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Al glorioso pueblo de las mil batallas

Es casi tradición o hábito agradecer al pueblo cuando se ha obtenido un noble propósito con su concurso, pero en la vida hay excepciones, la explosión de sensibilidad, fervor revolucionario y manifestación luctuosa de amor y dolor hacia su líder, no fue convocada por alocuciones o edictos, sino el fruto de la espontaneidad que dan la lealtad hacia un ser querido y una dignidad acumulada en cada hogar vueltabajero.

Quizás los insensatos tilden de "crónica oficialista" este homenaje merecido por los pinareños, y si así fuera, pues bienvenido el apelativo, porque en el convulso mundo de hoy pocos pueblos se arremolinan en torno a su gobierno para sellar compromisos políticos, como el recientemente firmado, y jurar fidelidad al líder que se hizo historia y a los hombres y mujeres que comandarán la nave en lo adelante.

Fueron días de combate silencioso, de dolor reprimido, en que el pueblo se adueñó de la calle para un postrer adiós; ese mismo pueblo de las mil batallas; mientras unos exponían la tristeza, otros se sobreponían para llevar adelante las tareas, ejemplos sobran y si deseáramos buscar, los tenemos en los trabajadores del Museo Provincial de Historia, en la ciudad, y en todas las dependencias que en los municipios se hicieron las vigilias.

Con ellos, los siempre anónimos trabajadores de Comunales, los que con sus manos de artífices configuraron las ofrendas sin un reclamo de protagonismo, aun conociendo que fue labor de artistas. Mucho son los que desde atrás garantizan el buen funcionamiento de una tarea tan masiva, como el sistema de Salud, con el SIUM en primera fila y la contribución de la Cruz Roja, conocedora de las necesidades en las grandes movilizaciones.

Y qué decir de los transportistas, esas hábiles tripulaciones que con seguridad condujeron a los pinareños a La Habana, solo sabiendo la hora de partida, pero con incierto horario de regreso; los combatientes de orden interior, los patrulleros, los policías que lejos de velar más bien hicieron ayudar, para que los ciudadanos, obnubilados por el dolor disfrutaran de seguridad y orden.

A veces vemos a los que están más cerca, pero cuanta contribución de las organizaciones de masas, de los trabajadores del comercio y la gastronomía, porque ellos, parte del pueblo, eran el mismo pueblo que rendía el tributo.

La prensa siempre está en primera línea, quizás por eso sean tan común su presencia, pero el colectivo de Radio Guamá se creció, fueron muchas horas de permanencia en el aire, sin flaquear un segundo, para que sus trasmisiones directas pudieran llega a cada hogar y las personas no perdieran ni un segundo el hilo de los sucesos.

A muchos les escaseó el tiempo para llorar, simplemente secaron las lágrimas y fueron a cumplir con su deber, aunque el dolor estaba ahí, iba por dentro; muchas caras conocidas, de esos con sobrada virtud, que no flaquean en el combate, pero muy dolidos; cuántas mujeres dignas, de la estirpe de Marianas que cuando se sobrepusieron estaban ahí sirviendo, organizando, ayudando.

Y la vida es así, al parecer en lo individual muy normal, pero estamos hablando del dolor compartido de una sociedad, que lejos de amilanarse, recobró el vigor y sabe que los objetivos están ahí, son fuertes, y las tareas esperan.

Podemos decir, sin temor a equivocarnos, que en cada hogar se lloró a Fidel, y quisiéramos decir más, muchos pueblos allende a la frontera sintieron envidia de los cubanos, porque la gran prensa no lo pudo ignorar, los enemigos reconocieron la grandeza del líder, no los que aún le temen, esa minoría carente de cerebro festejó, a pesar de que muchos tienen que agradecer a la Revolución.

La tremenda paradoja: Cuba los alimentó, les dio la educación gratis y una segura atención médica desde el nacimiento; luego los proveyó de un título de licenciado, doctor o ingeniero, todavía hoy asiste a sus familias aquí, les ofrece la seguridad social, pero ellos prefieren celebrar en el convite con el enemigo.

Y la pregunta es, porqué mencionarlos en un homenaje a los virtuosos, sencillamente para demostrar que el país se ha ocupado hasta de sus alimañas.

Al pueblo digno no hay que felicitarlo, solo honrarlo, salvo que no sea por el casi medio siglo de resistencia, por el valor demostrado en tanto tiempo y por la certeza de que muchas serán las conquistas que quedan por delante.

El pueblo cubano es Fidel, de eso nadie tiene dudas y si quedaba alguna, los niños y, principalmente, los jóvenes demostraron que el futuro está bien asegurado.

Sobre el Autor

Ramón Brizuela Roque

Ramón Brizuela Roque

Licenciado en Periodismo Universidad de La Habana 1977. Premio Provincial por la Obra de la vida, 2013.Fue redactor reportero en Juventud Rebelde y Trabajadores; colaborador asiduo en Radio Guamá y TelePinar.

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