendió.

El caballito tenía en el hombro derecho, muy cerca de la crin una profunda mordida, hecha por un gran animal, y uno de los botones que le servía de ojo, colgaba de un fino hilo, por lo que semejaba a un papalote empinado sin cola.

Las patas estaban firmes, se les veía con la fuerza necesaria para salir a galopar por los campos y correr y correr sin parar.
Luisito se vio tentado a alcanzar una paz espiritual y pudo ver en el caballito a un amigo más, que podía comprenderlo y guardarle los secretos y sueños.

Entonces, de un tirón se soltó de la mano de su acompañante, se cruzó de brazos y adoptó una postura de rechazo a cualquier insinuación de seguir caminando.

La inmovilidad de Luisito multiplicó el silencio, y la mirada se le torno tierna y lastimera y empezó a ahogar su pensamiento:
Caballito mío, voy a jugar contigo cada vez que me lo pidas, dormirás a mi lado y serás mi amigo, te voy a bañar los domingos y cuando vaya a la escuela te llevaré en mi mochila y correrás sobre mi espalda y te sentarás debajo de mi mesa y descansarás en el bolsillo de mi abrigo.

Entonces José comprendió su actitud, recogió el caballito y se lo puso en el pecho a Luisito, este lo apretó contra él con una mano y le extendió la otra a su amigo.

Un largo camino de juegos y carreras deparó los juegos entre aquellos amigos, ya cansados los regresé al hogar.

Ayer camino al trabajo vi a Luisito jugando con el eterno potrico, retozaban en el portal de su casa, ya no se le escucha gritar, a cada rato le hablaba en una de sus orejas; el caballito tenía la herida curada y veía bien de los dos ojos; la felicidad los invadía.

Fin

Sobre el Autor

Fermín Sánchez Bustamante

Fermín Sánchez Bustamante

Graduado del Instituto Superior Pedagógico en Pinar del Río, Cuba. Diplomado en Periodismo Internacional.

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