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Traído por los pelos

Yo me peino de memoria. Lo escribo, y recuerdo a mi amigo Juan Ángel Cardi, impetuoso humorista que cierta vez lo declaró refiriéndose a que yo no necesito espejo y hasta puedo prescindir del peine. Porque soy como dice el refrán que pintan la ocasión: calvo.

Calvo es una palabra maldita. Menos cuando se usa como apellido. Los apellidos se insubordinan ante su palabra matriz. Y adquieren una personalidad con valor propio. Renuncian a la semántica. Si uno pronuncia el apellido Cabezón nadie pensará en el fenómeno del mismo nombre. Ni reiría con malicia al conocer, en una lección de historia de América, las hazañas conquistadoras de Cabeza de Vaca.

Cuando, en cambio, opera como un adjetivo, y se pega con toda su depilada desnudez a un cráneo destechado, equivale a un vocativo insultante dicho a gritos por ciertas personas –de pelo largo e ideas cortas, como sentenciaría el filósofo– que viajan desaladamente en ómnibus y camiones.

El chiste a veces es más noble. Pero siempre traslada un clavo embozado. Recuerdo cuando pedí un cepillo para el cabello a Aramís Ferrera, fotógrafo de ojo fino y olfato mágico. Andábamos en una de esas giras en las que los periodistas adoptamos las costumbres de artistas y trabajadores de circos. Compartíamos la habitación. Nos preparábamos para comer. Y quise peinarme antes. Sonrió con diente irónico, y me alcanzó el cepillo advirtiéndome:

-Cuidado no te lastimes el cerebro.

Otro amigo –aunque con ánimo consolador– fue más agresivo. Me dijo que los calvos rendíamos una utilidad pública: servíamos los domingos de puntos de referencia en los estadios colmados.

Los únicos que ahora no dirán una frase burlona o conmiserativa sobre los calvos son los barberos. La razón, obvia. Somos clientes que pagamos la tarifa oficial, incluso más, a cambio de menor trabajo. Quizás cuando la ley intervenga para enmendar la injusticia y rebaje la mitad del precio para las cabezas calvas, esos cirujanos de la periferia empezarán a desacreditarnos, y nos negarán disimuladamente el turno para poner nuestra miseria capilar bajo sus tijeras y su conversación. Aunque conozco a uno que defiende el mismo precio, incluso mayor, para los alopécicos. Figúrese, me replicó, con usted debo demorarme más, sudar mi estrés, porque puedo herirlo en un desliz. Tal vez haya que exigirles seguro antes de que se sienten bajo nuestros instrumentos.

Ser calvo viene siendo, a fin de cuentas, como una maldición bíblica. No dudo que algún contemporáneo de Abraham o Moisés haya querido dotar de una dosis de fantasía a aquella existencia apacible y aburrida de pastores, y concibiera una forma distinta y por ello audaz de hacer el amor. Y la Ley, horrorizada por tal quebrantamiento de la posición y la técnica estatuidas, lo condenara, junto con su descendencia según preveía el código judaico, a exhibir la cabeza desamparada de toda sombrilla pílica.

La humanidad, visto el asunto con rigor histórico, ha venido perdiendo pelo. Se observa en esa escala morfológica que de vez en cuando reproducen las revistas. Desde el primate homínido hasta el Homo Sapiens, el hombre dejó en su trayecto evolutivo estimables volúmenes de pelo.

Y parece que el desprendimiento proseguirá. ¿Por qué, si no, los escritores y dibujantes de ciencia ficción describen a los hombres de la posteridad, incluso a las damas, con la cabeza tan lisa como bala de cañón colonial? Dada por segura esa previsión, los calvos del presente somos los pioneros, los anticipadores del porvenir. En un futuro todavía incalculable, lo que gritarán las personas de pelo corto y de ideas también breves, a ciertos transeúntes, será una mofa insólita y contrastante en nuestro tiempo:

-¡Peludo...!

Todo, desde luego, no supone desolación. Los calvos también gustamos. Al menos por el atractivo de suscitar el recuerdo, según se infiere de la anécdota protagonizada por mi mujer, a quien una vecina le preguntó qué me había visto de agradable para casarse conmigo. Zenaida tuvo lista una pregunta similar para contestarle (el esposo de la curiosa era cojo).Pero renunció a herirla con la misma estocada, y respondió:

-Bueno, cuando nos casamos tenía pelo.

Y desde ese día sospecho que mi esposa me ama como yo me peino: de memoria.

Sobre el Autor

Luis Sexto

Luis Sexto

Licenciado de la Facultad de Comunicación Social de la Universidad de la Habana. Periodista cubano y Premio nacional de periodismo José Martí 2009, tiene una columna fija los viernes en el periódico Juventud Rebelde.

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