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Ser padres… o cuentos de camino

Conozco a un niño “que nunca tuvo padre”. Al principio, cuando nació, sus progenitores eran un matrimonio que pronto se disolvió y hubo un divorcio colectivo. El hombre también se separó para toda la vida de su bebé.

Poco importó que el niño enfermara y que le quedaran secuelas para siempre, que repercutieron incluso, en su salud mental, el papá nunca más apareció.

Uno se preguntará entonces muchas cosas, sobre todo, si la conciencia de esa persona, –esa vocecita que nos habla de noche cuando tenemos cuentas pendientes– lo dejó dormir en paz. Tal vez sí. Solo sé que aun hoy a más de 20 años ese muchacho necesita de su padre y solo encuentra un vacío, que ni la madre –enferma también– puede llenar.

Este es uno de los tantos ejemplos, pero en todos los casos en que falta la preocupación y el amor del padre, son los hijos, amén de la edad que tengan, los que sufren desde el punto de vista psicológico, emocional y también en el orden material.

Hablo en este caso de la figura paterna, que es donde casi siempre se presenta el abandono, pero en otra ocasión se puede ahondar en los desamparos maternales o en las presencias ausentes de ambas figuras, (sin paradojas).

Con medio siglo de vida, no me queda la menor duda: ser padre o madre, es una de las maneras que tenemos de probar si de verdad somos seres humanos de valía, de principios y responsables. Esa última palabra es fundamental.

Nadie tiene derecho a ir por el mundo “regando espermatozoides”, o arriesgando quedar embarazadas, sin importarle siquiera las consecuencias de sus actos. Después, para algunos, los hijos son solo nombres que escucharon un día, que inscribieron y les dieron el apellido, en el mejor de los casos, o simplemente un estorbo.

La cultura y las costumbres en Cuba, en la mayoría de los ejemplos, hacen que luego de la disolución de la relación –si es que la hubo– sea la madre la que se ocupe en cuerpo y alma de la crianza, manutención y educación de los muchachos. De esos casos soy testigo de varias “heroínas” que nunca se dejaron llevar por las carencias materiales, y hasta sentimentales, y hoy sus vástagos son personas de bien.

También sé de hombres, y hasta abuelos, que emprendieron solos la crianza de los niños.

Cuando hablamos de paternidad responsable, lo hacemos desde la arista de concebir tal condición, preparados para asumir al hijo que llegará, el cual no pidió venir al mundo, pero sí tiene todo el derecho de recibir de ambos padres amor, atención y preocupación, y no a contentarse con una manutención mensual, que la mayoría de las veces solo alcanza para comprar unas cuantas hogazas de pan.

Hay quienes solo dan la espalda y se limitan a esperar que otro asuma lo que le toca a ellos, muestra de egoísmo y de irresponsabilidad sin límites; para estos debían de existir –o aplicarse– mecanismos legales más severos, que los hicieran asumir su obligación.

Por suerte, hay una generalidad de hombres, a los cuales observamos diariamente, para quienes ser padre no se limita a mantener a los hijos. Son más los que hoy vemos en las consultas médicas con los muchachos, en los hospitales de acompañantes cuando están ingresados, en las reuniones en las escuelas, en los parques de diversiones, playas, en la calle de paseo, en la recogida del círculo infantil, en todas las facetas de la vida de sus descendientes... ahí están, sin importarles si la relación en la que los concibieron existe o no.

Para estos cubanos, no basta con nutrir y cuidar a los muchachos, ser papás les cambió la vida, y por tanto le brindan a su descendencia protección y educación, y los enseñan cada día a ser seres humanos buenos, compartidores y preparados. En mi opinión, eso es ser padres, lo demás... cuentos de camino.

Sobre el Autor

Ana María Sabat González

Ana María Sabat González

Licenciada en Español y Literatura, periodista de Guerrillero. Ha sido profesora de la Universidad Hermanos Saíz Montes de Oca. Se dedica al periodismo desde el año 1996 y aborda en sus trabajos diferentes temáticas sociales y políticas.

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