Actualizado 22 / 05 / 2018

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Juanita

Susana Rodriguez OrtegaConozco a Juana Salgado Cruz desde mi infancia. Ya entonces era viejecita y leve como una rama seca o como un avión de papel, movido por el viento a su antojo; por eso nadie le decía ni le dice Juana, que es un nombre muy pesado y no le va bien, en cambio, la llaman Juanita:

–¡Ey, Juanita, esta noche hay espectáculo en el “Milanés”!, le avisa un conocido uno de esos días en que la caminadora desanda la avenida José Martí.

Deshumanización galopante

Yurina PiñeiroVenía con capacidad en su interior para transportar otros pasajeros, y Silvia decidió sacar la mano con la esperanza de una “botella”.

Ella sabía que las respuestas a su pedido podían ser disímiles: un gesto que le indicara que iba en sentido contrario, que el vehículo presentaba roturas, incluso que “venía lleno”. ¿Qué ocurrió? En ese instante Silvia sufrió, una vez más, en carne propia, la impotencia que provoca el ser ignorado: el chofer y la copiloto, que por cierto la conocía, ni siquiera se inmutaron.

Cuando la matemática no cuadra

Anelys Alberto PeñaConozco a alguien que gana 450 pesos CUP al mes y compra una escoba a cinco CUC, almohadillas sanitarias a dos y más, y otros artículos de primera necesidad para la higiene privada y del hogar por un costo muy superior a lo que sus ingresos permiten y al valor de los mismos.

 

Memorias de marzo triste

Susana Rodriguez OrtegaYo no me quito mi gabardina”, había anunciado el pinareño Evelio Prieto minutos antes de subir al camión rojo, tipo furgoneta, de entrega de recados a domicilio con el rótulo Fast Delivery; pero el calor asfixiante lo obligó a quedarse en mangas de camisa.

“No quiero que me la echen a perder llenándomela de huecos”, se justificó, medio en broma, con sus compañeros que viajaban apretujados unos contra otros en la más absoluta oscuridad, riendo a ratos o tensando los dedos fríos y sudados sobre el mango de los fusiles.

¿¡Horarios!? Cierres, inventarios y cuadres de caja

Ariel Torres AmadorComo cualquier otro día, el despertar fue bien temprano. Acostumbro de esta forma, pues me sobra el tiempo en las preparaciones matutinas y sin apuro camino hacia la terminal para abordar el transporte hacia la capital pinareña. Además, debía llegar temprano, ya que necesitaba resolver ciertas cosas y trámites.

De la bendición a la tragedia emocional

Heidy Perez BarreraAunque parezca irracional, ha sido una constante a lo largo de los años escuchar en voz de las propias madres, “yo no paro más”, “parir es lo último del mundo”, “lo que yo pasé en el parto es inhumano; hicieron que me reventara para al final hacerme cesárea”, “tuve que aguantar sola”... sin duda, un tema que significa una película de terror no solo para quienes lo han vivido, sino para quienes sueñan con la maternidad como el más sagrado de los privilegios que otorga la naturaleza.

Clase de Ramona

yuliet calanaEn la Primaria, las auxiliares solían dividirnos en dos filas y mandarnos a cogerle la mano al compañero del lado. En mi aula había un niño, Luisito, tan negro como la noche más cerrada. Todos los días de escuela yo rezaba para que no me tocara él, porque creía que soltaba una especie de tinta oscura que me mancharía mi blanca mano. En una reunión de padres, la maestra le dijo a mi mamá que era una niña buena, que solo tenía ese “problemita”.

Y caemos en la trampa

Ariel Torres AmadorSeamos honestos, ¿cuántas veces al mes salimos a la calle a comprar alimentos para nuestro hogar? Despreocúpese, la interrogante anterior no cuestiona su permanencia en el puesto de trabajo o la eficacia laboral, sino la necesidad del avituallamiento hogareño de alimentos y especias de uso casi diario tales como plátanos, malangas, boniatos, ajo, cebolla, ajíes y tantos otros.

Oportunistas

Anelys Alberto PenaCoquitos, hojaldas, cremitas, barquillos de helado... de eso estaban llenas las esquinas hace una década, con pregones legales o ilegales, con azúcar y otros recursos hurtados o no de centros elaboradores. Pero era un comercio menor, sin etiqueta y había del otro en menor medida, de ese que preocupa más hoy.

El valor de la ineficiencia

Yolanda Molina PerezHace algunas semanas debía enviar por correo una carta certificada, el día que dispuse del tiempo y la oportunidad para hacerlo, me dirigí a la unidad situada en la calle José Martí, había varias colas, pregunté en una ventanilla cuál era la indicada, sin mirarme, solo con un gesto, la compañera me señaló hacia el otro lado.

Red 2.0

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