Actualizado 24 / 09 / 2018

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Conquistar con las palabras

Heidy Pérez BarreraHoy intento reflexionar acerca de uno de los temas, que más ha unido a los seres humanos a lo largo de su existencia, no importa cuál sea la época histórica de que se trate, ni el país donde viva, ni el género, ni la raza… pues sencillamente, todos nacemos con la capacidad de comunicarnos.

Quiero acercarme a la Oratoria, capacidad que debe ser muy bien manejada por los que ejercen el periodismo y la cual asumo como el “arte del buen decir”,  entendida así por nuestro gran escritor Eduardo Galeano.

Trabas burocráticas y otros demonios del oficio

Victor Manuel Blanco González“No estoy autorizado a darle esa información!”, “¡Lo que le estoy comentando no es para publicar!”, “¡Necesito que me lo envíe para revisarlo antes de que salga!”.

Las anteriores forman parte del glosario habitual de respuestas que en nuestro país continúan recibiendo los profesionales del periodismo en el ejercicio diario de su labor, pese a que está bien definido que ningún funcionario está facultado para impedir la divulgación de un tema de interés.

Más años, más alternativas

Yolanda Molina PerezClaudina lo dice todo el tiempo: “Tengo las rodillas malas”, le duelen y aunque el hijo y la nuera quieren permutar el apartamento en que viven en una cuarta planta, no encuentran opciones sin tener que realizar un rembolso. Sus salarios no les permiten las cantidades que demandan, así que el universo de la anciana se va achicando y las dolencias ganan espacio en el cuerpo.

 

Juanita

Susana Rodriguez OrtegaConozco a Juana Salgado Cruz desde mi infancia. Ya entonces era viejecita y leve como una rama seca o como un avión de papel, movido por el viento a su antojo; por eso nadie le decía ni le dice Juana, que es un nombre muy pesado y no le va bien, en cambio, la llaman Juanita:

–¡Ey, Juanita, esta noche hay espectáculo en el “Milanés”!, le avisa un conocido uno de esos días en que la caminadora desanda la avenida José Martí.

Deshumanización galopante

Yurina PiñeiroVenía con capacidad en su interior para transportar otros pasajeros, y Silvia decidió sacar la mano con la esperanza de una “botella”.

Ella sabía que las respuestas a su pedido podían ser disímiles: un gesto que le indicara que iba en sentido contrario, que el vehículo presentaba roturas, incluso que “venía lleno”. ¿Qué ocurrió? En ese instante Silvia sufrió, una vez más, en carne propia, la impotencia que provoca el ser ignorado: el chofer y la copiloto, que por cierto la conocía, ni siquiera se inmutaron.

Memorias de marzo triste

Susana Rodriguez OrtegaYo no me quito mi gabardina”, había anunciado el pinareño Evelio Prieto minutos antes de subir al camión rojo, tipo furgoneta, de entrega de recados a domicilio con el rótulo Fast Delivery; pero el calor asfixiante lo obligó a quedarse en mangas de camisa.

“No quiero que me la echen a perder llenándomela de huecos”, se justificó, medio en broma, con sus compañeros que viajaban apretujados unos contra otros en la más absoluta oscuridad, riendo a ratos o tensando los dedos fríos y sudados sobre el mango de los fusiles.

Red 2.0

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