Actualizado 23 / 05 / 2017

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Un lugar llamado deseo

Ese lugar permanece allí. Y mientras reposo y exhalo bocanadas de recuerdos, reclinado en mi sillón favorito me dejo arrastrar una vez más. Vuelvo a caminar entonces la absoluta tranquilidad de sus calles de antaño, donde se respira humildad pese a la comercialización y la urbanidad como pasarela desequilibrada de "Johnys", "Tabarishs" y "Pierres" que ahora lo circunda.

El color siempre esperanza mezclado a los insuficientes regaños de mi madre por el fango de los suelos, invita a escudriñar aquellos viejos rincones donde solía perderme "a las escondidas". Aún pasados más de 25 años de ausencia, ese lugar permanece allí.

No dudo más, el ambiente de naturaleza vivaz me invade apenas me deslizo por sus míticas y deliciosas curvas, que en no pocas ocasiones me hicieron oler cáscaras de limón y respirar entre cartuchos por aquello del mareo.

No es otro, es el territorio de reptiles fósiles, de creencias acuáticas milagrosas y provocativa geografía, Viñales: una aventura con rasgos quijotescos para cualquier conquistador perdido.

Camino a deshora entre la muchedumbre que fomenta mi imaginario personal, y pese a rogar la invisibilidad que nunca obtengo para mantener el anonimato, el aroma del café recién colado me embriaga y suavemente me empuja camino a la terraza de mi abuela materna.

Extraño demasiadas cosas y medito: ¿cuánto he perdido ya en lo que cuenta el tiempo? Aguaceros de jornadas completas, en las que tantas veces contagié con alguna gripe del momento a quienes me rodeaban; el dulce escándalo para dormir de grillos y cómplices; la afición por las guayabas y bergamotas del antiguo patio de mi abuela, y sus indomables palomas mensajeras. Y por qué no, hasta los "inmensos hallazgos" junto a buenos amigos en que confundíamos pez rubia con oro.

Sí, es cierto que las "Dos Hermanas" todavía viven por allí, supongo algo cansadas de quienes las visitan sin otro motivo que el de asaltarlas o dudar de su imponente parecido.

A pesar del maquillaje, el Mural de la Prehistoria parece bastante fresco, ya no es solamente un icono cultural, hoy presume un desafío para alpinistas de toda edad y procedencia.

Dista de ser aquel paisaje de mi infancia –pienso mientras dejo a este tonto espejismo hacer de las suyas– y me dejo llevar por sensaciones completamente diferentes y desconocidas. No quiero alejarme, no, no te vayas tan aprisa, regresa.

Esta ilusión siempre es como una primera vez, y el tiempo me recuerda a gritos que ya no es tan fácil rememorar como solía ser. Hace más de 25 años que extraño ese rincón de aquel pueblo de tierras rojizas y verdes follajes, pero no me atrevo a regresar, tengo miedo de sentir lo que pienso y no poder escapar de la realidad.

Extraño el chirrido de nuestras chivichanas frente a mi casa y en calles aledañas, las tardes en las escaleras de la antigua dulcería, para después robar papel de estraza para colorear, o esperar a que salieran los recortes de dulces y panetelas.

Viñales no es tan diferente ahora, sin embargo, ya no es el mismo.

Sobre el Autor

Ariel Torres Amador

Ariel Torres Amador

Licenciado en Periodismo en la Universidad de La Habana, Cuba

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